Saga Boyz! → Loveless Boy - Libro #1

Parte II: Cómo dar una sonrisa

Tanto como el tiempo me alcanzaba, comencé a asistir de manera más frecuente a la librería. Ahora sí a propósito y con el plan de qué hacer siempre en mente y cada vez que iba, me aseguraba de hacer notar mi presencia ante Adam de la manera más sutil posible, inmediatamente después de que sabía que él sabía que yo estaba allí, le daba su espacio, me desentendía de la situación, compraba algún libro y me iba.

 

Normalmente no me preocupaba siquiera porque él me mirara adrede, conforme el tiempo y con éste sus días y oportunidades de verlo fueron pasando: Supe más temprano que tarde que mi presencia le era más y más corriente para él. Me atrevería a decir que incluso podría ser añorada en algún momento del día si de casualidad no llegaba a la hora a la que acostumbraba a procurar desocuparme para pasarme por la librería, o si de lleno no llegaba por ese día debido a lo ocupado que podría llegar a estar... 

Conforme los días pasaban, también me aseguré de mejorar y evolucionar mi actitud. No pude evitar sentirme como el zorro y el principito, todo era tan hilarante y él era el zorro. Un zorro con toda y su astucia, misterio y ¿Por qué negarlo? cierto aire peligroso que en lugar de espantar; cautivaba por su atractivo.

Era como un tiburón. Y perdón por usar tantas analogías de animales para referirme a alguien a quien llegué a amar muchísimo. Pero no puedo pensar en otra cosa que no sea el comportamiento natural de lo depredadores para referirme a él. Me refiero a que era como un tiburón: Porque que enseñara los dientes no asustaba a los pececillos.

Normalmente yo procuraba ser muy cuidadoso con todo lo que refería conocerle y acercarme a él, pero ese día fue diferente, ese día me desperté con ganas de ser el dueño del mundo. Tras recibir los resultados de la universidad y ver que estaba encabezando las listas con mis notas, ayudó a mi ego y mi humor para seguir adelante con mis ganas de conquistar este planeta. Aunque al final del día, me conformé con conquistar un solo planeta, no éste, sino uno de un universo alterno. Un planeta con cabello rubio platinado, una mirada esquiva pero segura y unos labios que parecían nunca estirarse en una sonrisa.

Un planeta llamado Adam Rose, y que parecía estar desierto de cualquier vida.

 

Ese día compré un libro de poemas de un poeta extranjero, de alguien cuyo idioma no hablaba y cuyos versos me hacían a veces sentir más pequeño que nunca. Poemas que me hacían reflexionar sobre la muerte, el dolor y la pérdida. Así como cuestionar mis nulas creencias en un dios supremo todopoderoso.

 

Cuando lo pagué, Adam estaba en la caja. Lo recibió y facturó como si nada. Pero justo cuando lo embolsó y me lo entregó: Me aventuré a regalarle una de mis más sinceras y brillantes sonrisas. Esas que todos decían podían calentar más que el sol y acto seguido le di las gracias y salí.

 

Después de diez pasos fuera del local, osé a darme la vuelta, la curiosidad me pudo y observé que Adam se había quedado paralizado en su lugar y que su jefe le llamaba la atención por no atender a la señora que sacudía una mano frente a su cara mientras esperaba porque le facturara a ella.

 

Ese día aprendí como debía sonreír a Adam Rose.

 



Sonnie A. Ruiz

Editado: 24.11.2018

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