Resplandor entre Tinieblas

Capítulo 50. Bobbi

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 50.
Bobbi

De vez en cuando, Roberta sentía que quizás ya estaba demasiado grande para estar haciendo ese tipo de cosas. Después de todo, ya casi eran cuarenta años de lucha continúa, de estar en movimiento, de vivir con cierto grado de paranoia constante, y con una rabia que no se apagaba con nada. Cuarenta años de destrucción, muerte, gritos, y fuego… sobre todo, mucho fuego. Y, al final de todo eso, ¿qué había logrado realmente?

Sí, definitivamente en su camino había logrado incomodar a bastantes personas, la mayoría viejos y nuevos enemigos (y algunos amigos). Había logrado revelar verdades que muchos hubieran preferido que se quedaran sepultadas unos cuarenta años más. Y, sobre todo, les había demostrado a los supuestos poderosos que mientras ellos se sentaban cómodamente en sus sillas acolchonadas, en torres de marfil lo suficientemente altas para no tener que ver a los que se arrastraban debajo, ella aún seguía ahí, viéndolos desde las sombras, esperando sólo la menor excusa para hacerles explotar sus pequeñas y vacías cabecitas con tan sólo pensarlo… figurativa y literalmente. Había hecho eso y muchas cosas más. Y, aun así, nada había cambiado; ni en ella, ni en el mundo que la rodeaba.

Por más grande y horrible que fuera la explosión, por más cimientos que sacudiera, por más grietas que provocara en la fachada de esa sociedad, tarde o temprano todo se iba olvidando. Esa era a su pesar el inevitable flujo del tiempo.

¿Toda su lucha había valido la pena de alguna forma? ¿Qué había hecho con su vida en realidad? ¿Era eso lo que esperaban sus padres de ella? ¿Era eso lo que les gustaría que estuviera haciendo a sus cuarentas? ¿Había realmente logrado algo? Aquellos cuestionamientos no solían durarle mucho, y una vez que se sobreponía se sentía más que lista para ponerse de pie y entrar en acción. Esa noche no había sido la excepción, y por ello había ido con bastante arrojo a de una vez por todas terminar con todo ese asunto. Pero las cosas no habían salido como esperaba, pues una vez más no era el sitio que estaban buscando.

Y ahora ahí estaba, a las tres de la mañana o quizás un poco más, conduciendo aquella vieja camioneta por las desoladas calles de ese barrio bajo de New York; con su mejor amiga (quizás su única amiga en realidad) en la parte trasera, apenas consciente, débil y desparramada sobre su silla de ruedas, y con el rostro cubierto de sangre. Y ambas con las manos vacías.

Roberta condujo en silencio hasta la destartalada bodega, casi cubierta por completo de grafitis en la parte exterior. Bajó unos momentos del automóvil para abrir la cortina de hierro pesado y poder introducir la camioneta. El frío de la noche le caló un poco, por lo que se cerró su chaqueta de cuero y se aproximó hasta la cortina. Abrió el candado con las llaves de Kali, y la empujó hacia arriba con fuerza. Volvió rápidamente al vehículo, lo introdujo a la bodega, y lo estacionó debidamente. Apagó el motor, y se bajó de nuevo para cerrar la reja y colocar el pesado candado ahora por dentro. Todo ello lo hizo de forma mecánica, sin prestarle realmente mucha atención a sus acciones.

Sólo hasta que estuvieron al fin seguras y encerradas, se tomó un segundo para respirar, estirarse un poco, y soltar un agudo bostezo que había esperado toda la noche poder salir. Estaba cansada, más de lo que podía aceptar. Se dirigió entonces a las puertas traseras de la camioneta, abriéndolas. Su amiga seguía con su cabeza colgando hacia atrás sobre el respaldo de su silla, con sus ojos cerrados y su boca abierta. Por un segundo, pensó que quizás realmente la había perdido esa ocasión.

—¿Ya te moriste? —le cuestionó con filo en su tono, y escuchó como la mujer de piel oscura, y cabello mitad negro mitad morado, escupía un par de tosidos carrasposos.

—Ya quisieras —le respondió. Al parecer aún le quedaban más noches por delante.

Roberta bajó la rampa que habían improvisado en la parte posterior de la camioneta, y se subió para bajar a Kali con todo y su silla de ruedas. Poco a poco parecía que se iba despejando y se hacía consciente de en dónde estaba. Cuando Roberta pasó cerca de la columna central del sitio, encendió las brillantes luces fluorescentes del techo, y éstas le pegaron fuertemente a la mujer morena en su cara, provocando que en ésta se formara una mueca de incomodidad, y que se la tapara con sus dos brazos. Casi parecía que estuviera ebria o sufriendo de una fuerte resaca; ojala fuera ese el caso.

Los vidrios de la bodega estaban todos pintados de negro para que nada, ni siquiera la luz de sus lámparas, saliera al exterior. Ahí tenían cajas y cajas de suministros, y algunas incluso con armas; un par más de vehículos, varios escritorios con computadoras de amplios monitores en ellos, así como un cuarto y una cocina improvisada, con una vieja cama y refrigerador respectivamente. Roberta no sabía qué tanto tiempo su vieja amiga se quedaría en ese sitio. Conociéndola, quizás en un par de semanas tomaría un nuevo camino, si acaso su estado actual se lo permitía.




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