Rosa pastel

10. Nueva amante

Avancé timorata sintiendo el calor que su mano me transmitía, intentando no mirarlo a la cara, pues sentía mis mejillas ardiendo ante la vergüenza que todo me provocaba. 

¿Vergüenza? Y es que había pasado tanto tiempo desde la última vez que había ido a la cama con un hombre que no era mi esposo, que me sentía prácticamente virgen y muy confundida. No sabía cómo coquetear, ni mucho menos cómo dar el primer paso. 

¿O iba a darlo él? 

Después de eso vinieron las dudas que mi cuerpo encendía en mí, donde dudé si de verdad le gustaría a Dan. Ya no tenía los senos duros, ni un trasero firme. Algunas estrías afeaban mi piel y ni qué decir de los kilos que me sobraban. 
Estaba a punto de echarme a llorar, de refutar por lo que comenzábamos a hacer, pero Dan fue más fuerte que yo y logró dominarme sin mayor problema. De seguro se trataba de su experiencia, de las muchas mujeres que lograba llevarse a la cama, como Jarah, quien era una belleza celestial. 

—No estés nerviosa, por favor —suplicó Dan en mi oído y me acarició las caderas con las dos manos, transmitiéndome seguridad y calidez.

Dos cosas que yo necesitaba con urgencia.

Su lengua jugó con el lóbulo de mi oreja y sus labios descendieron por mi nuca, rozando mi cabello con la punta de su nariz, fundando sensaciones profundas que terminaron conviertiéndose en exquisitos escalofríos. 
Mis manos viajaron por sus brazos y llegaron a sus hombros, de los que me aferré con temor.

Y es que no podía negarlo, tenía miedo, más miedo que en mi noche de bodas, pero no tenía miedo de mis resultados en la cama, sabía que podía ser pasional y profunda, pero tenía miedo de lo que iba a suceder después. 

¿Y si Dan solo buscaba sexo? Y si conseguía lo que quería, ¿qué iba a pasar después? ¿Me iba a dejar? ¿Qué éramos? ¿Amigos, amigos con ventaja, su novia? ¿Acaso dejaría de llamar, de escribir y de preocuparse por mi?

Negué con la cabeza, aún prisionera de sus besos y caricias, intentando quitarme todas esas interrogantes de la mente, las que solo me causaban más temor y aunque estaba a punto de explotar producto de los nervios, decidí que me entregaría, porque si era un juego de una vez al que Dan me llevaba, lo iba a disfrutar y no iba a dejar que mis inseguridades de mujer en pleno divorcio dominaran por encima de lo que yo necesitaba. 

Dejé mis brazos caer a cada lado de mi cuerpo, el cual fue dominado de manera inmediata por el suyo. Sus manos me acercaron a él con rudeza, pero también con una dulzura que me hizo confiar. Lo abracé con cariño, con los ojos cerrados mientras fui espectadora y oyente de lo mucho que le provocaba y que le gustaba. 

Fue allí cuando pude sentirlo real. 

¡Y es que sí era real! Más real que nadie y cada beso que su boca plantaba por mi cuerpo, me hacía sentir cada vez más suya; me estaba entregando como nunca, como no había hecho con nadie antes de él.

Ni siquiera con Juan. Mi marido nunca me había tocado así, ni besado de ese modo tan pasional, tan profundo. Juan era rápido en la cama. Si en un segundo ya estábamos desnudos, al siguiente ya estábamos discutiendo por las deudas. Estaba segura de que no disfrutaba del sexo que juntos hacíamos y empezaba a ver las cosas con claridad. 

Cuando me percaté de lo lejos que habíamos llegado y lo rápido que todo había ocurrido entre nuestros cuerpos, ya era tarde como para retractarme pues nos encontrábamos ocultos bajo las sábanas limpias y aromáticas de su cama, riéndonos de nuestras torpezas a la hora de amar y besándonos sin ningún control.

Mis manos se hundieron por su cabello, sudado y desordenado, tratando de encontrar alguna forma de conectarme con él, pues insistía en besarme completa y cada vez que descendía por mi abdomen y mis muslos, encendía en mí la intensa necesidad de tocarlo, de sentirlo mío.  

Se quejó un par de veces por la resistencia que coloqué en cuanto quiso llegar más lejos con su boca y creamos un divertido debate entre aquellas sábanas. 
 
Un debate del cual él resultó victorioso.

Estrujé los puños de mis manos, sintiendo el filo de su barba rozando contra mi abdomen, aproximándose con lentitud hasta mi centro. Gimoteé nerviosa y apreté las piernas por igual, ignorante de esas sensaciones nuevas que nacían por cada zona olvidada de mi cuerpo. 

Apreté los ojos, tratando de pensar en otra cosa que no fuera lo que estaba a punto de hacer conmigo, pero cada cosa que traté de llevar por mis pensamientos fue inútil en cuanto su lengua rozó el borde de mi intimidad y produjo un extraño cosquilleo en mí, sensaciones que me llevaron hasta el final de mi propio éxtasis. 

Sus manos me obligaron a doblar y a separar las piernas, dejándome en una comprometedora posición y aunque quise negarme, ya era tarde como para mostrarme cobarde. 

Su lengua se hundió en mi hasta el final y sus movimientos generaron la explosión de todos mis sentidos. Ahogué mis propios gemidos entre suspiros que no pude resistir y sentí un alivio profundo cuando entendí que la del problema no era yo, sino Juan y la mala química que teníamos. 



Caro Yimes

Editado: 24.04.2019

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