Rosa pastel

7. Dos almas rotas

Tras regresar a tierra firme, Dan me llevó a comer y es que nos habíamos olvidado de la comida mientras charlábamos sobre cualquier cosa que se nos venía a la cabeza.

El hombre me llevó al Barrio Chino, lugar que destacó como uno de sus favoritos en toda Santiago; él solo transmitía simpleza y humildad, pues a pesar de que el lugar era increíble, jamás me lo había imaginado a él comiendo en la calle, de pie en una esquina, charlando y despreocupado, como una persona normal.

—Estás son mis favoritas —especificó, apuntando unas brochetas horneadas de carne—. Son albóndigas de carne —continúo y cerró los ojos, de seguro recordando el sabor.

—Jamás las he probado.

—Te has perdido lo bueno de Santiago, Kei —dijo y me invitó a acercarme al pequeño restaurante que ofrecía una diferente gama de comida—. Primero, tempura de langostinos —murmuró, extrayendo su billetera desde su campera—. ¿Qué quieres beber?

—Coca-Cola —respondí sin mucho esfuerzo.

Dan me sonrío conforme y pagó por el pedido. Sin saber cómo comenzar a comer aquella divertida pieza de arte culinaria, Dan me invitó a que nos alejáramos de la gran conglomeración de personas que se reunía a la espera de su comida y arrinconándonos bajo el umbral de la propiedad, nos refugiamos de las pequeñas gotas que aún humedecían los suelos de la ciudad.

Observé atentamente como él comía, iniciando desde la punta para continuar por ensuciarse las manos con el siguiente trozo. Sonreí, pues aquella espontaneidad que Dan poseía comenzaba a gustarme cada vez más. Imité con lentitud al principio, pues el langostino quemaba mi lengua, sonriendo de vez en cuando, cada vez que pillaba a Dan observándome con curiosidad.

—¿Y qué has hecho? —pregunté entre mordiscos, pues Dan ya había terminado su brocheta y me observaba inquieto, al parecer impaciente porque yo acabara la mía.

—Trabajar —susurró un tanto decaído—. Mañana debo volar a Valdivia, luego debo regresar y viajar otra vez a Pucón.

—Ay no, eso suena horrible —murmuré, perdiéndome en el cansancio de su mirada y las marcadas ojeras bajo sus ojos—. Dan...

—¿Y tú? —interrumpió antes de que dejara caer mi lástima sobre su estado de salud—. Me fui por dos semanas y cambiaste tu vida por completo.

—No así —dije sonriente, sonrojada—. Ha sido difícil, pero gracias, tu terapeuta es increíble —susurré, con el corazón chocándome contra la garganta, pues Dan se acercaba a mi otra vez, tanto que me veía obligada a pegarme contra la puerta que tenía en la espalda—. Te dije que mi marido tiene novia... —susurré, Dan negó y me dedicó un sorprendido gesto con los ojos—. Sí, es muy joven y está embarazada... de él.

—No ha perdido su tiempo —susurró, acariciándome el cabello húmedo que me caía por las mejillas—. Kelly me dijo que no quiere entregarte el dinero de la casa.

—No, no quiere hacerlo, pero no se lo dejaré fácil. Con ese dinero pretendo comenzar desde cero. Conseguir una casa en Temuco...

—¡¿Temuco?! —preguntó interrumpiéndome. Asentí, pues ese era mi plan—. Pensé que te mudarías aquí —negué, mordiéndome la lengua, pues al parecer "mi plan" no le gustaba—. No sé si podré visitarte en Temuco, Kei —explicó y tras eso no logré comprender a qué se refería y solo pude sonreír con torpeza.

Tras esa premiosa declaración, Dan se mantuvo distante y un tanto frío, actitud que me incomodó, pues la charla que mantuvimos se centró en su trabajo y algunas partes de su pasado, donde me enteré que también tenía un hijo. 

Intenté no mostrarme afectada con su rotundo cambio para conmigo, pero así también, traté de grabar cada minuto que vivía y disfrutaba con él, pues era único, diverso y su charla enriquecía todo lo que yo necesitaba descubrir de ese mundo al que alguna vez yo había renunciado.

Casi a las seis de la tarde me explicó que debía ir a la casa de su exnovia, la madre de su hijo, pues pretendía estrechar relaciones y pasar más tiempo con su primogénito. 

A pesar de que no quería que se fuera, quería que se quedara conmigo, tal vez durante toda una eternidad, no me negué a sus explicaciones y peticiones, pues yo no era nadie cómo para impedirle marchar, mucho menos para reunirse con su pequeño.

Como siempre, fue un caballero y me llevó hasta la casa de Kelly, pues suponía que tal vez podía perderme en el camino y prefería a que yo llegara a salvo junto a mi familia.

—Gracias —murmuré, en cuanto me ayudó a bajar del taxi en que nos habíamos transportado.

—¿Te llamo a la noche? —preguntó con timidez y asentí, pues en el taxi ya habíamos intercambiado nuestros números—. Quieres que lo haga, ¿verdad? —preguntó y me eché a reír con muchas ganas, pues su pregunta me causaba gracia—. Mierda...



Caro Yimes

Editado: 24.04.2019

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