ᴅᴏʙʟᴇ ʟ

Capítulo 8 ⚡️LEO

O'clock

—¿Qué te creías, que iba a dejar que me dejaras tirada en una cuneta? —soltó ella, llegando casi sin aliento y corriendo hacia el coche para no llegar ni un minuto tarde.

La miré por el retrovisor mientras terminaba de ajustar el GPS. Venía cargada hasta los topes.

—Y tú, ¿qué te crees, que te vas una semana a las Maldivas? —vacilé, bajándome para ayudarla mientras clavaba la vista en la maleta gigante que traía en sus manos.

—Siempre hay que llevar los "por si acaso" —respondió ella con esa seguridad que me ponía de los nervios y me encantaba a partes iguales.

Cerré el maletero con un golpe. El coche bajó un par de centímetros por el peso, o eso me pareció a mí. Nos subimos y, en cuanto cerró la puerta, el olor de su perfume (ese que nunca le diría que reconozco a kilómetros) lo inundó todo.

Arranqué rápido y pusimos rumbo a esta locura que no sabía como iba a acabar. Ella ya estaba trasteando con el móvil, probablemente revisando la lista de proveedores por vigésima vez.

—Relaja jefa, que hasta Madrid hay un trecho —le dije, estirando la mano hacia la pantalla central.

Pero antes de que mis dedos pudieran rozar el cristal, su mano se adelantó. Me apartó la mía de un manotazo suave y me lanzó una mirada de advertencia que ya conocía de sobra.

—¡Eh, eh... de eso nada! Yo hago de DJ —sentenció con una sonrisa triunfante.

—¿Tú? Si nos dejas a tu elección acabaremos escuchando un podcast de emprendimiento o el ASMR ese que tanto está de moda —protesté, aunque en el fondo me daba igual lo que pusiera mientras no dejara de sonreír así.

—Tú solo conduce y cállate —respondió ella, tecleando rápidamente en su móvil.

De repente, el bajo rompió el silencio. No era música de relajación. Era ese ritmo inconfundible, una base que conocía demasiado bien. En cuanto empezó a sonar la intro de Columbia, sentí un escalofrío que tuve que camuflar endureciendo el gesto.

Era Quevedo. Mi debilidad, y por lo que parecía, también la suya.

— "¿Quieres olvidarme?, mm, ódiame" —empezó a cantar ella, de repente, sin ninguna vergüenza.

Su voz llenaba el coche, siguiendo el ritmo de la canción con una energía que me estaba costando horrores ignorar. Me moría por subir el volumen al máximo y ponerme a cantar con ella, pero no podía. Me negaba a darle la razón. Me negaba a aceptar que, después de meses burlándome de su "perfeccionismo", escucháramos exactamente la misma música cuando nadie nos veía.

—¿Desde cuándo escuchas tú esto? —pregunté, tratando de sonar indignado mientras tamborileaba el volante con un dedo, intentando que no se notara que lo hacía al compás.

—Desde que es la mejor canción del verano, genio —me soltó, mirándome de reojo mientras seguía cantando—. "Solo quiere salir y de nadie depender ..."

La vi reírse, moviendo los hombros, completamente entregada a la música. Verla así, tan suelta, tan... ella, me revolvió algo por dentro. Me encantaba. Me encantaba que le gustara Quevedo, me encantaba que hubiera tomado el control del coche y me encantaba que se sintiera tan cómoda conmigo.

—Es un poco básica, ¿no? —mentí descaradamente, apretando los labios para no sonreír cuando llegó el estribillo.

—¡Claro que sí!, por eso estás siguiendo el ritmo con las manos, ¿verdad? —me pilló de lleno.

Maldije para mis adentros. No podía disimularlo. Por mucho que intentara hacerme el interesante y el que solo escuchaba géneros "más profundos", Quevedo era mi punto débil, y que ella cantara sus canciones me hacia feliz, un tontísimo feliz.

—Es el coche, que vibra solo —refunfuñé, aunque por dentro solo podía pensar en que ahora me gustaba mucho más esa canción.

Para las 13:00h ya habíamos dejado las maletas en la habitación y estábamos llegando al dichoso almacén donde Lara había quedado con los proveedores.

—¡Señorita Lara, qué puntual! —un tipo con traje y una carpeta en la mano se acercó a nosotros con una sonrisa babosa—. Tenemos preparada la selección de mantelería especial y la cristalería tallada que solicitó para el evento de cosméticos.

Lara asintió, moviéndose por el espacio como si fuera su hábitat natural. Me quedé un paso por detrás, observándola.

—El lino tiene que ser blanco roto, no marfil. Si metemos marfil con la iluminación de los candelabros, va a parecer sucio —dijo ella, pasando los dedos por una muestra de tela con mucha determinación.

Aquel hombre empezó a soltar tecnicismos, pero mi mente seguía fija en ella, tan segura de sí misma, marcando el paso en un mundo de lujo que nos venía grande pero que ella dominaba a base de esfuerzo.

—¿Tú qué opinas? —me preguntó de repente, girándose hacia mí y pillándome totalmente desprevenido.

—Eh... —reaccioné rápido, mirando el plato de cristal que tenía delante—. Creo que si los centros de mesa son altos, necesitamos una cristalería más minimalista para no recargar.

Ella me dedicó una mirada rápida, una de esas en las que sus ojos brillaban un poco más de lo normal. Sabía que le había gustado mi respuesta, aunque solo fuera porque demostraba que, por una vez, estaba prestando atención.

—Exacto —confirmó ella, volviéndose al proveedor—. Lo que ha dicho él. Minimalismo en el cristal, pero quiero que los bajoplatos tengan textura. Quiero ver la colección nueva que me comentaste, la de antracita.

Mientras caminábamos hacia el fondo del almacén, Lara se acercó un poco a mí, lo suficiente para que su hombro rozara el mío por un segundo.

—No ha estado mal, "socio" —susurró para que solo yo la oyera—. Al final va a resultar que eres algo más que un conductor con mal gusto musical.

—¡Oye! Que el gusto musical lo hemos compartido hace media hora —le recordé con una sonrisa sincera.

—Shhh —me mandó a callar, pero vi cómo reprimía una sonrisa antes de volver a ponerse seria frente a una torre de platos de diseño.

Definitivamente, Madrid iba a ser un viaje largo. Y yo estaba totalmente perdido.




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