Testigo De Un Criminal

Cap. 16. Los primeros años

Enero, 1966.

Doble vida, dos personalidades manejadas por una misma y retorcida pero brillante mente. La primera era su cuartada, la fachada de un estudiante magnifico en calificaciones que disputaba como el mejor en la universidad de Luisiana, y la segunda, el asesino siniestro que no le temía a utilizar sus conocimientos médicos para quitar lentamente la vida.

Volker Kennedy un huérfano maltratado que estuvo muchos años de su vida pasando de orfanato en orfanato pero que ahora ya no solo se le reconocía por ello, sino por su alto nivel intelectual y esa sombra oscura que reflejaba con todos a su alrededor.

Nueve meses manteniendo secuestrada y en constante tortura emocional a una mujer que era de su admiración y siete deseando atraer a la que conformaría su tercer asesinato.

Su nombre era Eleonora Barris. La mujer de veinte y tantos años trabaja de cajera en un pequeño supermercado de las intersecciones Straw y Wallas, un poco antes de llegar a Terry´s. Volker la había conocido cuando después de quedar sediento, se dirigió en busca de realizar una sola compra, pero cuando este levantó la mirada supo que la siguiente era ella. Dentro de su pensamiento creyó que ese destape de asesinatos que le habían llenado la cabeza de pura satisfacción y lo habían llevado más allá de un solo análisis clínico, se había terminado, sin embargo Eleonora llegó a revelarle que no era así.

Una noche de domingo del cinco de enero y ya en 1966, a unas pocas horas de regresar a la facultad y aparentar su primera vida, la esperó a fuera de su trabajo, con la grúa estacionada y el tubo de metal que utilizó para llevarse a Merry. Eleonora atravesaba el pasillo oscuro hasta donde se hallaba su coche estacionado. Caminaba sin prisa, desvanecida a la calma y carisma cuando todo eso le fue arrebatado, primero de un golpe que la derribó al suelo seguido de otro que terminó por completo de arrancarle las fuerzas.

Volker la guardó en el asiento de al lado, manejaba con calma y sin pensar mucho en lo que sucedería si algún policía llegaba a cruzarse en su camino, por suerte no lo hubo.

Dos días después y al hallazgo del cuerpo convertido en parte muñeca y parte títere la policía estaba confirmando a los medios de comunicación lo que tanto ellos como el resto de la gente temieron; un nuevo asesino en serie había nacido.

 

Abril, 1967.

Esta vez tuvieron que pasar quince meses para que el ya apodado como: “El torturador de muñecas” diera señales de seguir con vida.

Todos esos meses que pasó inactivo la gente se preguntaba si era posible que al fin se hubieran librado de un loco limpiando las calles con lo que a él se le hacía correcto, pero el día tres de abril la policía reveló, pocas horas después, el nuevo hallazgo de otro cuerpo sin vida. Esta vez había sido el turno de Hellen Chase, la primera drogadicta en la lista de la policía, pero su segundo encuentro de Volker con este tipo de personas.

Desde el momento en que Merry desapreció y cada vez que Rodrigo llegaba a un lugar así, siempre mantenía en su pensamiento la espantosa imagen de reconocer a una mujer que fuera su esposa. Era un pensamiento ilógico dado que antes de ponerse en marcha él ya era consciente del nombre de la víctima, sin embargo el hecho de que Merry siguiera sin aparecer por tanto tiempo poco a poco le iba quitando las esperanzas tanto a él como a Elaine de volver a verla.

—Rodrigo— dijo Mitsi al verlo llegar —, ya revisé el cuerpo y creme que a ninguna de las anteriores le tuvo tanto coraje como a esta pobre.

No existía la necesidad de mirar las anotaciones forenses hechas por Mitsi, con solo ver el cadáver uno se daría cuenta del infierno que pasó durante su ejecución.

Volker la había conocido un día de tantos que se paseaba por los parques en busca de alejarse de los comentarios tan frívolos que relacionaban sus compañeros hacia él. Caminaba alrededor de una de las fuentes cuando su miraba tropezó con la de una mujer sentada en las escalerillas. Rápidamente el coqueteo de ella hacia él fue evidente, pero fuera del sexo, Volker había visto algo más escondido, algo que iba enfocado a lo que a él le gustaba.

Gritando, llorando e intentando liberar sus manos y pies de la mesa, Hellen pedía con ruego que la dejara ir. Había un cuerpo en una de las esquinas. Tenía sus manos alrededor de sus oídos y su pensamiento en tiempos de felicidad. Merry no quería volver a experimentar ese horror, tenía miedo, pánico de volverse loca al ver a ese hombre asesinar y a Dante divertirse.

Todo andaba bien según Volker, pero cuando logró tener a Hellen lo suficientemente cerca como para ver las enormes bolsas de debajo de sus ojos, se dio cuenta que algo andaba mal. La toz era intensa, de sus labios salían pequeñísimas gotas de sangre que se mezclaban con el aire.

—¡Es una maldita drogadicta!— gritó atormentado por los recuerdos del pasado. Por el recuerdo del primer cuerpo que fue culpable de abrir y todos los bochornosos actos que cometió, por ejemplo el olor a vomito saliendo de su habitación.

—Volker, cálmate— dijo Dante desesperado por encontrar calma de su compañero.



ADAMAS

Editado: 07.01.2020

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