Sujeto 23061

Capitulo CATORCE

La Cuarta Guerra Mundial, ¿Qué la causo? ¿Guerras civiles? ¿Conflictos internos? ¿Tensión política?
No.
Todo empezó con la Catástrofe. Cuando las líneas del clasismo se enfatizaron tanto que un abismo sin retorno aparente se dibujó entre la gente, el rencor empezó a acumularse. Y a guardarse y sembrarse y alimentarse y a apilarse. Pilas y pilas y montañas y montañas de él. Todo apretujado entre sí hasta que… ¡Bam!
Todo explotó.
Un virus que no podía ser combatido, no podía ser curado, no podía ser vencido. Cundió el pánico, así como la muerte. Muertos en las calles, en los hospitales, en las playas, bajo mantas, en sus casas, en sus camas, con sus hijos, solos, resignados y luchando. La muerte los alcanzó a todos, o al menos ese era el plan, ¿No? ¿Cómo algo podría matar a tanta gente sin que su propósito haya sido acabarlos a todos en un principio?
No lo sé, ¿Bien? Pero eso fue lo que pasó.
Una cura, un milagro, algo a que aferrarse fue hallado. Fue creada. Y todos se volvieron locos. Todos la querían, pero justo por eso no todos podían tenerla. El precio de esta cura era inalcanzable, a pesar de tener millones de vidas en manos. ¿A quién se le ocurriría hacer algo así?
Pero lo hicieron.
Y… ¡Bam! Todo explotó.
Los que no podían conseguirla se rebelaron contra los que sí. Y así, mis amigos, estalló la Cuarta Guerra Mundial. Una guerra entre las clases, la Sublevación de los Infectados.
Todo mejoró a partir de ahí— ¿No?—, surgió un nuevo orden mundial, tanto político como social.
Y todos tuvieron un felices por siempre.
¿No?
Eso fue lo que aprendí en el ¨Archivador¨ en el que viví la mayor parte de mi vida. En el que no la viví, no realmente. En el que me educaron, en el que me apartaron de mis padres. El que me dio un empujoncito al mundo real, el que se rio al verme caer.
Fue el mismo ¨Archivador¨ al que se le olvido decirnos que nos arrancaban de los brazos de nuestros jóvenes padres, que el amor que nos daban no era suficiente y que los mismos héroes que tanto veneraban eran los mismos monstruos que nos habían condenado.
Me preguntaba si añadirían a las lecciones de historia en asesinato de Athena Mitter. Me preguntaba si la pondrían como una luchadora en sus últimos momentos o si lo encubrirían y censurarían. Me preguntaba si serían capaces de censurar todo lo que iba a suceder esta noche.
Porque todo se resumía a las próximas horas.
Todo se resumiría a otro ¡Bam! que arreglaría todo lo que el primero había hundido.

