Rosa pastel

15. Maron y discusión

Cerré la cremallera de la maleta qué correspondía a la ropa que mis hijas usarían durante el fin de semana, días que pasaría en el departamento de Dan, disfrutando de su privacidad y de nuestra intimidad.

Suspiré, emitiendo un extraño temblor en todo mi cuerpo, y decidida a afrontar un nuevo obstáculo, me levanté desde la cama, cogiendo entre mis dedos la campera que usaría para coger un poco de calor en el exterior.

Desde que me había reunido con Juan y mi abogado, no había cesado de nevar, generando un lindo color en el exterior, pero un frío que me calaba hasta los huesos.

—¿Lista? —pregunté, sonriéndole a Abril.

—Tío Dan dijo que tendría un regalo para mí —especificó ella, apoyándose en mi abdomen.

—No he oído nada de regalos y la navidad ya pasó —detallé, acariciando su mejilla.

—Era un secreto —susurró ella muy bajito, obligándome a reír.

—El taxi ha llegado —adelantó Kelly, ingresando a la propiedad, corriendo a coger la canastilla que transportaba a una dormida Violeta.

Con mucha paciencia y aprovechando de la amabilidad del conductor, acomodé a mi hija menor en el asiento trasero, afirmándola con el cinturón de seguridad. Continué por despedirme de mi hermana, quien me dedicó una mirada que solo me transmitió seguridad, pues estaba a punto de conocer a Maron, al único hijo de Dan.

El viaje resultó más rápido de lo que habría deseado, y con todas las preguntas que Abril me realizaba, jamás logré pensar en que debía decirle al adolescente.
Traté de comportarme como una mujer madura y descendí del taxi para acomodar a mi pequeña hija en su carriola. Cargué el bolso de viaje con nuestras pertenencias en mi hombro y me armé de valor para la verdad. 

Como siempre, Abril se adelantó a los hechos y corrió hacia la puerta que nos guiaría a la propiedad de Dan. Traté de resignarme con lo que venía para mí y seguí avanzando como un robot por el lugar, empujando el carrito con Violeta. 

Cogimos el elevador sin mayor problema y tras llegar al piso en que él vivía, caminamos un par de pasos para encontrarnos con su puerta. Antes de que pudiera golepear, Dan nos sorprendió, abriendo la puerta de par en par y sonriendo con una gran sonrisa en sus labios. 

—¡Las escuché, sobre todo a ti! —indicó alegre, refiriéndose a una chillona y feliz Abril—. Nena, debiste llamarme, hubiera bajado a por ti —explicó apuntando los bolsos que cargaba en mis hombros y solo negué despreocupada, cerrando los ojos en cuanto se acercó a mí para besarme en la mejilla.

La mejilla, algo era algo.

—Gracias —murmuré, ingresando en su cálida propiedad.

—Maron está en su cuarto, pasando el rato —anticipó Dan cuando me vio buscando con la mirada, desesperada por conocer a su hijo—. ¿Cómo estás? —preguntó, acercándose a mí al ver cómo Abril corría por el lugar y desaparecía prontamente entre la cocina—. Te ves tan linda con el cabello así —refirió, secándome la frente de los pocos copos de nieve que habían humedecido mi cabello y piel—, no sabes cómo te extrañé, anoche fue genial, nena —continuó para acercarse a mi boca.

Correspondí a sus besos, siguiendo la dulzura de sus labios y como se encargaba de transportarme con rapidez a una galaxia inexplorada. Sus manos se colaron por mi cuello, obligándome a temblar entre sus brazos, disfrutando de cada contacto, de cada roce de nuestros cuerpos. Recordé entonces lo ocurrido la noche anterior, sintiendo una gran dosis de vergüenza, pero así también de locura.

—¡Oh, lo lamento! No-no sabía... —Una masculina, pero juvenil voz nos interrumpió y ahogué un grito de miedo al ver que se trataba de su hijo.

Era muy evidente.

—No te preocupes, esperaba a que salieras ya de tu refugio —dijo Dan, cogiendo mi mano para acercarme al joven—. Maron, ella es Kalei, la chica de la que te hablé.

—Chica no, mujer sí —dije, llevando al chico a reír con gracia.

—Kalei, como una corona de flores —anticipó él, sonriéndome de oreja a oreja.

Asentí, tocándome la muñeca por inercia, recordando la hermosa, pero, infantil pulsera que Dan me había obsequiado en navidad, la que aún llevaba como recuerdo de tan hermoso inicio. 

—Encantada —musité, besando su mejilla.

—Lo mismo digo —respondió alegre—. Ya quería conocerte —extendió, dedicándome un simple gesto con la cabeza.

—Yo igual, aunque debo reconocer que estaba nerviosa —confesé, cerrando los ojos al oír los chillidos de mi hija mayor—. Lo siento, es Abril.

—¿Abril? —preguntó el joven, mirando a su padre con curiosidad.

—Abril, mi hija; una de mis hijas —dije y la mirada de asombro del chico cambió drásticamente a terror.

Si, Maron, la mujer que tu padre quería presentarte carga un paquetito doble bajo su brazo. Un paquetito que al parecer te ha destrozado y arruinado la vida.



Caro Yimes

Editado: 24.04.2019

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