1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 3

El silencio que siguió a la acusación de Lana fue absoluto, roto únicamente por el sonido seco de Jane tragando saliva. El eco de aquel gesto nervioso pareció rebotar en las paredes de piedra de la Academia, delatándola ante los ojos gélidos de los demonios que la rodeaban. Jane comenzó a negar con la cabeza, sintiendo cómo el pánico trepaba por su garganta como una hiedra venenosa. Nunca se había enfrentado a una situación tan grotesca y pública; la vulnerabilidad la hacía sentir pequeña, casi humana.

Desesperada, buscó la mirada de Luke, deformando sus labios en una mueca silenciosa que suplicaba auxilio. Él la observó con el entrecejo fruncido, desorientado. Había llegado tarde a la escena y el hilo de la conversación se le escapaba entre los dedos.

Antes de que la madre de Luke pudiera exigir una explicación, las palabras brotaron de los labios de Jane con una audacia que ella misma no reconoció.

—Lo que sucede —comenzó Jane, irguiéndose mientras sus ojos destellaban—, es que Luke es mi mejor amigo. Y nuestra querida Lana parece estar consumida por los celos. Le irrita que su hijo pase más tiempo conmigo que con ella, ¿verdad, Lanita?

Jane alzó una ceja, desafiando a la demonio que acababa de reaparecer en el pasillo. La verdad era un arma afilada, y Jane la estaba usando sin piedad.

—¿Te han comido la lengua los ratones de Cenicienta? —continuó con una sonrisa mordaz, mordiéndose el labio inferior—. Oí que eran criaturas bondadosas... pero contigo, parece que han cambiado de bando.

Lana no respondió con palabras, sino con violencia. Con una fuerza descomunal y sobrenatural, empujó a Jane hacia atrás. El impacto físico dolió menos que la traición; Jane la había considerado una aliada, una confidente, y ahora descubría que todo el afecto que creía haber construido no era más que una farsa de su propio subconsciente.

Antes de que Jane pudiera reaccionar, Luke se interpuso entre ambas. Sus ojos se tornaron negros, una oscuridad absoluta que parecía absorber la luz de las antorchas del pasillo. Su postura irradiaba un poder letal que hizo que incluso su madre retrocediera.

—¡Fuera! —rugió Luke. Su voz no era la de un amigo, sino la de un depredador marcando su territorio.

La madre de Luke, sin comprender la magnitud del conflicto pero detectando el peligro, tomó a Lana del brazo y la arrastró lejos de allí. Jane se quedó mirando la espalda de su amigo, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se acercó con cautela, posando sus manos sobre los hombros de Luke para obligarlo a girarse.

—¿Qué sucede? Tus ojos... —susurró ella, viendo cómo el negro se retiraba para revelar el azul zafiro habitual.

Jane sonrió con alivio y acarició la mejilla de Luke con una delicadeza casi sagrada. Durante un segundo, sus miradas se conectaron en una sincronía perfecta, un puente invisible que no necesitaba explicaciones. Pero la conexión se rompió de forma brutal cuando él la apartó de un manotazo.

—No me toques. Vete —sentenció Luke. Su tono era gélido, impregnado de una vibración demoníaca que Jane nunca había escuchado dirigida hacia ella.

—Pero... Luke...

—¡He dicho que te vayas! —gritó él.

Aturdida y con el orgullo herido, Jane asintió lentamente. Se dio la vuelta y caminó hacia su habitación, tratando de procesar el rechazo. Al abrir la puerta, el desconcierto aumentó: Sam estaba sentada en su escritorio, revisando sus pertenencias con una calma insultante.

—Sé lo que te estás preguntando —dijo Sam sin mirarla—. Sé tus secretos, Jane. Conozco el verdadero origen de tu familia y sé que los rumores son ciertos, especialmente después de ver cómo Luke casi pierde el control por un simple empujón de Lana.

Sam se levantó con la agilidad de una pantera y acorraló a Jane contra la pared. El odio en su mirada era casi tangible, pero Jane se obligó a permanecer inmóvil, ocultando su propio poder.

—Tienes algo nuevo en ti —susurró Sam, olfateando el aire cerca del cuello de Jane—. ¿A quién viste? Tus ojos son diferentes... hay un rastro humano en ellos.

Jane recordó instantáneamente al joven del parque, pero frunció el entrecejo con fingida confusión.

—No vi a nadie.

Sam soltó una risa seca y salió de la habitación a toda prisa, dejando a Jane sumida en un mar de dudas. El día se estaba transformando en una pesadilla de revelaciones a medias. Jane se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, pero apenas tuvo un respiro cuando unos nudillos golpearon su puerta. Era Lana, luciendo una sonrisa triunfal.

—¿Por qué dijiste esas tonterías en el pasillo? —espetó Jane, levantándose y sacudiendo su atuendo.

—¿Por qué no? —rio Lana—. Eres una idiota, Jane. ¿De verdad no te das cuenta de lo que Luke siente por ti? Él no te ve como una amiga, pero claro, tú estás demasiado ocupada fingiendo que no tienes corazón.

—No sentimos —replicó Jane mecánicamente—. Somos demonios. La Academia nos entrena para erradicar cualquier emoción. Disculpa por catar tan bien mi deber.

—Yo que tú, hablaría con él —sentenció Lana antes de retirarse, dejando esa frase grabada a fuego en la mente de Jane.

Buscando escapar de sus pensamientos, Jane cerró los ojos y, sin quererlo, su mente invocó la imagen del joven del parque. El "Lin" reaccionó a su deseo más profundo y, en un parpadeo, Jane se encontró en un lugar desconocido. El viento azotaba su piel bajo un cielo plomizo. Se ocultó en las sombras al ver al extraño acabar con la vida de un demonio de un solo golpe.

Jane contuvo el aliento, segura de que su camuflaje era perfecto. Pero el hombre se giró hacia ella con una precisión aterradora.

—Tú... ¿qué haces aquí? —preguntó él.

—¿Cómo puedes verme? —exclamó Jane, el miedo filtrándose en su voz—. Estoy en las sombras. Solo los de mi clase pueden verme.

—Secretos... —susurró él, y antes de que ella pudiera preguntar más, el hombre se desvaneció en el aire.




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