Axel y yo emprendimos el viaje a la casa privada de Athena en silencio. Ya eran las nueve de la noche y según sabíamos, Athena ya estaría en su casa a esa hora.
La tensión que teníamos crecía con cada segundo. Eran tantas las cosas que pesaban en el aire que se me hacía difícil respirar. Axel estaba notablemente incomodo con la idea de llevarme con él. Ambos sabíamos que había riesgos, sin embargo, ambos estábamos dispuestos a correrlos. No creía que nos refiriéramos a los mismos.
Además, tenía un mal, muy mal presentimiento de esta noche. Antes de irnos, pude sentir la noche por lo que parecía la última vez. Sonreí por última vez a las estrellas antes de meterme al auto con Axel.
No había tenido oportunidad de hablar con Noah antes de irme, pero si había hablado con Joule. Le di una carta, solo en caso de no volver—que esperaba no necesitar—para que se la diera a Noah. Solo si no volvía, aunque momentos después me arrepentí bastante. No sería justo soltarle algo así en caso de que me pasara algo. Pero lo hecho, hecho estaba. Ya no podía evitarlo. Lo único que podía hacer era lograr nuestra misión y volver para contarle la verdad a Noah.
En cierta forma, parecía como si me hubiese despedido de mi vida antes de partir, pero estaba asustada—no tan en el fondo como me gustaría decir—y temía que algo saliera mal.
A mitad de camino no lo soporté más.
—La explosión… ¿Sí fue para disolver las Kasten?—solté, así de repente. De acuerdo, no fue lo mejor en un momento así, pero no tenía nada más en mente. Axel se rio un poco y fruncí la nariz.
—Estás nerviosa, ¿No? No debiste haber venido…
—No lo estoy—farfullé, carraspeé y lo repetí con una voz más alta y clara. Casi segura de sí misma. Casi.
—No fue exactamente por eso, la explosión. Tiene que ver, pero era más bien…
— ¿Sabes algo? No quiero saberlo—por primera vez en mi vida, no me picaba la piel al oír algo que desconocía. Sencillamente quería hablar con Axel, eso era todo, no tenía que ser de esa explosión, que se veía tan lejana a estos momentos.
—De acuerdo, ¿Qué quieres saber?—Me giré en el asiento como hacia al cuando recién llegue a Geld para mirarlo bien. Axel sonreía levemente y no lucia para nada tenso. Pero yo sabía que sí lo estaba. Por eso debía estar ahí.
—No lo sé, ¿Qué quieres hacer mañana?—De alguna forma, pensar en el futuro me hacía sentir más segura. Como si esta noche solo fuera un bache, fácil y sencillo de cruzar.
Axel pareció sentir lo mismo ya que desvió la mirada de la vía y me miró, con esos increíbles ojos azules, y sonrió dulcemente.
—No creo que podamos salir a comer algo, pero tal vez podríamos ir a mi apartamento a cocinar un poco de spaghettis, ¿Qué te parece?
—No lo sé, podrías quemar tu cocina.
—Confío en tus habilidades culinarias, Kalila.
—Me siento halagada—recordé lo que le había dicho Trix antes de añadir: —Todo un Don Juan.
Axel encarnó una ceja.
—No tienes ni idea de que es eso, ¿Cierto?
—Ni remotamente, pero suena bien. ¿Qué es?
—Un galán, así que supongo que el halagado soy yo—me dio una sonrisa sarcástica y me sentí colorada. Por lo menos el auto estaba oscuro.
—Pfff, no cuenta si no sabía qué significaba. Mejor dicho, eres todo un Romeo.
— ¿Qué? Creo que no entendí tu…relación.
Tragué saliva antes de sonreír ladinamente.
—Romeo era muy malo con eso del tema de las mujeres. Dejó a Rosalina por Julieta y provocó el suicidio de esta. Estaba perdido, el pobrecito, justo como tú.
Axel se carcajeó un poco y pude sentir la tensión salir de sus poros. Me dio una rápida mirada.
— ¿Y por qué todos los chicos con los que me comparas son personajes de romance?—Abrí los ojos y solté una risita nerviosa.
— ¿Qué? Yo no lo sabía…O sea, sí sabía de Romeo, pero no tenía idea de Don Juan. Además, no es como si lo hubiese hecho a propósito…
—Tú me recuerdas a Julieta—interrumpió Axel. Todo el color desapareció de mi cara y entreabrí los labios.
— ¿Por qué…?
—Julieta rondaba los trece años, prácticamente una niña. Tan ingenua y enamoradiza como tu…
— ¿Enamoradiza?—musité por lo bajo.
—Y además, impaciente y, no lo sé, todo lo que caracteriza a una niña, sin embargo era apasionada. Y tú eres como esa mezcla entre niña y adulta. Eres una adulta, pero también—se encogió de hombros—una niña. Ingenua e impresionable, pero inquisitiva y alegre. Siempre buscando respuestas, a pesar de haber sido enseñada y educada.
—Axel, yo…
—Además—Axel me miró, girándose por completo en su asiento. No me había dado cuenta de que habíamos llegado a la casa de Athena. Y no me importaba. Lo único que lo había era todo lo que estaba dentro del auto. El aire acondicionado que me daba en la cara, la oscuridad que nos cubría como un manto y el brillo casi etéreo de la luna a través del cristal, el brillo de los ojos de Axel al mirarme y nosotros. Nosotros.
«Siempre me encantó su personaje, y siempre soñé con conocer a alguien así. Mientras más releía al libro, mas quería conocer a mi Julieta—se me secó la boca y me mordí el labio inferior mientras hablaba—creo que lo hice, pero su nombre no es Julieta. Algo bueno, porque no me llamo Romeo.
Mi corazón no parecía conocer el significado de latir a un ritmo constante. Ya no sonaba Bum-bum, bum-bum sino que se aceleró tanto que solo sentía bumbumbumbumbumbum. Mis ojos se dilataron y mi garganta se cerró. No sabía qué decir, o si no debía decir nada en absoluto.
—Axel…—Axel me sonrió dulcemente y apartó un mechón de cabello que me caía por la frente. Mi piel vibraba, tanto la que estaba en contacto con el como la que no. Me sentía etérea, como si pudiera salir flotando de Geld, de Wandel, del mundo completo. Como si pudiera unirme a las estrellas,
brillando como si quisiera probarle a la luna que ella no era la única que poseía un sol.
—No tienes que decir nada, son solo pensamientos—Axel apartó su mano, dejándome aturdida y tomó la mía, apretándola y luego llevándola a sus labios para dejar un suave beso en ellas—Hoy son solo eso, tal vez mañana puedan ser algo más.
Ese era su juego, como el mío. Despistar al presente con un fututo brillante y alcanzable. Esa era su versión del ¿Qué haremos mañana? Porque habrá un mañana que planear. Este no es el final, ni de lejos. Y no solo la apreciaba, me gustaba la esperanza que brindaba.
Algo más.
Quería ese algo más.
Así que le sonreí suavemente antes de salir del auto junto a él. A enfrentar el bache que teníamos por delante.

