Tu sombra es mi reflejo

Sobre la finalidad de la muerte

Axel

       Desde pequeño traté de ser fiel a las fatídicas creencias de mamá, aunque aún no las entendía del todo (como se cabía esperar de cualquier niño menor de nueve años que no haya sido más instruido que un sarnoso perro callejero, y que sus vagos aprendizajes sólo se acrediten a los viejos libros escolares y cuentos de papá). Vivía en torno a sus ominosos hábitos y trataba de adaptarme a cada ritual semanal, elaborado durante lo que mamá solía llamar como las Noches de sangre, en las que sobre la medianoche me hacía bajar al sótano e hincarme junto a ella y me obligaba a observar la manera en la que degollaba algo vivo sobre el suelo de madera rojiza, para luego dejar escurrir su sangre por doquier.

       A veces mascullaba palabras ininteligibles en pos de utilizar tiza y sangre para dibujar garabatos enmarañados sobre el suelo, dando un aire silvestre alrededor del cuerpo inerte, que no había despegado su aterrada y dolorosa mirada del rostro de mamá, dando la sensación de que aún  permanecía vivo. Sus dientes y puños se habían comprimido con tal fuerza que sus palmas y encías se decoraban de un rojo que casi dejaba saboreaba el dolor previo al deceso. Mamá  no solía dar una muerte rápida; decía que cada segundo más de agonía infringida, le daba un segundo más de placer vivido.

     Cuando el “delicado” ritual finalizaba, daba lugar al desorden: Mamá se sobresaltaba y excitaba tocando su cuerpo mientras se desnudaba y salivaba un espeso líquido amarillento que se escurría hasta sus pezones. Sus pupilas perdían toda humanidad y se rasgaban en vertical a través de sus cuencas, tomando un monocromo rojo oscuro, casi negro, muy parecido al color sangre de sus labios.

      La primera vez que lo vi fue aterrador,  y no me hizo más que recordar al feroz lobo que intentó comerse a la inocente chica y a esos tres inofensivos cerditos constructores, dejándome pensando si mamá pensaba en mí como un jugoso y pequeño platillo de entremés. Aunque después me lo dejó muy en claro en ese tono chillón y sensual que siempre lograba enchinarme la piel y azorar mis sentidos: —Tu misión, mi pequeño, es sólo morir en el momento en el que estás destinado a morir. Sobre el suelo en el que estás pisando sin respeto y debajo de éste techo que te protege de las cosas terribles que te depararían en el exterior. Por eso te prohíbo volver a intentar escapar, ya que no hay nadie de quién escapar aquí adentro, y aunque lo intentes, no sólo no lo lograrás, sino que cobrarás tu muy merecido castigo con tu carne. Pequeño… ¡Deja de llorar, maldita sea!... Y entiende que realmente te aprecio por lo que vales para mí. Aún no voy a matarte pequeño.

      Después de volver en sí, me tomaba entre sus brazos y me obligaba a estar desnudo frente a ella para examinarme minuciosamente, en una búsqueda esperanzada de algún cambio corporal o quizá esperando que no fuera así y que mi cuerpo siguiera en donde mismo, con la misma cantidad de lunares y músculos sobre mis todavía frágiles huesos. Chasqueaba con desdén y con una simple mirada me hacía arquearme hacia adelante hasta doler y hasta casi tocar mi nariz con la de su víctima y me hacía permanecer ahí por minutos hasta sentir espasmos dolorosos, con mis ojos mirando los ojos fijos de la muerte, y entre risas demoniacas y gritos aún más descabellados, me hacía acompañarla en su festín de carne cruda.

     Al finalizar, me hacía limpiar los restos y sangre seca con nada más que agua y trapos viejos y roídos, y deshacerme de todo en bolsas negras que después, justo antes de que llenaran la habitación de un hedor insoportable, papá llevaría a tirar a algún lugar a través de la puerta; quizá un lugar lejano o quizá no. Probablemente jamás lo sabría.

     El resto de la semana mi vida era tan monótona y predecible como imaginar en qué dirección giraría el excusado la próxima vez que jalara la cadena. Al menos tenía mi propia habitación, mi propia cama, mi propio baúl y mi propia ventana. Me gustaba el tacto de ella; tan frágil pero tan irrompible, tan suave y tan helada a veces. Me gustaba recargar mi espalda desnuda en esas ocasiones y sentir los bellos de mi nuca tomando vida propia y erizándose. Me gustaba contemplarlo todo casi deseando no pestañear para no perderme nada, anhelando estar del otro lado.

       A través de ella podía ver el césped creciendo sobre el jardín de la vecina más anciana al otro lado de la calle angosta que nos dividía. Me gustaba cuando los demás niños jugaban y pateaban un balón desinflado y gastado y siempre algún otro niño rechoncho intentaría quitárselo a patadas, sólo para seguirlo pateando sin sentido. Pero se divertían; lo veía en sus rostros. Papá decía que ese juego se llamaba futbol y que él también llegó a jugarlo de pequeño, pero aunque le pedí que jugara conmigo, aunque fuera sólo con una simple y nada peligrosa botella de plástico, se negó, mascullando algo desagradable sobre la reacción que mamá tomaría si se enteraba.



José Ortega

Editado: 16.01.2019

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