Sanando Heridas

Capítulo 1

Mi nombre es Maximiliano, tengo 25 años y acabo de casarme con la única mujer que logró romper cada uno de mis muros, que logró encontrar el camino hacia mi corazón. Pero, sobre todo, que fue mi apoyo y uno de mis principales motivos para no darme por vencido, para seguir en esta lucha, para seguir vivo. Pero antes de mi final feliz voy a contarles desde el principio para que me entiendan mejor.

Nací y me crie dentro de una familia con una buena condición económica. Dos padres, un hermano mayor, una casa confortable, un buen vecindario. Hasta ahí todo bien. Ha medida que crecí todo seguía bien, al menos desde mi punto de vista; mis padres seguían juntos, aunque ambos trabajaban; era mi hermano quien solía cuidar de mí. Tengo mas recuerdos con él que con mis padres. Cuando era mi cumpleaños ambos se hacían presentes con regalos para contentarme. A la edad de 5 años una vida como la mía no estaba mal; nunca tuve una nana. La nana fue mi hermano hasta que tuve 10 años, entonces él se rebeló, entonces la venda cayó de mis ojos.

Cuando yo tenía 10 años mi hermano tenía 16; estaba en la etapa de la adolescencia y como cualquier adolescente quería ir de fiesta con sus amigos, salir con chicas o simplemente haraganear en casa; el obstáculo, yo. Cuando digo que mi hermano era mi nana, no miento. Me cambiaba los pañales, me hacia los biberones, se levantaba a cuidarme y hacerme dormir por las noches, me entretenía. Cuando crecí me daba de comer, me explicaba las tareas, me llevaba y recogía del jardín, y también pagaba los platos rotos por mí. Así que cuando cumplió 16 decidió poner un fin a esa situación.

Se escapó de casa una noche para ir a una fiesta y me dejó en casa solo, encerrado. Mi padre trabajaba de vigilante y mi madre de recepcionista en un condominio y justo por esas fechas ambos tenían turno noche. Mi hermano ni siquiera me dio de cenar, me dejó viendo una película en mi recamara y ya. Así que cuando fui para preguntarle por la cena, no encontré a nadie. Como niño de 10 años y un poco temeroso de la oscuridad y soledad, lo busqué por toda la casa, pero no lo encontré. Pasada la media noche y con el sonido de los coches fuera de mi ventana me acurruqué en mi cama y solté algunas lágrimas hasta que me quedé dormido. Cuando desperté escuché gritos, curioso me dirigí hacia la cocina. Encontré a mamá y a papá parados frente a mi hermano, él con una expresión fatal y tenía una mejilla enrojecida. Entonces su mirada chocó con la mía y conocí por primera vez lo que era el desprecio.

—Todo esto es tu maldita culpa, mocoso del demonio—dijo con furia—. Pero se acabó me entendiste, estoy harto de ti, harto—abrí los ojos en sorpresa al ver el odio en su mirada y sus manos echas puños a sus costados.

—Cállate la boca, tu hermano no tiene la culpa de tus estupideces—atacó mi madre.

—¿Estupideces? –preguntó con amargura—. Estúpidos ustedes. Todos me tienen cansado. No sé para qué quedaste embarazada sino te ibas a ser cargo de tu hijo. ¡Joder, acaso yo lo parí! –el golpe llegó tan veloz como un rayo.

—No me vuelvas a hablar de ese modo André. Eres un atrevido, un malcriado, un…

—¿Un qué? Sigue. Vamos mamá, no te detengas. Pero déjame aclararte una cosa, yo no te pedí nacer, yo no te obligue a casarte, a abrirte de piernas—otro golpe llegó, esta vez de mi padre.

—Cállate la puta boca, no le hables así a tu madre—ordenó— ¿Quién miércoles te has creído? Mocoso irrespetuoso, pero yo te voy a enseñar a respetar—mi padre empezó a sacar su correa.

Yo no sabía qué hacer ¿Qué podía hacer? Le tenía miedo a mi padre; si bien es cierto nunca me había pegado, no quería tentar mi suerte. Pero tampoco quería que le hagan daño a mi hermano, porque a pesar de lo que él me dijo, yo lo amaba. Era padre y madre para mí. Así que respiré profundo y di un paso vacilante.

—Papá—él ni siquiera se dio la vuelta.

—Vete a tu cuarto Maximiliano.

—Pero…

—¡Lárgate de aquí! –gritó.

—No le hables así al niño Carlos—reclamó mi madre.

—Llévatelo de aquí Marina, André y yo tenemos cosas que arreglar—mi madre vino y me obligó a darme la vuelta.

—Por favor mamá no permitas que mi padre le pegue. Por favor—rogué.

—Eso es algo entre tu padre y él. Tu hermano está muy malcriado y debe aprender. Dejarte solo toda la noche e irse de parranda.



Nat Castañeda

Editado: 06.09.2019

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