¡Din-don!
¿Quién es?
Kalila, ¿Puedo pasar? Es una emergencia…
Uhh, claro, voy en seguida, 20632.
Imaginé la sonrisa que debía tener Athena en el rostro mientras se dirigía a la puerta.
Su casa era más sencilla de lo que podría imaginar para la fundadora de todo el régimen actual. Sin embargo, para alguien normal, estaba bastante bien.
Dos pisos de cuarzo, combinado con cristal—casi no distinguía el uno del otro—y un patio verde y saludable bordeándola. La casa era espaciosa, sin duda alguna, tal vez demasiado para una sola persona. No creía que Athena se haya auto-emparejado o algo por el estilo. Así que no debía tener ningún tipo de familia, a excepción de sus difuntos padres. Ni un solo hermano.
La puerta se abrió de repente frente a mí y di un respingo. Me recodé a mí misma que debía aparentar naturalidad y sonreí un poco.
Athena llevaba puesto un enterizo militar de color olivo liso, elegante y casual. Su pelo caía imperturbablemente por su cabeza y sus ojos grises brillaban con algo siniestro—como siempre—al darme una sonrisa. Athena daba miedo regularmente—a quien engaño, daba miedo siempre—pero era peor al verla tan fluida en su propio territorio.
Natural y apacible, Kalila. No lo arruines.
— ¿Qué haces aquí, Kalila? ¿Otra de tus investigaciones?—Se rio de sí misma antes de volver a mirarme. Su mirada viajó a Axel, a mi lado y frunció el ceño levemente antes de recomponerse—Qué sorpresa, 15182, qué sorpresa—se relamió los labios y volvió a sonreír. Ya estaba algo cansada de eso, tal vez después de todo no sería tan difícil… Me reprendí a mí misma por eso—Pasen, por favor.
Athena se hizo a un lado para dejarnos pasar y cerró la puerta detrás de sí.
— ¿Qué los trae por aquí?—la seguimos por un pasillo que daba a una salita, solo tenía un par de sillones y una mesita—Kalila, ¿Debería felicitarte ya? Por tu boda, querida—tragué saliva, hastiada de su tono empalagoso.
—Claro, gracias.
—Willen es un buen chico, ¿No?
—Sí, muy bueno.
—Me alegra—pasó su mirada de Axel a mí y al revés—Pero eso no me dice nada de que los trae por aquí. Y me impaciento con facilidad.
Tragué saliva, sentía gotas de sudor recorriendo mi cuello y tuve miedo de que lo notara. Athena era una especialista en el comportamiento humano. Mi comportamiento destilaba obviedad, a diferencia de Axel, quien estaba calmado y tranquilo.
—En Erlogen ha habido rumores…ya sabe, del tipo que quería evitar—Mentirosa, mentirosa. Erlogen estaba tan calmado como las primeras horas de la mañana—Y me preocupé…no sabía a quién acudir…
—Tus autoridades locales, claro está—ladeó la cabeza, como si tratara de entenderlo—El viaje a Geld es largo y pesado, ¿No? Hay más soluciones.
Tragué saliva y asentí.
—Claro, pero…
—Pero, me alegra que hayas acudido a mí—Me dio una sonrisa felina—¿En qué consisten los rumores?
Saca el arma, Axel, hazlo ya. Seguir la línea de conversación era difícil. Inventarme cosas en la marcha no era, lo que digamos, fácil. En mi imaginación, todo sucedía rápidamente. Entrabamos, ¡Bam! y salíamos.
Sin embargo, tenía esa sensación de estar al borde de un barranco, anhelando caer a las aguas que me esperaban abajo, pero sin dar el primer paso. Como si una fuerza física me detuviera. O tal vez, eso sentía Axel, porque no hacía nada…
—Ya sabe, agitación y caos…
—Curioso, ¿No? No he recibido ningún reporte.
Su mirada me escrutaba, sin parar en Axel, helándome la sangre. Y entonces, oí pasos en el piso superior. Y fuera, en el pasillo y el patio. Traté muy duro de no mirar, de no confirmar mis dudas. Sim embargo, esa molesta parte de mi tomó el control y elevó la mirada. Fue como si eso hubiese encendido mis sentidos.
No estábamos solos con Athena. Había más personas.
Y por el peso y el ritmo de sus pisadas, suponía que eran soldados.
Guardias.
Protegiendo a Athena de algún peligro.
Como si lo supieran.
Sentí el cuerpo de Axel tensarse, casi imperceptiblemente a mi lado, y mis ojos bajaron a los de Athena, quien se hallaba de pie frente a mí, sonriendo más abiertamente.
—Los estuve esperando toda la noche. Que los juegos comiencen, ¿No?
Y ahí supe que todo había acabado. Todo.

