Wonderland: el Origen de Alicia

CAPÍTULO 20: EL CONEJO BLANCO (PARTE II)

 

Las tablas de madera del suelo crujían a su paso, así que lo primero que hicieron fue buscar el interruptor de la luz para poder ver bien dónde se hallaban.

Cuando la titilante luz llegó, los niños se encontraron con una penosa estancia. Estaban en el recibidor, que conectaba a un enorme pasillo al frente. En el interior olía horrible, pues un desagradable hedor a basura y descomposición inundaba la casa al completo. Los hermanos enseguida descubrieron a qué se debía eso: por las esquinas del hogar del Conejo se acumulaban los desperdicios de comida —básicamente zanahorias podridas a medio roer—, basura y demás sustancias que no quisieron averiguar qué eran exactamente. Los insectos sobrevolaban las montañas de basura dándose un festín con los asquerosos restos; incluso vieron alguna que otra rata sumergida entre la porquería.

—Esto es realmente asqueroso...—comentó la niña, lanzando miradas hacia la salida—. Espero que salgamos de aquí cuanto antes.

Fue como si alguien le hubiera leído la mente, pues de pronto la puerta se cerró sola, provocando un fuerte golpe al chocar contra el marco.

—Primero debemos acabar nuestra tarea...—murmuró su hermano mayor, asustado por la situación en la que se encontraban.

Esquivando charcos de basura y demás horrores, los chiquillos cruzaron el pasillo cuyas paredes estaban arañadas y rasgadas como si un enorme gato se hubiera afilado las uñas en ellas. Los niños llegaron al salón-comedor, una pequeña sala en la que la porquería se duplicaba en cada rincón. Pero algo llamó la atención de los hermanos.

—¡Oh, mira eso, hermanito!—exclamó la chiquilla—. ¡Cuántos relojes!

Era cierto, pues sobre los muebles y colgados de las paredes había cientos, tal vez miles de relojes. Eran de tamaños, formas y colores diferentes. Los pequeños pudieron contemplar relojes de pulsera, relojes de colgante, relojes de pie, relojes de pared, relojes de cuco, relojes de arena, relojes de agua, clepsidras, incluso vieron algún que otro reloj de Sol...

—¡Increíble! Al parecer, nuestro adorado Conejo Blanco es un coleccionista de relojes... ¡No quiero ni imaginar el ruido que habrá en la casa cuando todos los relojes den la hora «en punto»!—se burló el chaval, observando el constante tic-tac de un reloj de pared. Luego, mostró una sonrisa maliciosa y dijo—: Espero que no le moleste que nos llevemos uno...

—¡¿Qué?! ¡¿Vas a robar?! ¡No podemos hacer eso! ¡No está bien! ¿Y qué pasará si se da cuenta?—gritó la pequeña, alarmada. ¿Acaso su hermano se había vuelto loco?

—¡¡Cállate!! ¡Esto no es robar!—le espetó el mayor de mala manera—. Ese maldito Conejo tiene demasiados relojes y nosotros no tenemos ni uno... ¡Y eso no es justo! ¡No podemos ir por ahí sin saber siquiera la hora! Además, nos iremos antes de que él llegue, no nos pillará quitándole nada... De todas formas, ni se dará cuenta de que le falta uno; tiene muchos relojes... ¡Y aún así, siempre llega tarde!—se burló, a la vez que señalaba un bonito reloj de pulsera con la correa roja, la esfera dorada y las manecillas plateadas—. ¡Yo me voy a quedar con este! Tú también puedes elegir el que más te guste...

—¡No quiero ninguno! ¡Me da igual lo que digas; esto es robar y punto!—replicó su hermana pequeña, molesta.

—Haz lo que te dé la gana...—le contestó el chico poniéndose el reloj en la muñeca—. ¡Las cuatro y cuarto!—exclamó, feliz de saber por fin la hora.

De pronto, un ruido los sacó de su incómoda situación. El fuego de la chimenea se había encendido de repente, sin que nadie lo hubiera provocado. Y lo más extraño era que ese fuego era muy distinto del fuego corriente, pues sus llamas eran de una tonalidad verde fluorescente que hacían daño a la vista de solo mirarlas... La temperatura en la sala comenzó a descender, y una sensación de frío envolvió a los hermanos.

—Ese fuego...—murmuró el niño, al reconocerlo perfectamente. Era el mismo tipo de fuego que había quemado la falsa «invitación» de la Reina... ¡Era un fuego provocado por la Tercera Alicia!

Sus sospechas se confirmaron cuando, de repente, la imagen de una silueta se formó entre las llamas del fuego. Una figura encorvada y encapuchada bramó:

—¡Nivens! ¡Maldito Conejo rastrero! ¡Te dije que fueras al Laberinto! ¿Qué haces todavía en tu asqueroso escondite, sabandija escuchimizada? ¡Póstrate ante mí y obedece las órdenes de tu hermosísima soberana, o te cortaré la cabeza yo misma!

La voz que había hablado era aguda, áspera y estridente pero a pesar de aquel demandante tono de voz y del crepitar de las llamas del fuego, se pudo apreciar que era la voz de una chica joven. Una adolescente.

—¡La Tercera Alicia!—exclamaron los niños, sin darse cuenta.



Sonia Soldevila

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En el texto hay: fantasia, retelling, distopia

Editado: 27.08.2018

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