Testigo De Un Criminal

Cap. 41 Carcajada al vacío

Finalmente, con cientos de advertencias por parte de sus dos superiores, a Rodrigo le fue otorgado el permiso de entrar, con la amenaza de que si llegaba a agredir a Volker, éste sería revelado del caso inmediatamente.

—Bien doctor— dijo lanzando al centro de la mesa algunas copias de las fotografías encontradas  —, espero y tenga una muy buena explicación sobre esto, porque teniendo en cuenta que en todas ellas aparece mi hija, no pienso ser cortés con usted.

Volker permaneció neutro, sin ninguna desfiguración en el rostro a pesar de tener las pruebas frente.

—No soy un pedófilo, si a eso se refiere.

—Usted dirá entonces por qué tiene un indefinido número de fotografías tomadas a una joven de entre los quince y los diecisiete años.

Volker se llevó las manos a la cara, apretó la boca y se vio alterado, pero no era porque de verdad lo estuviera. Lo que en realidad quería era una sola cosa: ganar tiempo para que su actuación fuera creíble al momento de soltar una de sus más perfectas mentiras.

—Hable doctor, no tengo todo el tiempo.

Volker se le acercó, lo miró con coraje y del mismo tono del cual Rodrigo le hablaba, respondió:

—¿Cómo cree que me sentí cuando me informaron sobre la muerte de mi madre? Usted se la pasó día y noche vigilándome, acosando a que confesara algo del cual no fui culpable y lo sigue haciendo, sin embargo en aquel tiempo me cansé. Despertaba y lo primero que miraba frente a mi casa era un sujeto de gabardina espiando y viendo fijamente a mi ventana. Mi trabajo, mi vida, todo se fue a la pútrida desde que usted apareció— suspiró echando el cuerpo hacia atrás —. Tenía que desquitarme agente. Y lo único tan fuerte como para derribarlo a usted era su pequeña. Esas fotos hubieran terminado frente a su puerta con una clara amenaza si no me dejaba tranquilo, pero todo terminó cuando ese psicópata se fue. ¡Solo hasta entonces me dejó en paz!

—Doctor Kennedy, ya fue suficiente, no hable más.

Las conexiones de Rodrigo se derrumbaron. Ashley Miller había llegado acompañada de un abogado de apellido Zamudio.

Volker había encontrado la manera de desviar las sospechas muy perfectamente y ahora no solo contaba con su declaración que estaba grabada, sino con el apoyo de alguien que conocía las leyes. Roy sería regañado.

—Lo hizo— dijo Manases, echando su silla hacia atrás y alcanzando a Rodrigo donde se servía el café —, el doctor Kennedy te ha demandado por difamación y acoso.

—No solo tiene una cuartada bien hecha para lo de las fotos— apareció Daniel´s —, sino que también tiene razón en la demanda, la va a terminar ganando.

—¿Qué hay de esto? Confesó haber planeado una amenaza contra un policía.

Gaby respondió, llegando al pequeño grupo de gente y lanzando los guantes lejos de sus manos acaloradas:

—Ya lo solucionó su abogado. Le impusieron una multa de mil quinientos dólares. Está libre y para completar la línea de mala suerte. En su coche no hay absolutamente nada. Se lo acaban de entregar.

***

El coche pasaba sobre los cimientos del puente colgante sobre La capital del Lago, una agrupación de agua cerca de la estación de policía de donde habían salido. En esos pocos minutos de viaje, Ashley no había dejado de hacer preguntas y respuestas a lo que pensaba de los últimos acontecimientos, sin embargo, y pasados unos minutos, se percató de que Volker le era indiferente.

—¿Me estás escuchando?— cuestionó atrayendo la atención del distraído conductor.

—Perdón— Volker se disculpó —¿Qué me preguntabas?

Pero la cara de seriedad por parte de Ashley tomaría una oscuridad un tanto más profunda.

—¿A dónde fuiste la noche en que desperté y tú no estabas?

Él se sonrió desconcertado.

—Ashley, no pensaras en creer todo lo que se dijo allá dentro.

—¡No Volker! No, pero de verdad quiero saber qué sucedió contigo.

—Ya te lo conté— gruñó, bajando el tono y desviando hacia donde los aparcados del lago permitían a los viajeros detenerse.

—¿Qué estás haciendo?

—¡Por Dios Ashley! Ahora hasta miedo me tienes.

—No te tengo miedo.

—Entonces acompáñame.

Los dos salieron del auto, caminaron hasta uno de las bancas que dejaban la vista a las aguas y más allá de ellas, a donde el kilómetro 15 de árboles escondía las avenidas. Se sentaron y Volker por fin respiró.

—No soy un asesino— dijo —. Lo de mi desaparición aquella noche te conté que tenía que ver con mi madre.

—Volker, un hombre no pasa la noche entera en el cementerio. Tú llegaste en la madrugada, muchas horas después y ni sé desde cuanto tiempo te fuiste.

—¡Está bien, te lo voy a contar!— gritó eufórico, reprendiéndola de las manos con fuerza —Desde que mi vida se echó a perder por ese maldito policía me vi obligado a distraerme en otro tipo de asuntos.



ADAMAS

Editado: 07.01.2020

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