Wonderland: el Origen de Alicia

CAPÍTULO 23: EL BOSQUE DEL OLVIDO

Corrieron y corrieron sin mirar atrás. Los músculos de sus piernas ardían y sus pulmones escocían, pues a cada segundo que pasaba les reclamaban más y más oxígeno. Pero no podían detenerse. No podían parar y ante todo, no podían volver la cabeza hacia atrás. Si miraban atrás recordarían que todo lo sucedido hacia unos segundos, tal vez minutos o puede que horas, había sido por su culpa. Una vez más, por ellos había gente luchando, personas inocentes defendiéndolos sin siquiera conocerlos, dando sus vidas por salvar las de ellos. 

¡Porque ellos eran la Cuarta Alicia!

Se suponía que debería ocurrir todo lo contrario: ellos mismos deberían ser capaces de defenderse y proteger a los demás... ¡Salvarlos de la cruel Reina del País de las Maravillas! Se suponía que también eran Creadores, ¡deberían poder utilizar su ingenio y su imaginación para crear algo, cualquier cosa, que pudiera liberar a los habitantes de aquellas extrañas tierras de la tiranía de la malvada Tercera Alicia! Pero no, hasta el momento no habían podido descubrir más de sus supuestos poderes y, desde luego, no habían creado nada. ¡Absolutamente nada! De hecho, había sucedido al revés: debido a su misma existencia, muchos lugares y criaturas habían sido masacrados y asesinados por esa pérfida bruja y sus perversos secuaces.

Las Flores del Jardín, Humpty Dumpty, el Caballo B1... Todos ellos vilmente asesinados por protegerlos y acompañarlos en su larga travesía sin sentido. ¡No era justo! Los hermanitos contuvieron las lágrimas pues no podían permitirse flaquear en esos momentos, cuando no sabían ni hacia adónde iban ni a quién buscaban exactamente. Por el momento solo querían alejarse del dolor y del horror que se había generado instantes anteriores en la Intemperie. 

¡Alma! ¿Qué sería de aquella alocada niña? Su madre había sido asesinada ante sus ojos, ¡y aún así ella había seguido luchando hasta el final, protegiéndolos y dándoles vía de escape cuando claramente iban a morir! ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué se había sacrificado por ellos?

Y no solo fue Alma. Los niños recordaron todos aquellos seres que se habían sacrificado por ellos: el Caballo B1, que fue congelado por una traidora Guardiana Etérea mientras que les alentaba a huir de los Páramos Helados. Humpty Dumpty, el parlanchín Huevo que se había interpuesto valientemente entre ellos y el espantoso Pájaro Jubo-Jubo, siendo él el que halló un fatídico desenlace entre el oscuro plumaje del monstruo alado. Tata, la dulce muñeca pastelera que les enseñó una secreta vía de escape de la Aldea de Porcelana a través de un Portal de Espejo, sabiendo que la Reina enviaría a sus sumisos esbirros a buscarlos. Mallymkun, la intrépida ratoncita que les había ayudado a salir del peligroso Laberinto y que se había quedado dentro para ayudar a escapar a las demás criaturas presas. Las Flores del Jardín, que habían sido su primer contacto con ese extraño mundo multicolor y que les habían mostrado el camino para llegar hasta Abssolette, el Oráculo del País de las Maravillas, para que les enunciara su Profecía.

La Profecía... ¡Se veía tan lejano el momento en el que la Oruga la mencionó! ¿Qué decía exactamente? Los pequeños ya no podían recordarlo bien puesto que habían sucedido tantas cosas de manera tan rápida y seguida que todo parecía pasar como un remolino ante sus ojos. De todas formas pudieron recordar una estrofa que mencionaba algo sobre un Conejo, un Gato, una invitación... ¿Y qué más? Su Profecía les relataba más cosas, algo —o alguien— que debían evitar y algún lugar más al que no debían ir... ¿Pero, qué era?

Los niños siguieron corriendo sin moderar la velocidad. Su frenética carrera había sido constante desde que salieron de la Intemperie, sin variar la velocidad y sin dejar de correr ni por un nanosegundo. Sentían que el pecho les iba a estallar, la garganta les quemaba como si hubieran ingerido ácido y los músculos de las piernas emitían dolorosos pinchazos y calambres. ¡Ya no sentían ni sus pies!

Entonces, el mayor de los hermanos agarró de pronto a la más pequeña del brazo haciendo que frenara abruptamente y casi cayeran los dos al... ¿césped?

Desde luego, el paisaje que los rodeaba había cambiado por completo. Parecía que el eterno invierno que envolvía la Intemperie se había retirado, así como la nieve, el hielo y el frío que calaba hasta las entrañas. El níveo paisaje había dejado paso a un colorido entorno cuyo color predominante era esmeralda. Diversas tonalidades verdes decoraban cada hoja de las ramas y de las altas copas de los árboles, el musgo que cubría casi a la totalidad sus anchos y curiosos troncos, y los tupidos helechos que los rodeaban. La capa de césped bajo sus pies era densa, suave y brillante. Los diversos setos y árboles frondosos se situaban a derecha e izquierda, dejando libre en medio un ancho camino cubierto de fino césped y delicadas flores violetas. Arriba, las ramas de los altos árboles de la derecha y de la izquierda del sendero se entrelazaban, creando así un extenso manto vegetal sobre sus cabezas. Limitados rayos de luz se filtraban a través del espeso follaje. No se oía ningún ruido, ni el trinar de los pájaros o el silbido del viento. Todo permanecía en calma y una suave fragancia floral envolvía el ambiente, dotándolo de un dulce aroma embriagador.



Sonia Soldevila

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En el texto hay: fantasia, retelling, distopia

Editado: 27.08.2018

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