Rosa pastel

9. Solo a él

Dan me ayudó a bajar desde el taxi que nos había transportado hasta su propiedad, y más nerviosa que nunca bajé temblando desde el vehículo. Tenía miles de interrogantes en la cabeza y no podía dejar de pensar en lo que había hecho para dejar a Juan con mis hijas. Aún recordaba y de seguro lo haría siempre, la cara que había puesto cuando había elegido a Dan por encima de una reunión tortuosa con él.

¿Y qué esperaba? ¿Qué me quedara allí para que continuara humillándome con su nueva novia embarazada? Claro que no, yo no quería seguir sintiéndome así, pisoteada por el sexo masculino, quería, por una vez en mi vida, sentirme querida, respetada y deseada.

Después de eso, llegaba Dan, quien no había dudado en robarme un beso —pero un beso de verdad—, en apoyarme y en romper mis propios esquemas, esos que me convertían  en la sumisa de una relación tóxica. Me había dado espíritu para luchar en contra de aquel que aún era mi marido y me había salvado de una tarde que obviamente me iba a condenar a una depresión peor. 

Y luego venía lo interesante. 
¡Me había invitado a su departamento y yo no tenía idea de cómo comportarme! Literal, me sentía ridícula, ajena al moderno mundo del que él provenía. En mi mundo, las mujeres casadas y con hijas no tenían oportunidades con hombres como él, muy por el contrario, mujeres como yo terminábamos siendo empleadas de dichos dioses. 

Pero aun así, temerosa de todo lo que él era, accedí a ir más lejos.

Caminé tras él a un pasivo ritmo, fijándome de pisar cuidadosamente, pues mis zapatos no eran los correctos para el clima que teníamos en aquel momento. Gotas gruesas de agua continuaban cayendo sobre mi cabeza, humedeciéndome el rostro con rapidez, pero nada de eso me importó, ni siquiera el frío que sentía, pues estaba más ansiosa que nunca por conocer su entorno personal, por descubrirlo a él, así como él había hecho conmigo. 

—Quítate esto —pidió, ayudándome a quitar la gruesa campera negra que llevaba encima, la cual se había humedecido completa por el efecto de la fuerte lluvia que nos había atrapado en la mitad de nuestra escapatoria. 

—Gracias —susurré, permitiéndole desnudarme—. ¿Por las escaleras? —pregunté y me fijé en la forma del bonito edifico rojizo.

A pesar de que el cielo estaba gris y nuestro entorno oscuro, pude apreciar con tranquilidad el lugar y desde la distancia observé la recepción del edificio, zona que estábamos evitando y por la que no ingresaríamos, pues, Dan, me estaba llevando por unas angostas escaleras traseras. 

—Sí, tengo acceso independiente —justificó subiendo tras de mí, intimidándome, pues odiaba mi trasero, y, sin duda, él estaba teniendo un primer plano de este. 

—¡Bien! —exclamó conforme bajó la cremallera de su campera roja a cuadros—. Lamento el desorden, estaba trabajando cuando me escribiste ese mensaje de ayuda. 

—¿También trabajas desde tu casa? —curioseé yendo lejos,  tal vez más de la cuenta. 

Dan solo asintió conforme con una bonita mueca dibujada en todo su pacifico rostro y me invitó a ingresar a su departamento de manera inmediata. No titubeé ni un solo segundo y pasé con los ojos bien abiertos, detallando cada esquina iluminada y cada fotografía que embellecía los muros. 

Lo primero que me despertó y me entregó seguridad fue el calor que el lugar emitía y luego vino el aroma a naranjas que me maravilló. Él se agachó para empujar un alto cúmulo de cajas de cartón marrón que buscó mover y acomodar en una esquina del lugar, de seguro intentando entregarle un aspecto ordenado a su hogar. 

Como primera impresión me quedé en silencio, detallando la hermosura de su entorno, la gran cantidad de luz natural que ingresaba por las ventanas y como a pesar de que el lugar se encontraba invadido de cajas, paquetes sellados y bolsas plásticas, el lugar resultaba toda una maravilla. Estaba perfecta y estratégicamente decorado y aunque tenía una notable carencia de colores llamativos, pues todo lo que envolvía los muros era blanco y negro, me resultó inmejorable. 

—Iré a ordenar la cocina, a ver si preparamos algo para comer —susurró quitándose la gorra que cubría su cabello y parte de su rostro—. Por favor, ponte cómoda —pidió y con mucha torpeza avancé hacia el diván siguiente, en el que me acomodé con nervio—. Ya regreso.

—Claro, yo estaré aquí —susurré con timidez, mirándome las puntas de mis zapatos nuevos.

Pude sentir las mejillas calientes y un extraño revoltijo en mi barriga que me hizo sentir confundida. A pesar de que aquello no era lo mío, visitar a hombres solteros en sus departamentos lujosos, me sentía cómoda y segura bajo su protección y no estaba clara sí quería irme otra vez. 
Dan me sonrió desde la distancia y me observó algunos segundos en silencio para luego marcharse, brindándome esa privacidad que tanto me urgía. 
Cuando él desapareció en el fondo del departamento, mi cuerpo se desarmó encima del acolchado sofá y suspiré aliviada, con el corazón en la garganta. Tenía un extraño pulso en las manos y aunque ya no tenía frío, no podía dejar de temblar. 
Estaba tan concentrada en las nuevas sensaciones que mi cuerpo manifestaba, que no me percaté que una pequeña y delgada mujer de cabello castaño circulaba a mi lado, recogiendo revistas y periódicos que me parecieron pasados. 
Me sobresalté en mi posición en cuanto la vi y es que era tan silenciosa que, cuando la vi de reojo me pareció ver un fantasma. Me levanté desde el sofá individual con un fuerte y apresurado brinco y cuando vi que era real, me eché a reír con nerviosismo.



Caro Yimes

Editado: 24.04.2019

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