Wonderland: el Origen de Alicia

CAPÍTULO 21: LOS PÁRAMOS HELADOS

 

La presión les hundía cada vez más; respirar se estaba convirtiendo en toda una odisea. La oscuridad se cernía sobre ellos con su manto gélido y mortífero que aferraba con sus afiladas garras sus gargantas, estrangulándolos poco a poco, asfixiándolos en su descenso a la nada letal. 

Gritar no serviría de nada. Agitar brazos y piernas en busca de la superficie y del preciso oxígeno, tampoco. Y mientras tanto, aún en sus últimos momentos de lucidez y antes de sucumbir al sueño eterno, podían notar ese desagradable picor en la nariz, ese ardor en la garganta como si hubieran ingerido ácido. Los párpados les pesaban como toneladas de cemento, los ojos se les iban cerrando y los latidos de sus corazones se iban ralentizando. El brillo de sus miradas, esa pequeña luz de su alma que asomaba a sus orbes grises, se iba extinguiendo poco a poco.

Todo indicaba que ése iba a ser su fin, el miserable desenlace de su corta y triste historia.

La última burbuja de aire brotó de sus labios como un delicado suspiro y levemente ascendió hacia ese lugar que tan solo era iluminado por un diminuto haz de luz, y mientras tanto ellos seguían descendiendo.

Abajo, abajo...

Lo último que pudieron notar fue algo tirando de ellos, pero esta vez hacia arriba. Y después, un frío helador se coló hasta lo más profundo de sus entrañas.

Comenzaron a respirar antes de abrir los ojos. Tosieron reiteradas veces, escupieron agua y llenaron sus pulmones de oxígeno, ese elemento tan indispensable para la vida que ahora comenzaban a valorar más.

Sí, aire. Era magnífico. Y también era helado; ¿por qué el ambiente estaba tan gélido?

No les quedó más remedio que abrir los ojos, restregárselos y enfocar la vista lo mejor que pudieron. Debían descubrir dónde se hallaban. Pero sobre todo, debían averiguar quién los había rescatado del mismísimo abismo.

Y lo que vieron les dejó petrificados, más de lo que ya estaban.

Delante de ellos, con pose rígida pero despreocupada se hallaba un caballo. Pero no un caballo cualquiera, sino una pieza blanca de ajedrez con forma de caballo. Éste alzó la vista y saludó a los niños, sonriente. Ante tal gesto, los pequeños, todavía sorprendidos, retrocedieron un par de pasos hacia atrás haciendo que la pequeña barca en la que estaban se tambaleara un poco.

—¡Cuidado, niños!—exclamó el Caballo Blanco, tratando de equilibrar de nuevo la barquichuela—. No deberíais hacer movimientos bruscos mientras estéis en esta barca; podríais desequilibrarla y caer al agua de nuevo.

Los hermanitos asintieron, ¿qué otra cosa podían hacer? Se habían quedado sin palabras, pues no comprendían absolutamente nada. Tal vez solo lo pareciera en sus mentes, pero para ellos los sucesos estaban ocurriendo con mucha, demasiada rapidez. 

Hace poco estaban junto con Humpty Dumpty en la Aldea de Porcelana, en su arriesgada misión de entrar a la casa del Conejo Blanco y recuperar los Ojos de la Reina. ¡Y desde luego que lo habían conseguido! Sin embargo, no se esperaron encontrar con tantos imprevistos, comenzando por el repentino crecimiento de la pequeña al ingerir una gran porción de Aumenpastel... ¡en cuestión de segundos su estatura había aumentado tanto que su cabeza había roto el techo de la casa, sus brazos habían salido por las ventanas y sus piernas derribaron la puerta de la entrada! Pero el desastre no había terminado ahí, no... Justo en ese momento apareció por arte de magia Nivens McTwisp liderando un Ejército de Naipes Reales por orden y mandato de la cruel Reina del País de las Maravillas. ¡La Tercera Alicia sabía de su existencia, los había descubierto merodeando la casa de su adorado conejito y, sabiendo los planes que habían atraído a los niños a esa vieja casucha destartalada, había ordenado sus ejecuciones inmediatas! No obstante, juntos habían conseguido derrotar al Conejo Blanco y al temible Ejército de Naipes. Sin embargo, cuando todo parecía marchar bien de nuevo, había aparecido de la nada ese espantoso monstruo alado; el Pájaro Jubo-Jubo. Éste se había abalanzado sobre los pequeños, pero Humpty Dumpty velozmente se había interpuesto entre ellos y el Pájaro. No habían podido hacer nada por él. A partir de ese momento todo comenzó a pasar a cámara lenta: Humpty cayendo en picado hacia el vacio, ellos gritando y el Jubo-Jubo regocijándose de su victoria... Finalmente, el valiente Huevo había impactado contra el polvoriento suelo, estrellándose y convirtiéndose en miles de fragmentos diminutos de colorida porcelana. El Pájaro Jubo-Jubo se había vuelto a lanzar contra los pequeños, pero éstos habían sido más rápidos y destruyeron los Ojos de la Reina... y con ellos no solo habían logrado vencer al diabólico Pájaro, sino también debilitar a la Tercera Alicia.

Y luego... ¿qué había pasado después?

—¿Niños? ¿Estáis bien?—la voz preocupada del Caballo Blanco los sacó de sus tristes recuerdos.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de los pequeños, desde la cabeza hasta los pies. Sentían las mejillas mojadas... ¿acaso serían lágrimas? De todas formas era imposible saberlo, pues estaban completamente empapados y el agua helada adhería sus ropas a sus diminutos cuerpos, volviéndolos más pesados y congelándolos más. El viento fresco tampoco ayudaba demasiado. ¿Por qué hacía tanto frío en ese lugar?



Sonia Soldevila

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En el texto hay: fantasia, retelling, distopia

Editado: 27.08.2018

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