Una niña

Lo que ocurrió.

Una niña

 

No espero ni remotamente que esto que voy contar sea tomado en serio. Sé qué seré tachado de loco y tal vez lo esté. Pero cualquiera lo estaría después de vivir aquellos hechos que cortaron mi razonamiento y me convirtieron en alguien retraído y paranoico.

 

Esa noche me encontraba sentado en mi sillón favorito, frente a la chimenea encendida. A mi lado, sobre una pequeña mesa, descansaba una taza con café caliente, la cual llevaba a la boca de vez en cuando mientras leía un libro. Y si a pesar de mi trastorno mental puedo recordar aquellas cosas vanas, imagine quien lee esto cómo estarán en mi mente ciertos hechos nefastos.

 

Recuerdo que llevaba la taza hacia mi boca para tomar un poco de café, cuando escuché el ruido de un objeto estrellándose contra... contra algo. La sorpresa fue tal, que la taza cayó de mi mano, manchando la parte delantera de mi pantalón. Fue tal la marca, que pensé no faltaría el imbécil que con mal gusto comentando que seguramente me había orinado encima. Pero en ese momento aquella mancha carecía de importancia. Lo único que me preocupaba era saber qué había sido ese ruido generado en el interior de mi hogar. Porque ese ruido había provenido de una de las habitaciones de mi casa. Más específicamente, del cuarto de la sirvienta. Esta y su hija dormían ahí.

 

Corrí hacia aquel lugar. Los ruidos emitidos por un objeto duro estrellándose contra algo me hacían temblar sin poder contenerme.

 

Cuando abrí la puerta de la habitación, la escena que vi me dejó mudo. Tanto la ropa como uno que otro objeto que le pertenecía a la sirvienta estaban regados por todo el suelo. En la mano, la mujer traía una figura de mármol. A su lado, su hija estaba tirada en el piso y pude ver sangre emanando de su cabeza. Su propia madre se la había roto con aquel objeto. Y tal vez le hubiera dado más golpes si no hubiese entrado yo a la habitación.

 

Aún recuerdo esos ojos llenos de odio. Sus labios manchados de sangre, pues los había mordido. Las venas de su cuello y su frente parecían a punto de reventar. Sus manos estaban apretadas y parecían a punto de sangrar. Parecía un animal rabioso dispuesto a matar.

 

La mujer me miró. Su respiración era bastante agitada. Me acerqué a la niña para comprobar si todavía seguía con vida. Aún respiraba, aunque escasamente. Sin perder más tiempo llamé a una ambulancia.

 

A pesar de que la ambulancia no tardó mucho en llegar, a mí la espere me pareció casi eterna. Además de la ambulancia, también fue enviada una patrulla para detener a la sirvienta. Pero esta no tenía ninguna intención de ir presa. Huyó del lugar y yo, ya viejo y con la mente confundida por los hechos, no hice nada por detenerle.

La niña fue llevada al hospital, donde murió poco después. La causa, trauma encefálico.

 

La niña fue sepultada. Yo me encargué de todos los gastos funerarios.

Vaya locura. Y el motivo de todo eso no fue otra cosa que una muñeca de porcelana. Una maldita muñeca de porcelana que la niña había roto accidentalmente.

 

Luego de un tiempo, me encontraba frente al objeto de la discordia. Se trataba, como ya dije, de una muñeca de porcelana. Era la efigie de una niña rubia. Su cabello era largo y medía más o menos medio metro de estatura. Pude reconstruirla y ni yo mismo sé por qué lo hice. A pesar de las cuarteaduras, daba la impresión de estar viva.

Esa cosa fue la causa de todo ese desorden. El motivo por el cual la sirvienta mató a su hija fracturándole el cráneo.

La razón por la que aquella mujer odiaba tanto a su hija fue porque el padre de esta simplemente se fue cuando supo de su embrazo. La niña era físicamente muy parecida a su padre y ese era motivo suficiente para que la madre la odiara. Y por alguna extraña razón, la mujer quería mucho a esa muñeca de porcelana. Por eso, cuando la niña rompió su más preciado “tesoro” no pudo contenerse y la golpeó en la cabeza con aquel objeto de mármol.

 

Al ver a aquella muñeca de porcelana no podía dejar de llorar, pues representa para mí la muerte de una niña. Por eso sabía que lo mejor era tirarla en algún lugar. Deshacerme de ella. Agarré la muñeca y la metí en una bolsa de plástico transparente. Salí de mi casa y me dirigí ya entrada la noche a un terreno baldío que estaba a unas calles de ahí. No quise ir en mi auto, sino que caminé hasta aquel lugar caminando; de esa manera podía poner en orden mis pensamientos.

 

Cuando llegué al terreno baldío que la gente usaba como basurero, miré en la bolsa a aquella muñeca de porcelana. Temblaba al imaginar que aquel objeto inanimado fue más amado que una niña de verdad. Me dirigí a un cerro de basura, con la intención de tirar ahí a la muñeca de porcelana.

 

La bolsa en mi mano se movió. Volví la cabeza y vi a la muñeca moviéndose y llorando, llena de miedo y me dijo.



Beto Vázquez

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En el texto hay: locura

Editado: 22.01.2019

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