—No pongas esa cara —dije, dejando el móvil sobre la mesa. —Está todo buenísimo. Admite que he elegido bien.
Él levantó la vista para mirarme, con esos ojos que cada día me gustaba más mirar.
—La técnica es buena, pero le falta alma. Igualito que tus decorados: perfectos, tanto que da miedo tocarlo por si se rompe.
Abrí la boca para protestar, pero una voz familiar me interrumpió.
—¿No me lo puedo creer? ¡¿Lara?!
¡Era Erik!
—¡Erik! —Me levanté para darle un abrazo, hacía mucho tiempo que no lo veía, aunque solíamos hablar de vez en cuando.— ¿Qué haces aquí?
—Buscando inspiración, aunque creo que acabo de encontrarla —dijo él, ignorando olímpicamente la presencia de Leo en la mesa. —Estás preciosa, como siempre.
Leo carraspeó. Pero no fue un carraspeo sutil, fue más bien un toque de atención, de machito.
—Erik, te presento a mi socio, trabajamos juntos para el evento que te comenté —dije incomoda, ante todo pronóstico Leo parecía molesto.
No se levantó, se limitó a observar a Erik como si fuera un ingrediente que estaba a punto de caducar.
—Socio... —repitió Leo, arrastrando la palabra.
Erik que se dio cuenta que no estaba siendo bienvenido, dijo rápido:
—Te escribo luego, Lari. Tenemos esa cena pendiente.
Cuando se alejó, Leo me miraba con esa mirada intensa que me pone de los nervios. Dio un sorbo a su cerveza aparentemente tranquilo, pero sus nudillos estaban blancos de apretar el cristal.
—¿"Lari"? —soltó finalmente, con una punzada de veneno. —¿Ahora resulta que eres su musa?
—No seas infantil, es mi amigo, hemos compartido muchos momentos juntos, nos tenemos cariño.
—Un colega no te mira así.
Me incliné hacia delante, con los ojos echando chispas.
—¿Y a ti qué te importa? ¿Acaso estás celoso?
Él dejó la copa sobre la mesa con un golpe fuerte. Sus ojos verdes se clavaron en los míos sin pestañear.
—Los celos son un sentimiento, y yo por ti no siento nada.
Pagamos y salimos pitando de allí, necesitaba el aire fresco de la tarde, sus palabras me dolieron más de lo que imaginaba. Él caminaba a mi lado, divertido por mi reacción, de repente, me agarró del brazo y me desvió hacia una callejuela.
—¿Qué haces? El parking está hacia el otro lado —protesté.
—Olvida el trabajo por hoy. Si vamos a fingir que nos entendemos por el bien del contrato, vamos a hacerlo a lo grande.
Me llevó a un pequeño local de la zona de Chuecas que parecía que tenía vida por sí solo. Entramos a un sitio pequeño pero muy ambientado, con música moderna y gente pasándoselo bien.
—¿Tú? ¿Bailando? —me reí.. —No me lo creo.
—Crees que me conoces pero no sabes nada de mí ricitos —respondió con un guiño desafiante.
Lo que vino después fueron horas de pura diversión y risas. No bailaba precisamente bien, pero como todo en él, era distinto, te incitaba a mirar, a seguirle el ritmo. En un momento dado, mientras intentaba dar un giro complicado, tropecé con sus pies y acabé chocando contra su pecho. Sus manos terminaron en mi cintura, sentí como si las personas hubiesen desaparecido y el único ruido era el palpitar de mi corazón. El sudor, la cercanía, el olor a su perfume mezclado con la adrenalina... todo apuntaba a que el odio estaba mutando en algo que no era capaz de frenar.
—Me debes unos zapatos nuevos —susurré, sin soltarse.
—Te debo una noche que no olvides—respondió él, con la voz más grave de lo habitual y consiguiendo que el cuerpo me temblara de pies a cabeza.
Leo decidió que la noche no podía terminar todavía. Caminamos por la Gran Vía, riéndonos como niños de los grandes carteles de publicidad. Compramos helado en una ventanilla abierta a medianoche y nos sentamos en un banco de la Plaza Mayor, discutimos largo y tendido sobre los sabores de los helados, él los prefería amargos como el limón y yo de chocolate con extra de kínder bueno, pero por favor: ¿quién prefiere helado con sabor a fruta? Por primera desde que nos conocemos, éramos simplemente dos personas disfrutando en la ciudad que nunca duerme.
Recorrimos las calles de Madrid y terminamos corriendo bajo una lluvia que empezó a caer cerca de la una de la mañana, nos refugiamos bajo los portales de la calle Alcalá. La intensidad del día, los celos sin sentido de Leo, el daño que me hicieron sus palabras mezcladas con la cercanía de los bailes, todo se estaba acumulando en mí como una olla a presión.
Finalmente, llegamos al hotel.
—Subamos —dijo él. —Tengo acceso a la terraza privada. Vas a flipar con las vistas.
Subimos al ascensor en un silencio cargado de una tensión que miedo me daba por donde iba a explotar. Cuando las puertas se abrieron en la planta 14, teníamos a Madrid bajo nuestros pies.
La terraza era inmensa. La Gran Vía parecía pequeña ante nosotros, la gente paseaba ajena a lo que mi corazón se estaba enfrentando, ajena al huracán de sentimientos que guardaba en lo más profundo de mi alma. Hacía frío, mucho frío, pero ninguno de los dos parecía sentirlo.
Me acerqué a la barandilla de cristal, intentando parecer tranquila.
—Es... es increíble. Podría quedarme aquí para siempre.
Él se colocó detrás de mí. No me tocó, pero podía sentir el calor de su cuerpo contra mi espalda.
—Madrid es engañoso —dijo cerca de mi oído. —Te hace creer que todo es posible.
Me giré lentamente, la luz de la luna se reflejaban en sus ojos, haciendo que fueran más bonitos aún.
—¿Y no lo es?
Él acortó la distancia entre nosotros, sus manos, que habían estado buscando una excusa para tocarme durante toda la noche, finalmente encontraron su lugar en mis mejillas.
—He intentado odiarte, ricitos. De verdad. He intentado convencerme de que solo eres una molestia necesaria para poder avanzar en mi carrera profesional.
—¿Y qué ha pasado? —pregunté en un susurro, sentía que el corazón estaba dando volteretas.