Voces en el cielo

3

Un algodón, agua oxigenada, alcohol, una gasa, y cinta para una simple herida de cuatro milímetros nada más. ¡Que exagerados son todos!

Acudieron a mi como moscas sobre la miel.

Después de una hora de curaciones estaba listo para volver a laborar.

— No has tenido un buen día, ¿eh? — me preguntó la señora Mariana.

— Y que lo diga — le respondí con una sonrisa.

— Ya quedó — me dijo con una ligera palmada en la espalda. Tiró el algodón lleno de sangre y se levantó para continuar con su propio trabajo en la cocina.

Después de casi terminar nuestro turno, siendo las diecisiete horas con cuarenta y cinco minutos, me encontraba lavando mis utensilios que ocupo a diario. Todos estaban haciendo sus respectivas labores finales. Nadie estaba preocupado por lo que sucedería a continuación.

 

A veces me preocupo demasiado por lo que me deparará el futuro, mis amigos dicen que eso no es sano.

 

Tallaba de arriba hacia abajo la sartén, mientras la gasa que me cubría el dedo herido derramaba ligeros chorros teñidos de rojo intenso. Soportaba el pequeño dolor y las punzadas que surgían cuando hacía presión. El jabón entraba y ardía como una brasa tocando la piel mientras cocinas. Ocurrió entonces una fuerte sacudida, el suelo se estremeció con fuerza, los trastos colgados en la pared y la repisa empezaron a danzar y embestir unos con otros. Las personas a mi alrededor se dejaron caer de rodillas, se cubrían bajo las mesas, algunos pronunciaban oraciones y lloraban.

Me quedé inmóvil, sorprendido sin saber qué hacer. El polvillo se desprendía del techo y las lámparas empezaban a caer.

Hice lo que me pareció más seguro y lógico: Refugiarme bajo la tarja donde el agua empezaba a salir por todos lados.

 

— ¡Mierda! — gritó alguien.

— ¡Salgan! — decía con tremendo escándalo la encargada de la cocina. - ¡salgan todos! ¡Ahora!

 

Sin pensarlo accedimos a sus órdenes al pie de la letra, corrimos afuera donde todo era más seguro.

De inmediato pensé en mamá y papá, me preocupé por su bienestar, temiendo que estuvieran atrapados o algo así. Lo peor del asunto es que a mis temores solían volverse realidad muy a menudo.

 

El pavimento bajo mis zapatos comenzó a dividirse en varias partes, con líneas irregulares corriendo en direcciones opuestas.

 

Los clientes salieron a la calle, subieron a sus autos y otros más se quedaron escondidos bajos sus mesas. En la calle las alarmas de los autos chillaban tan fuerte que me destrozaban los tímpanos. Los postes de luz de la calle caían, sobre todo, y se oían llantos de los niños a lo lejos.

Clavos y anuncios se desprendían de las paredes y una línea deforme trepaba por ellas.

La estúpida alarma de la ciudad remató mis oídos. Chillando diez veces peor que los malditos autos. Sonaba con una sola nota sin parar como las que avisan los tsunamis.

 

Un minuto, dos minutos, tres, cuatro, el sismo se detuvo.

Sólo escuchábamos los ecos de los dolidos. El terrible eco que queda después de la destrucción.

 

— ¿Están todos bien? — preguntó la señora Laura.

— Si — respondimos con torpeza.

Mi corazón casi salía de mi pecho. Fueron los doscientos cuarenta segundos más intensos de mi vida. Pero las cosas complicadas apenas comenzaban; una luz intensa y blanca se posó en el cielo, como una estrella de la esperanza después del tormento. Los ojos de los presentes la notaron, cambiando de color a un oscuro opaco, eclipsando la luz del sol y quieta, sólo quieta como un extraño portal que se abriría en cualquier momento.

No emitía ruido alguno, pero infundía un temor tan raro que erizaba los vellos corporales.

 

— Hora de ir a casa — nos dijeron, y así lo hicimos.

Se escuchaban los bomberos y ambulancias por doquier, patrullas y protección civil en cada esquina. Tenían que arreglar las tuberías rotas de todas las calles, de todos los negocios. Un sismo así no se sentía desde hace treinta años aproximadamente.

Miré mi semblante en un vidrio roto que estaba tirado mientras vagaba por la carretera mirando el tráfico detenido en la pista. Llevaba los brazos cruzados mutuamente y podía sentir toda esa tristeza y coraje al ver todos los derrumbes y las lágrimas en las personas.

Cuando llegué a casa (o lo que quedaba de ella) no quería hacer nada más que dormir y perderme en el maravilloso mundo de los sueños, y poder hacer lo que se me antojara. No quería levantar el desastre que quedó después de que la naturaleza nos castigara.

Mis padres no se encontraban en casa cuando llegué, pero había una nota en papel rayado que decía:

Hemos salido a ver a tu abuela Laura, en cuanto llegues puedes servirte de comer y después haz el favor de lavar tu plato. Con amor: Tu madre.



Charlie

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En el texto hay: romance, aventura, tercera guerra mundial

Editado: 01.06.2020

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