Tú, mi destrucción ©

Capítulo 16

Atento me cercioraba de que mi madre se tomara los medicamentos; Aidén y mi padre también se encontraban con ella. Los tres no le quitábamos los ojos de encima y sabía cuánto le molestaba tener a tres hombres sobre protectores cuidando de ella.

—Soy perfectamente capaz de tomar el medicamento sin ustedes aquí —espetó. Colocó el vaso vacío sobre la mesita de noche con más fuerza de la necesaria.

—Tendrás que acostumbrarte a tenernos aquí, mi dulce Kairi —murmuró mi padre dándole un beso en la frente.

—Pueden ser tan asfixiantes. —Dijo cruzándose de brazos— La bebé y yo estaremos bien.

—Lo estará, nosotros nos encargaremos de eso —intervine. Ella me dedicó una mirada tierna pero también desesperada.

Tendría que acostumbrarse a estar en cama por lo que restaba del embarazo y la idea no precisamente le emocionaba mucho. Sin embargo, debía hacerlo.
De pronto, la puerta fue abierta y Alaina apareció en el umbral con una bandeja en sus manos que contenía un plato rebosante de una sopa caliente, además de un jugo que me pareció ser de naranja.

—Oh Alaina, no deberías estar haciendo esto —le dijo mi madre a la vez que mi padre le ayudaba a sentarse sobre la cama.

—Mi esposa tiene razón, Alaina —coincidió mi padre—, para eso está Jazmín, tú eres una invitada en esta casa.

Alaina les sonrió agradecida; colocó la bandeja a un lado de la cama de mamá y se le quedó mirando como si fuesen grandes amigas. La verdad es que la diferencia de edad no era mucha, al ser lobo envejeces lentamente, diez años o quince en humanos, apenas son uno en lobos.

—Gracias, pero no está en mí el quedarme sin hacer nada, además que esta receta te va a gustar, Kairi, te lo aseguro.

—Y a la bebé también, sin duda —añadió mamá—. Gracias, Alaina. Qué bueno es tenerte aquí.

Mi madre me dedicó una mirada de soslayo; aparté la vista y la centré en Alaina. Se veía más bonita de lo normal. Llevaba su cabello recogido en un moño mal hecho que le quedaba perfecto, mechones oscuros le acariciaban el rostro limpio de maquillaje; vestía con un short corto en color negro y una blusa blanca sin mangas.

Mis ojos recorrieron sus largas y esbeltas piernas pensando instintivamente en lo mucho que me gustaba lo que escondían entre ellas.

—Lane, disimula un poco, hermano —se mofó Aidén. Parpadee desconcertado dándome cuenta que la había mirado descaradamente.

Las mejillas de Alaina adquirieron un bonito color rojo. Sus dientes blancos se hincaron sobre su labio inferior. Mi entrepierna reaccionó ante aquel inocente gesto; sólo ella era capaz de provocar tales reacciones en el cuerpo.

—Cierra la boca. —Espeté— Alaina, ¿podemos hablar? —me dirigí a ella.

—Por supuesto.

—Mamá, vendré más tarde a verte  —dije. Ella asintió y posó sus ojos sobre Alaina.

—Gracias de nuevo, Alaina —le dijo. La aludida sólo le devolvió una sonrisa y salió de la habitación conmigo detrás de ella.

Caminó unos cuantos metros contoneándose sin buscar hacerlo en realidad; no pude apartar la mirada de su culo. Carajo. La deseaba, la deseaba mucho.

Entonces ella se detuvo abruptamente frente a una puerta y dio la vuelta para encararme. Frené mi andar.

—¿De qué quieres hablar? —Preguntó serena.

Eliminé la distancia que nos separaba haciéndola nula; ella no retrocedió un centímetro ante mi cercanía, ya no me temía, era segura de sí misma, retadora, desafiante y me ponía duro como el demonio.

—Nuestras bocas no, Alaina. Quiero que hablen nuestros cuerpos —susurré y en un segundo mis brazos envolvieron su estrecha cintura.

Ella abrió mucho los ojos, me empujó con ambas manos.

—¡Estás loco! —Gritó entre dientes— Aún hay cosas pendientes entre nosotros, Lane. No podemos tener sexo. ¡Estamos en casa de tus padres!

—Me importa una mierda. Podemos arreglar nuestros asuntos después —espeté.

Abrí la puerta que tuve más cerca. A empujones la metí dentro y cerré con pestillo. Alaina buscó huir de entre mis brazos, la retuve sin mucho esfuerzo.

—No quiero, déjame —mintió, luchando pero sin hacerlo de verdad.

—Si supieras que entre más te resistas más duro me pones —susurré en su oído.

Se tensó bajo mis manos, contuvo la respiración y se quedó quieta, rindiéndose a sus deseos.

Le besé el cuello, chupando su piel, saboreándola. Olía tan malditamente bien; dejé un sendero de besos húmedos hasta el comienzo de sus senos que se movían agitados al compás de su respiración errática.
Ella mantuvo ambos brazos a sus costados mientras mis manos se metían por debajo de su blusa; palpé la suavidad de su piel, lo duró de sus costillas y finalmente la redondez de sus bien proporcionados senos. Cogí uno por encima de su sostén deportivo, sus pezones eran dos protuberancias que se presionaban contra la tela y que no tardé en tocar; mi pulgar se deslizó por su pezón mientras seguía besándole el cuello y ella movía la cabeza a un lado dándome mejor acceso.



Elena López

Editado: 29.10.2018

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