Uwan, La Hora Del Diablo

Parte 4: El Nuevo Rostro Del Mal

gthAtrás quedaron las oscuras sombras de cuerpos mutilados y otras aberraciones, que gemian y se desplazaban con grotesca autonomía. La pequeña Azami, sabía perfectamente que permanecer un minuto más al interior de Chiyoda supondría una muerte brutal e inimaginable. Nadie estaba preparado para aceptar un sufrimiento y muerte de exponenciales características.

—No les parece que este camino es algo... silencioso e inusual. ¿No lo creen así? —dijo entre dientes el oficial Mayor, tras notar a medida que avanzaban cuesta abajo, que los árboles se curvaban de manera extraña hacia el sendero, en ambos bordes, como si fuesen dos manos cerrándose poco a poco.

Aquel camino señalado por Azami, sin duda se prestaba para múltiples interpretaciones. Parecía muy distinto a los otros y a los que habitualmente se conocían en los alrededores del pueblo. Incluso no guardaba relación con los accesos principales y secundarios que conformaban el libre tránsito a Chiyoda. El sendero, por si mismo, abanicaba un extraño mensaje sobre el viento que agitaba de manera intermitente la copa de los árboles.

—Azami, hija ¿No deberíamos haber salido ya de Chiyoda? ¿Y ese pueblo del que hablas, qué nombre tiene? —masculló la señora Hekima tras notar, luego de varios minutos a pie, que el camino en bajada parecía no mostrar señales del otro extremo, como si por cada paso que daban, más se adentraban en un profundo descenso.

—Pierda cuidado mamá. Estamos muy cerca. Una vez allí, ya no tendrá que volver a esconderse. Todo será conforme a como debe ser... Todos volverán a sonreír —pregonó Azami con una vaporosa e inquietante sonrisa. Inquietud que caló profundamente las miradas y el pecho de sus padres como la de algunos jóvenes soldados que iban cercanos a ella. El rostro de Azami, sin duda ya no era el mismo. Situación que se tornó aún más perturbadora cuando quienes la acompañaban de cerca notaron como el globo ocular de sus ojos cambiaba cada cierto tiempo pasando del blanco a un color negro absoluto e impenetrable. Dicha situación, tampoco pasó inadvertida en algunos miembros del escuadrón principal, sobre todo en la mente aguda y observante del oficial Mayor que ya advertía la probabilidad de un peligro inminente.

—¡Hey, miren! ¡Allá al fondo! ¡Son casas! —exclamó con ahínco un joven soldado tras cumplirse dos horas de camino.

Al llegar a dicho lugar, lo primero que notaron, y que produjo cierta confusión y temor, fue que efectivamente habían encontrado el pueblo mencionado por Azami, aunque no de la forma que esperaban. El pueblo se hallaba completamente abandonado, y por lo carcomidas de sus edificaciones, había transcurrido mucho tiempo. Sus casas, plazas y calles, reflejaban el triste paso del tiempo, su ruina y soledad.

Fue entonces cuando un nuevo horror se mostró en medio de la noche. Azami, de forma inexplicable e irracional, trepó como un cuadrúpedo con perturbadora agilidad hasta el tejado de una de las casas. Su mirada era oscura y carente de expresión.

Alejados y absortos de lo que presenciaban, Azami, de pie e inmóvil sobre el techo de aquella casa en ruinas, rompió el estado en el que estaba para extender sus brazos hacia los costados y proferir palabras ininteligibles o más bien en un idioma desconocido. Excepto por una frase:

 

«Yo soy UWAN» 
 


Tras pronunciar estas palabras, repentinamente el pueblo que carecía de vida y que se sumía en el eterno silencio, comenzó a mostrar lo más escalofriante e imposible para la razón.

Miles de personas; famélicas y mutiladas, comenzaron a salir de las derruidas casas con fantasmagórica sincronía. Algunas no tenían brazos, piernas ni cabezas. También habían otras que caminaban con sus vientres abiertos. Todos ellos, eran víctimas de Uwan; el cual les robaba partes de sus cuerpos para crear sus demonios y atormentar a los seres humanos.

Esa noche, las metrallas y gritos no fueron suficientes para acallar el horror que comandaba Uwan. Fue una masacre indescriptible, sin precedentes e indigesta. Cada persona mutilada del pueblo tomó aquella parte que le faltaba de entre los soldados y de los padres de Azami. El oficial Mayor fue el último en caer, y mientras lo hacía, antes de cerrar sus ojos, vio como el pequeño cuerpo de Azami, aún de pie sobre el tejado, se transformaba en un ser alado, de color rojo y de grotescas proporciones, cuya sonrisa no correspondía al de una niña.

6 horas más tarde... 
 

—Y en noticias nacionales. El día de ayer, como fue previsto y advertido por las autoridades, Japón nuevamente se tiñó de sangre y muerte. Esta vez, fue la localidad de Chiyoda, la cual ya había tenido días antes, el reporte sobre la desaparición de más de la mitad de sus pobladores. Sin embargo, eso cambió el día de ayer al constatar la policía la presunta muerte de todos sus habitantes, aunque, y escuche bien, por extraño que parezca, la policía de Tokio pudo encontrar a un solo sobreviviente.

—Se trata de una menor, la cual fue hallada milagrosamente dentro de la alacena de una de las casas. Al parecer se hallaba dormida cuando todo ocurrió. Su identidad permanecerá en reserva, a la espera de que la policía pueda recabar toda la información necesaria.



Sanctus Liminaris

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En el texto hay: leyendas, terror puro, paranormal suspenso

Editado: 04.10.2020

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