Rosa pastel

1. El quiebre

Todo inicio cuando una semana antes de navidad, en el armario en que escondíamos los regalos para nuestras hijas, encontré un extraño sobre marrón y anticipándome que entre Juan y yo no existían secretos, mi curiosidad me entregó como premio un fuerte puñetazo directo en la nariz. 

Que ingenuas podemos ser las mujeres algunas veces, vemos solo lo que queremos ver y todo lo demás lo escondemos bajo la alfombra.

Una solicitud de divorcio me dejó sin respiración y tras pellizcarme a mí misma más de una docena de veces, entendí que sí, que era cierto, que Juan había contactado a un abogado, había realizado una extenuante y minuciosa separación de bienes y había especificado el día en que deseaba ver a sus hijas, además del dinero que me entregaría mensualmente a modo de pensión.

Si continuaba leyendo mi mundo se caía a pedazos y todo empeoraba con la fecha de emisión de dicho documento.

Como me sentí frustrada con todo lo que estaba pasando, pues aún no era capaz de entenderlo bien, chillé dramática y caminé en círculos por toda la propiedad. 

¿Por qué? Me pregunté al menos diez veces.
No había hecho nada mal, al contrario, seguía pensando que "satisfacción" era la única palabra que ornamentaba nuestra relación de casi diez años.

Necesitaba respuestas, pues las preguntas seguían ahogándome con locura y casi no lograba pensar con claridad en lo que acababa de ocurrir. Corrí como una idiota hasta el teléfono inalámbrico que manteníamos en la cocina y tras marcar a una de mis amigas, desistí de explicar y relatar lo ocurrido.

Siempre había sido el hazmerreír de mis amigas, la mayor parte del tiempo se burlaban de lo sometida que resultaba ser y de cómo Juan manipulaba mi vida e incluso cada uno de mis movimientos.

Cogí valor y una bravura que tenía por olvidada y marqué el número telefónico personal de Juan y tras oír su suave voz a través de la línea pregunté aquello que me ahogaba cada vez más.

—Nunca fui lo mejor, ¿verdad? —indagué con la voz tiritona de seguro delatándome de todo lo que había llorado antes. 

—¿Qué? —enojó malhumorado. 

—¿Por qué no escuchaste a tu madre? —enfadé con los ojos cerrados, conteniendo las lágrimas. 

—¿Dónde los encontraste? —descubrió y carraspeó por los nervios. 

—En el armario... ¿por qué? ¡¿Por qué?! —insistí—. ¡¿Por qué?! Hijo de puta...

—Cálmate, por favor, Kalei —resopló y obvié a que se encontraba a solas, pues el silencio tras la línea lo delataba—. Iré a casa antes que las niñas y podremos charlar —especificó, refiriéndose a nuestras hijas que aún se encontraban en el colegio.

Nada respondí y aguardé en la misma estúpida posición, tumbada sobre un sofá, mirando a la nada, detallando el extraño desastre que mi ira había generado en el lugar que más amaba: mi hogar; un espacio humilde que me hacia sonreír cada día, unos cuantos muros que me enseñaban el amor de familia y cómo yo había logrado llegar tan lejos.

Lo había dejado todo allí, estaba segura que había entregado hasta mi alma. ¿Y para qué? Para que él me pagara así, pidiéndome el divorcio, de seguro con alguna amante que manipulaba sus nuevas decisiones. 

¿Qué ocurriría ahora?

¿Qué sería de mí sin él? ¡Había perdido una puta década con un desgraciado mal nacido que no me valoraba!

¡Una década!

—Mierda... —alertó en cuanto ingresó, fijándose en el caos que mis manos habían creado—. Lo siento, Kalei. Es lo mejor para los dos y tú lo sabes.

—¿Lo mejor? —pregunté, detallando como el muy desgraciado se sentaba con naturalidad frente a mí y me dedicaba una extraña y compasiva mirada—. ¿Es en serio?

—Sí, es en serio. Tú y yo no resultamos —especificó quitándose el anillo de matrimonio para dejarlo reposar en el interior de un recipiente decorativo que se hallaba en la mesa central.

—¿Y nuestras hijas? —analicé, tratando de generar remordimiento en él, pero al parecer Juan solo sentía lastima.

—Te entregaré una pensión para que jamás les falte nada. Esa pensión también incluye tus gastos básicos —detalló sin mirarme—. Podemos llegar a un acuerdo con la venta de la casa. 

—¡¿Crees que el dinero lo arregla?! —chillé, recordando que desde el día dos de enero, mi amado esposo tendría un cargo de gerencia en la empresa en que trabajaba—. Bastardo, infeliz, materialista malnacido —reclamé entre dientes y me levanté del sofá para escapar hasta el cuarto de baño. 

¡Necesitaba lavar mi cara con agua fía y aclararme las ideas!



Caro Yimes

Editado: 24.04.2019

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