Que los juegos comiencen.
Me preguntaba de donde era esa línea. De algo vetado, sin duda, ya que nunca lo había oído en el ¨Archivador¨ o fuera de él.
Pero sabía una cosa. Trix la había usado.
— ¿Qué…de qué hablas?—balbuceé, tratando de jugar a la inocente. Axel puso una mano en mi rodilla despreocupadamente, como si hiciera lo mismo, brindándome apoyo mudo.
—Pueden entrar, chicos.
Una docena de guardias llenó la habitación de repente, todos vestidos con diferentes versiones de la ropa de Athena. Rifles y otro tipo de armas que no reconocí enfundadas en por lo menos cinco secciones visibles de sus cuerpos.
Tragué saliva al momento que sentía la mano de Axel apretar mi rodilla. Tranquila.
— ¿Nos esperabas? ¿Cómo?—preguntó él, suave y firme. Como si aún no admitiera nada. Athena se carcajeó un poco, provocando que arruguitas se formaran en las comisuras de sus ojos.
—Digamos que tu amiga no es muy discreta. Bueno, ya lo han dicho antes, entre amigas no hay secretos, ¿No?—volteé a ver a Axel, quien tenía la misma expresión que yo.
— ¿Qué?
—Beatrix siempre ha sido una muy, muy buena chica, ¿No crees?
No podía ser. ¿Trix era una traidora? ¿Alguna vez había sido una rebelde real? En el fondo, eso explicaba mucho su falta de detalle en el plan. Ella quería que atraparan a Axel. Ella lo había entregado. Y no le había molestado en absoluto que yo me uniera.
Mi cabeza daba vueltas.
— ¿Qué…que va a pasar ahora?—Pregunté, bueno, tal vez lo balbuceé. Athena extendió una mano al nivel de su hombro y no apartó sus ojos de mí mientras un soldado le pasaba una pistola.
—Admito que el número de mis guardias es algo excesivo, pero quería dar una buena impresión. Realmente no necesitaba ninguno. Solo a una amiguita—Le dio un vistazo a la pistola que ahora sujetaba despreocupadamente.
Axel quitó su mano de mi rodilla y se puso de pie. Apreté los dientes, aunque la pistola no le apuntaba, tenía miedo de que podría jalar el gatillo y ¡Bam! adiós, Axel.
—Athena, esto es un malentendido. Eres una mujer de lógica, ¿No? Déjanos explicártelo.
Athena apoyó el mentón en la boca de la pistola y casi deseé que jalara por accidente el gatillo. Sonrió y negó, frunciendo los labios.
—No, gracias, Axel 15182—le apuntó y disparó.
Todo pasó tan rápido. Un minuto y Axel estaba ahí, completamente capaz de hablar italiano y leerme Romeo y Julieta y al otro, ¡Bam! su cuerpo caía al suelo bruscamente. Un charco rojo y líquido se formó alrededor de su cabeza. Sangre.
Ahogué un grito, o por lo menos lo intente, llevándome las manos a la boca. Me dejé caer al suelo y me arrastré a él, girándolo sobre sí hasta que su cabeza estaba en mi regazo. Sus ojos azules, fríos y sin moverse, aún estaban abiertos.
—Axel…háblame, por favor. Di algo—vacilé al dirigir una de mis manos a su mejilla. Acaricié su pómulo antes de moverle la cara— ¡Axel! No es gracioso, ¡Háblame!—sabía que hablaba sin sentido, lo sabía. Sabía que Axel no podría hablarme, ni en Amin o Serum o italiano. No podría leerme o comprarme comida, no podría volverme a mirar con esos bellos ojos—Axel, por favor—mi vista estaba empañada y pronto le cayeron gotones de lágrimas en su cara, los cuales limpié con mis palmas—Vamos, Axel, ¿Recuerdas lo que dijiste?—no me había dado cuenta hasta ese momento el silencio que se había alzado en la habitación. Ni siquiera Athena hablaba. Aparté un par de mechones de su frente—En el auto, dijiste que yo era tu Julieta. Bueno, ¿Sabes qué? Tú eres mi Romeo y mi Don Juan, sea lo que sea—me estremecí más contra su cuerpo y lo acerque más a mí. Me incliné tanto como pude hasta que mis labios acariciaron su oreja—Y quiero ese algo más, Axel, contigo. No puedes irte así, no…por favor.
