Virgen Roja

XXXV – LA LOBA ENCADENADA

 

Abstraída en el dolor por la profusa herida, pero ahora con el sangrado detenido gracias la venda que me colocó el esclavo, me senté en la hierba y mordí unas raíces de sifilo, exprimiendo su jugo ácido en mi lengua.

Aequitas regresó al jardín con una antorcha del fuego sagrado, el cual hoy brillaba con un fulgor azul casi incandescente. No lo entendía… ¿qué era lo que ella quería de mí? ¿por qué su interés en no «desaprovechar» mi sangre?

—¿Qué no deberías estar quejándote porque te castigue? —Aequitas lucía decepcionada, a como si no hubiese hecho bien su trabajo al clavarme esa flecha.

—Mordí estas raíces —contesté enseñándole mis dientes con trazas marrones—, las propiedades de su jugo calman un poco la agonía.

Aequitas se llevó una mano al pecho.

—¿Y cómo sabías semejante secreto? —preguntó sorprendida.

—Porque soy una agricultora —contesté con orgullo.

Aequitas frunció los labios y clavó su antorcha de fuego azul sobre la hierba.

—Camila, presta atención. Para hacer la ceremonia aún más atractiva para el pueblo, Cicerón me ha pedido que sea yo quien incinere a la loba blanca —la mujer se mordió una uña—. Eso no será fácil para mí, así que ocupo que primero tu la quemes hasta llevarla al borde de la muerte.

—¿Me clavas una flecha en el pie y luego me pides un favor? —le pregunté con enojo—Así no funcionan las relaciones humanas, Aequitas.

—Esa bestia es demasiado peligrosa… —la mujer se tocó el vientre, donde tenía ocultas sus cicatrices—, y por ello, mi batalla debe estar garantizada, no quiero ser humillada frente a todo el pueblo.

—Pero si tu oponente está herida, ¿no será esa “batalla” será aburridísima? ¿no te da miedo decepcionar a tu pueblo sediento de acción? —Cerré los ojos y me palpé la pierna herida. El vendaje ya no estaba morado, sino negro.

—Camila, tu nombre significa "aquella que presenta sacrificios", así que es hora de que cumplas con el destino que... —señaló la estatua de mi madre con la mano—. Diana escogió para ti. 

—¿Le tienes miedo, verdad? —le pregunté con enojo—. Por eso pediste que tu águila llegara al balcón mientras sacrificabas a la loba blanca, ¿no es así?, para sentirte tranquila al saber que, en caso de que esa loba te avergonzara, podrías escaparte como una cobarde. 

—La he intentado matar muchas veces —Aequitas desvió la mirada y se tocó de nuevo el vientre—, pero es demasiado ágil, demasiado astuta…

La loba blanca se retorcía en vano, tratando de zafarse de las cadenas que yacían sostenían sus cuatro patas a unas enormes piedras. En sus ojos celestes pude ver el reflejo de la llama sagrada. Era irónico que hace un mes yo tenía pesadillas con esta loba, y ahora yo sería la peor pesadilla de ella. Pero… ¿cómo podría hacerle yo esto a Remo? Y no solo a él, sino a los otros esclavos en el jardín que también miraban afligidos a la loba blanca.

—Para incinerarla, primero ocuparé…

—¿Crees que seguiré cayendo en tus trampas?—me interrumpió Aequitas con impaciencia, sus brazos cruzados—. A diferencia de tus abuelos, sé perfectamente quién eres: una loba en piel de niña. Así que cállate y cumple con lo que te ordeno.

Tragué hondo. Amontonados contra la pared, yacían los esclavos del pueblo rasena, los cuales incluían niños sucios y descalzos, así como hombres delgados y con bultos en la espalda.

—He visto a esa jovencita —murmuró un esclavo a su compañero—. A veces sus abuelos y ella nos llevaban galletas.

—¡Jamás! —le respondió él con voz incrédula.

Sentado, Remo se abrazaba las rodillas, y tenía la cabeza agachada. El pobre sabía que después de ver a su loba siendo torturada, él sería castigado por un crimen que no cometió. Cerré los ojos, suspiré profundo, y me llevé el puño al pecho:

Rómulo, hoy liberaré a tus amigos.

***

Me acerqué a la antorcha, y sosteniéndome con ambas manos de un espeso arbusto para mantenerme en pie, extendí mi pierna. Me abrí un poco el vendaje, dejando que un chorro de sangre goteara sobre el fuego azul. Como ya otras vestales habíamos derramado nuestra sangre antes sobre el altar de donde provenía esta llama, Aequitas también la podría controlar, pero igual logré mi cometido: la llama brilló tan fuerte que cerré los ojos, y luego se avivó triplicando su tamaño. 

Aequitas sonrió al ver llama tan viva, creyendo que la usaría para lastimar a la loba blanca. Me volví a sentar sobre la suave hierba, y levanté mis brazos al aire. La llamarada azul comenzó a ascender en círculos como una serpiente de luz, y luego giró sobre mis brazos dando vueltas sin parar.

Aequitas se llevó los puños al pecho, emocionada mientras la música majestuosa del coro tomaba ímpetu.

—¡Adelante Camila, prepara el sacrificio!

La loba blanca agachó la cabeza y la orejas, sintiendo sobre su nevado pelaje el calor de Fuego Vestal. Aún con mis brazos levantados, las llamas se acumularon sobre mi como una gigantesca esfera de fuego azul. Suspiré profundo, y entonces la lancé... la esfera quedó a centímetros de la loba blanca… pero luego ascendió rápidamente de nuevo, y quedó flotando como un segundo sol en medio de los rosales del jardín.

Suspiré profundo: la bola de fuego ascendió aún más hacia las alturas del cielo. Luego exhalé lentamente: el fuego comenzó a descender como un meteorito azul que destruiría la estatua de mi madre…

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó Aequitas furiosa, levantando también sus brazos para intentar desviar el meteorito que estaba a punto de impactar en la estatua. Pero por más que Aequitas intentó desviarla, esta igual logró impactar parcialmente la estatua, partiéndola hasta la altura de las rodillas, y haciéndola explotar en añicos de mármol que salieron disparados en todas direcciones por el jardín.

—¡Cumple lo que te ordené! —vociferó Aequitas, y de inmediato hizo levitar las llamas de la antorcha para lanzarlas contra la loba blanca.  



David Valerio

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En el texto hay: lobos, amor tristeza, misterio amor

Editado: 31.08.2020

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