Al cruzar el umbral del "Lin", Jane fue arrojada directamente al centro de su habitación. Era su refugio personal, un espacio cargado de sombras donde pasaba la mayor parte de su existencia. Aunque los demonios no necesitaban el sueño como un proceso biológico vital, el descanso era un ritual estético y físico; una pausa necesaria para regenerar sus tejidos, mantener la lozanía de sus cuerpos y proyectar esa eterna juventud que tanto los caracterizaba.
Se dejó caer sobre el edredón de seda rojo sangre que cubría su cama, sintiendo la suavidad del tejido contra su piel. Los demonios tenían el poder de sentir más allá que la mayoría de otros seres, así que ese edredón se sentía maravilloso para Jane. Miró el techo alto, decorado con molduras antiguas que parecían garras de piedra, y soltó una carcajada nerviosa. La imagen de la vulnerabilidad de Luke momentos antes le provocaba una mezcla de satisfacción y ridículo. Sin embargo, la curiosidad fue más fuerte que su orgullo. Acomodó la almohada con tres golpes secos y cerró los ojos, liberando su esencia.
Aunque los seres de su especie carecían de lo que los humanos llamaban "alma", Jane poseía una proyección espiritual capaz de desprenderse de su cuerpo. Como un susurro invisible, su consciencia se deslizó por los pasillos de la Academia hasta dar con la energía de su mejor amigo. Pero lo que vio al "abrir" sus ojos astrales le heló la sangre.
Luke no estaba solo. Se encontraba con Lana, una de las pocas personas en las que Jane había depositado su confianza. Verlos juntos, en una cercanía que rayaba lo íntimo, despertó una bestia dormida en su interior. Sus ojos se encendieron en un azul eléctrico y, en un parpadeo, Jane se materializó físicamente frente a ellos, interrumpiendo el aire cargado de la habitación.
—Lana… ¿qué haces aquí? —susurró Jane, sintiendo un latido errático en su pecho que amenazaba con asfixiarla.
—Nada, solo hablábamos. Cosas sin importancia —respondió Lana. Su voz, fina y melódica, irritó los nervios de Jane como el roce de una lija.
—Como el entrenamiento —intervino Luke rápidamente, captando la tensión—. Ya sabes, Jane, los instructores están siendo brutales últimamente. Pero… ¿qué te pasa? Tus ojos están…
Él guardó silencio, visiblemente nervioso, como si ocultara un secreto compartido únicamente con Lana. Jane tragó saliva, obligando al azul de sus iris a retraerse hasta recuperar el marrón profundo. Se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que no sentía.
—Solo practicaba —mintió ella con una sonrisa gélida—. Hay que mejorar el control.
Lana se puso en pie, negando con la cabeza ante la actitud de Jane. Ese gesto de superioridad encendió un odio nuevo en la joven Jane. Aquella mujer, a la que antes llamaba amiga, ahora se le antojaba una intrusa, una amenaza. Jane se sentó en el sofá, invadiendo el espacio personal de Luke.
—¿Es tu novia? —soltó Jane, clavando su mirada en los ojos azules de él.
Luke se quedó mudo por un segundo, buscando las palabras adecuadas mientras ella bajaba la vista al suelo, temiendo la respuesta.
—¿Estás loca? No —respondió él al fin—. Es solo una amiga. De hecho, apenas habíamos cruzado palabra antes de hoy. Es extraño, ¿no crees?
Jane sintió un alivio momentáneo. Luke la observaba con esa mirada adorable que siempre lograba desarmarla, un juego de seducción inconsciente —o quizás muy bien planeado— que la mantenía encadenada a él.
—Lamento la interrupción —murmuró ella, mordiéndose el labio inferior y ladeando la cabeza con una falsa timidez.
—Te conozco, Jane —dijo Luke, acercándose para rodearla con sus brazos—. Sé que no quieres hablar de lo que acabas de ver, pero tu reacción ha sido… peculiar. Jamás te habías comportado así con nosotros.
Al sentir el calor de sus músculos contra su pecho, el corazón de Jane bombeó sangre con una violencia inaudita. Era una sensación que solo él lograba provocar, un cortocircuito en su naturaleza demoníaca.
—Pensé que ya no me querías —confesó ella, separándose del abrazo—. Pasas demasiado tiempo con ella. Me duele.
Luke no respondió. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier insulto. Frustrada por la falta de palabras de su amigo, Jane no esperó más. Se desvaneció y se teletransportó al mundo humano, buscando aire en la ruidosa y sucia realidad de los mortales. Caminó sin rumbo hasta entrar en un bar de luces tenues y olor a tabaco rancio. En las mesas del fondo, reconoció a varios de sus compañeros de la Academia.
Eran demonios de encrucijada, tratando torpemente de cerrar contratos con humanos desesperados. Jane observó cómo fracasaban al ofrecer términos vacíos que los humanos rechazaban por puro instinto de supervivencia.
—Lo están haciendo mal —dijo ella, acercándose y palmeando el hombro de uno de sus compañeros—. No aceptarán tratos así. Tienen que entrar en su subconsciente, extraer su deseo más podrido y usarlo como anzuelo.
—¿Por qué no lo haces tú, Jane? —replicó uno de ellos, revelando sus ojos rojos por un instante—. Nosotros solo somos idiotas intentando cumplir con nuestra cuota.
Jane estaba a punto de responder cuando vio a un sujeto entrar al bar. Sus sentidos se erizaron: era el mismo joven de ojos café del parque. Sin pensarlo, empujó al demonio que intentaba acercarse al hombre y arrastró al extraño fuera del local antes de que los cazadores o los recolectores de almas pusieran sus garras sobre él.
—Lo lamento —dijo ella, tratando de recuperar el aliento bajo la luz de un farol—. Aquel tipo intentaba venderte algo que te costaría la vida. Créeme, no querrías ese trato.
El joven alzó una ceja, frunciendo el ceño con una elegancia que Jane reconoció de inmediato. Era una expresión pura, solemne… casi angelical.
—¿Qué demonios…? Estaba en el bar tranquilo. ¿Quién eres tú?
—Nadie que te importe —sentenció ella, retrocediendo con tal torpeza que terminó chocando contra el tronco rugoso de un árbol.