Mi regazo estaba empapado con su sangre y no pude mirarla, solo me mantuve aferrada a Axel, como me había aferrado el cada vez que lo había necesitado.
Me aparte un poco de él y le di un beso en los labios. Nuestro primer y último beso, el cual él nunca conocería. Le cerré los ojos suavemente y le di otro beso en la frente.
—Arrivederci, mio Romeo. Io…mi mancherai.
—Que conmovedor, ¿No, chicos?—oí la voz de Athena, lejana y débil y alcé la cabeza para verla.
Me limpié las lágrimas con el dorso de mi mano bruscamente, la tristeza suplantada por odio. Iba a matarla.
—Una verdadera pena, Kalila. Y no solo tu pérdida, sino también su diferencia de Kasten. Habrían lucido tan adorables juntos.
—No hables de él—gruñí por lo bajo, mirándola a los ojos.
Athena ladeó la cabeza y alzó una ceja, con una sonrisa tentativa en sus labios.
—Por lo menos, hoy me siento amable, y te permitiré estar con él. Nunca fui religiosa, Kali—gruñí de nuevo ante eso y Athena amplio su sonrisa aún
más—pero espero, sinceramente, que se encuentren en donde sea que se vaya al morir.
Athena dio un paso frente a mí y me pegó la boca de la pistola a la frente. Fría y dura, como su portadora, contra mi pegajosa y cálida piel, ahora pálida. Mis ojos bajaron una última vez al cuerpo de Axel antes de cerrarlos un segundo.
Y entonces, en mis últimos momentos, lo supe.
Y entonces, me di cuenta de lo que Athena me había dicho una vez era cierto. Cuando estamos con quien debemos estar, las cosas son como deben ser. Y con Axel yo fui quien debía ser, quien siempre había debido ser.
Así que levante mi barbilla, tragando en seco y tratando de controlar mi respiración y el dolor punzante de mi pecho al ver de soslayo el cuerpo inerte de Axel. Le di una última sonrisa triste y miré a Athena con la última pizca de rebelión que me quedaba y que no se había drenado de mí mientras ella sostenía la pistola cerca de mi frente.
—Hazlo.
Porque yo sabía que con mi muerte, Athena daría rienda suelta a una revolución que solo estaba empezando. Una revolución que nacería de mi muerte y la de Axel, haciendo que valieran la pena. Una revolución que ni ella ni Trix podrían parar.
Así que recibí la bala en mi cabeza cuando Athena tiró del gatillo con la esperanza de un mundo mejor. Uno en el que yo no viviría, uno que Axel nunca vería. Pero uno que valdría la pena. Uno que sería lo que debía ser.

¿Puedes guardar un secreto?
Creo que lo vi, mientras la vida se escapaba de mi cuerpo. Creo que lo vi tendiéndome la mano y sonriendo. Dándome la bienvenida a algo nuevo y desconocido.
¿Puedes guardar otro secreto?
No miré atrás ni una sola vez.
El mundo que debía ser ya estaba en marcha, no necesitaba de mí.
Y frente a mí, sonriente y alegre, estaba Axel.
Y un mundo fuera del alcance de Synapse. Una noche eterna, y en mi mente etérea—si es que lo era—burbujeó un recuerdo de una vida pasada. De una rima distante.
Sueño con perderme en la noche
Y ya en sus oscuros rincones
Conseguirme algo de luz.
No como de la que huyo,
Esa es una bella frialdad,
Quiero una cálida
A la que como fiel amiga pueda abrazar,
Y que me susurre como un secreto;
¨Cae en paz, pues yo te tengo¨
¿Adivinen qué?
Caí sonriendo.



Maureen

#3355 en Ciencia ficción
#28306 en Novela romántica

En el texto hay: distopia, romance

Editado: 21.09.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar