Jane sintió que el mundo se detenía. Aquellos ojos, intensos y cargados de un enigma que no lograba descifrar, se clavaron en los suyos con una fijeza casi depredadora. Jamás la habían observado de una manera tan peculiar; era una mirada que no buscaba verla, sino atravesarla. El calor invadió su cuerpo con la violencia de una llamarada, tiñendo sus mejillas de un rosa delatador. Sus manos comenzaron a sudar, presas de un nerviosismo que le resultaba ajeno.
A pesar de haber vivido una existencia marcada por un dolor que pocos podrían siquiera imaginar, aquel escrutinio le provocaba un temor nuevo. No era el miedo a la muerte que había conocido en su infancia, sino el miedo a ser descubierta.
Los ojos del extraño eran de un marrón profundo, densos como el café más oscuro, pero bañados por un destello de esperanza que ella no supo cómo clasificar. Eran ojos mágicos, irreales, engastados en un rostro de rasgos tan finos que parecían esculpidos en porcelana. Jane podía percibir el ruido mental de los sujetos que la rodeaban en aquella calle: pensamientos sucios, mundanos y predecibles. Pero los de él eran distintos. Su mente era un laberinto retorcido y fascinante, un caos tan intrigante que una pequeña sonrisa, casi involuntaria, se dibujó en los labios de ella.
El joven frunció el entrecejo, confundido por el gesto de Jane, y dejó escapar un suspiro. Sus labios, carnosos y perfectamente delineados, parecían una mentira hermosa en la que ella estaba empezando a creer. Y Jane no creía en nada.
Tragó saliva, obligándose a romper el hechizo, y continuó su camino. ¿Cómo había sido capaz de dar un paso tras otro sin decir una sola palabra? Se sentía desnuda ante esa mirada profunda que parecía haberle robado algo del alma. No podía olvidarlo; grabaría ese encuentro en su interior como un tesoro prohibido.
De pronto, un instinto antiguo la puso en alerta. Alguien la seguía. Jane no necesitó girar la cabeza para saber que era él. El miedo regresó, pero esta vez venía acompañado de una sospecha amarga: ¿acaso tenía los mismos planes oscuros que el resto? Negó para sí misma, decepcionada, y antes de que el hombre pudiera acortar la distancia, Jane se desvaneció entre las sombras. Era su refugio, el lugar donde las verdades dolorosas no podían alcanzarla. Desde la oscuridad, lo observó caminar por la acera. Quizás él también ocultaba sus intenciones en ese rincón luminoso que los humanos llamaban alma. Un suspiro cargado de pesar se despobló de los labios de la joven con un pesar que nadie podía imaginar y menos de su parte.
Jane no perdió más tiempo. Se sumergió en su propio ser, conectando con la energía necesaria para activar el "Lin", el teletransportador que solo ella sabía dominar. A diferencia de los trucos psíquicos de los demonios menores, el Lin era pura magia instintiva: te llevaba exactamente a donde tus pensamientos más íntimos deseaban estar. Era un viaje solitario; si dos personas intentaban cruzar juntas con deseos distintos, el vacío las devoraría, dejándolas atrapadas en una jaula de olvido eterno.
Un parpadeo después, el olor a madera vieja y cera inundó sus sentidos. Estaba de vuelta en la Academia, el lugar donde su linaje era una carga y su futuro una sentencia. Caminó por el pasillo principal, ignorando el polvo del suelo y deteniéndose frente a los retratos de los antiguos líderes. Sabía que algún día su cuadro colgaría allí, junto al de sus padres, pero para eso primero debía morir y dejar que su esencia quedara encadenada a esas paredes por siempre.
—Vaya, si es la princesa de las sombras.
Los pasos de Sam resonaron con una cadencia venenosa. Sam era la personificación de la crueldad en la Academia; una demonio de pura sangre que disfrutaba atormentando a Jane como si fuera una plaga persistente. Antes de que Jane pudiera reaccionar, Sam la acorraló contra la pared. Una presión invisible y asfixiante se cerró alrededor del cuello de Jane: era el poder demoníaco de Sam, concentrado para matar.
Todos los demonios tenían un poder peculiar que solo ellos podían llevar a cabo y el de Sam era la muerte.
—¡Basta! —exclamó Jane, luchando por inhalar una pizca de aire.
—Vamos, Jane. Ambas sabemos que eres como yo —susurró Sam, acercando su rostro con una sonrisa cruel—. No quieres mostrar lo fría que puedes ser, pero el poder que heredaste de tus padres no se puede esconder. Eres la hija de los demonios más temidos de este mundo, más poderosos que la mismísima familia Rose. Y sin embargo... eres una fracasada. Jamás debiste nacer.
Los ojos de Sam se tornaron negros como el azabache, vacíos de cualquier rastro de humanidad. Al oír el insulto a la memoria de sus padres, algo estalló dentro de Jane. El dolor se transformó en una vibración eléctrica. Sus ojos se volvieron de un azul oceánico, brillante y letal. Con un solo movimiento de sus cejas, una onda expansiva golpeó a Sam, lanzándola violentamente contra los cuadros del pasillo, no podía dejar que alguien hablara mal de los seres que le habían dado la vida.
El estrépito de la madera rompiéndose devolvió a Jane a la realidad. Sus ojos recuperaron el marrón natural mientras veía cómo Sam se desvanecía en un suspiro de sombras, huyendo tras la humillación. Jane se acercó a recoger los restos. Entre los marcos rotos, vio la foto del padre de Sam y se quedó gélida: aquel hombre era extrañamente parecido al sujeto que acababa de ver en el parque.
¿Era una coincidencia o el destino estaba moviendo sus piezas? Muchos en la Academia tenían la misma historia: familias masacradas por cazadores que dejaban con vida a los niños para que, años después, sirvieran como el "gran caso" de una nueva generación de verdugos. Jane sabía que su turno estaba cerca.
—Jane, eres una idiota. Ven aquí y termina conmigo si puedes —la voz de Sam resonó en su mente, cargada de un odio que buscaba herir su ego.
Jane la ignoró y siguió avanzando hasta el gran salón principal.