Pisar Málaga fue como darme de bruces contra una realidad de la que me apetecía escapar. Estar aquí siempre significaba jugar bajo las reglas de otros, y yo ya solo quería las mías.
Alexa nos citó por la tarde en los jardines Lawton.
—Espero que traigáis algo que me vuele la cabeza —soltó Alexa en cuanto nos vio aparecer, no dijo ni hola.
A su lado, como siempre, estaba Valentina. La asistenta de Alexa no tardó en fijar sus ojos en mí, mirándome con esa sonrisita que ya me conocía bien. Valentina es de las que no disimulan, y ella solo parecía tener hambre de una cosa: y esa cosa era yo.
—Hola, Leo —ronroneó, dándome dos besos que alargó más de la cuenta—. Te sienta bien trabajar bajo presión.
Sentí la mirada de Lara a mi lado. Intentaba ir de digna, de que nada le importaba, pero ya la iba catando. Sabia cuándo algo le tocaba los cojones. Y, joder, como me gustaba verla así.
—El estrés no le sienta bien a nadie, Valentina —soltó Lara con una voz fría—. Solo que a algunos nos da por trabajar y a otros por mirar.
—Bueno, bueno —interrumpió Alexa, impaciente—. ¿Qué tenéis para mí? Quedan dos semanas para el evento. ¡No quiero excusas!
Me aclaré la garganta, sintiendo el móvil vibrar en el bolsillo por enésima vez. Sabía que era mi padre, otra vez, lleva todo el fin de semana llamando. Cuando supe que no quería decirme nada de Alex empecé a ignorarlo. Miré a Alexa, pero de reojo vigilaba a Lara.
—Tenemos una propuesta de diez tiempos, una por cada año que lleva en pie tu negocio —empecé a decir, acercándome un poco más a Valentina a propósito, solo por ver cómo Lara apretaba los dientes—. Pero el plato fuerte no es solo la comida, Alexa. Es la puesta en escena. Hemos seleccionado los diez cosméticos más vendido por año, en cada bandeja irá una muestra de esos cosméticos con una breve descripción para quien quiera probar.
—A mí me parece una idea excitante —intervino Valentina, dándome un toquecito en el brazo.
Lara soltó una risa irónica.
—Es una propuesta con marketing para ti, Alexa. Nos vino la idea y ambos creemos que es una combinación perfecta y original.
Alexa miraba el dossier analizando cada detalle al dedillo. Yo seguía notando la presión del móvil en el muslo.
—Es...es —siseó Alexa con una enorme sonrisa —¡Es una idea increíble! Sabía que teníais potencial.
Miré a Lara. Estaba emocionada, preciosa bajo la luz del sol que entraba por los cristales y claramente cabreada por el jueguecito de Valentina. Le devolví una sonrisa traviesa, de esas que sé que le sacan de quicio.
Dejé a las chicas en el jardín y me largué directo al gimnasio. Allí me esperaba Joel. Estaba apoyado en las cuerdas del ring, observando a un chaval pegarle al saco. En cuanto me vio entrar, vino directo hacia mi. Miguel, el Coach salió de su pequeño despacho y se unió a Joel.
—¡Ya era hora, Leo! —gritó Miguel—. ¡Tenemos fecha!
Me acerqué a ellos, quitándome la sudadera.
—¿Cuándo? —pregunté emocionado.
—En dos semanas —respondió, señalando el día exacto en su calendario—. Viernes noche.
Me quedé callado. Hice la cuenta mentalmente y sentí un nudo en el estómago de rabia.
—No puedo —dije, negando con la cabeza—. Es imposible. El evento de Alexa es al día siguiente. Si peleo el viernes noche, corro el riesgo de llegar desfigurado el sábado, y si encima no gano... mi padre me lo quitaría todo.
Joel se acercó a mi y me puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.
—Tío, mírame —dijo con voz grave—. Estamos hablando de cien mil euros. ¿Sabes que con ese dinero más tus ahorros podrías empezar de cero?
—Joel tiene razón —intervino Miguel, acercándose a mi cara—. Leo, lo tienes ganado, conoces todos los puntos débiles de tu rival. Esos 100k son la llave de tu futuro.
—¿Y si sale mal? —repliqué—. Si aparezco con un ojo morado o la mandíbula colgando, Liam me matará.
—Pues no dejes que te toquen —soltó el Coach con una sonrisa cínica—. Sal ahí, acaba con él en el segundo asalto y vete a tu evento con el cheque en el bolsillo y la adrenalina por las nubes. Serás el dueño de tu propio restaurante, confío en ti.
Miré a Joel. Él sabía lo que significaba ese dinero para mí. Sabía que era la única forma de mandar a mi padre a la mierda.
—Es tu oportunidad, Leo —insistió Joel—. Hazlo por ti, ya es hora de que te priorices.
Me quedé mirando el ring vacío.
—Dos semanas —susurré, cerrando el puño—. Vale, lo haré.
Me subí a la moto con la cabeza a punto de estallar. Atravesé las calles esquivando los pensamientos intrusos que me venían, sintiendo el aire fresco en la cara, intentando convencerme de que no estaba cometiendo el mayor error de mi vida.
Aparqué frente a la puerta de casa de Lara. Me temblaban un poco las manos, no sé si por el esfuerzo del entrenamiento o por lo que le tenía que soltar. Saqué el móvil y tecleé rápido: "Sal, estoy en la puerta. Tengo que contarte algo".
No pasaron ni cinco minutos cuando la vi aparecer. Iba con el pelo recogido en una coleta alta y una camiseta ancha de minnie. No necesitaba adornos para estar preciosa.
—¿Qué pasa, Leo? —preguntó, cruzándose de brazos mientras se acercaba a la moto—. Tienes una carita de asustado. ¿Es por esas llamadas de tu padre?
—No, a mi padre que le follen—solté, bajándome del asiento—. Es el combate que te comenté, Lara. Ya hay fecha. ¡Es en dos semanas!
Ella frunció el ceño, haciendo cálculos rápido.
—¿Dos semanas? Eso es...
—La noche antes del evento —la interrumpí.
Me preparé para la bronca. Esperaba que me gritara, que me dijera que era un irresponsable, que no podíamos jugarnos el contrato de nuestras vidas por un combate de boxeo. Pero Lara se quedó callada, mirándome a los ojos con una intensidad que me rompía por dentro.
—Son cien mil euros, Lara —seguí, hablando rápido—. Con eso... con eso no tendré que trabajar más para mi padre.