Jane apretó la mano de Luke con una fuerza que buscaba anclarse a la realidad. En la penumbra de la habitación, sus ojos azules, que solían oscilar hacia un celeste gélido según la temperatura emocional del ambiente, la observaban con una fijeza perturbadora. Jane extendió su mano libre y acarició la mejilla de él; la piel de Luke estaba inusualmente cálida, un contraste vibrante con el aire gótico y frío de la mansión Blackwood.
Él cerró los ojos ante el contacto, permitiendo que una sonrisa lánguida dibujara sus facciones. Cuando sintió que la mano de Luke se deslizaba hacia su nuca, Jane experimentó un respingo de alerta, pero sus músculos se rindieron al instante. Él comenzó a masajear la base de su cráneo, disolviendo el nudo de ansiedad que el incidente con la sidra había anudado en su garganta.
Por un segundo, el aire entre ellos se volvió denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con sus poderes. Jane creyó que el beso era inevitable. «Somos amigos», se repitió a sí misma como un mantra protector. Se aferró a la idea de que nada malo podría ocurrirles mientras permanecieran juntos, protegidos por la lealtad inquebrantable de una demonio que jamás rompía un trato ni una promesa.
—Esto se siente... demasiado bien —susurró Jane, rompiendo el hechizo del silencio—. Luke, lo lamento de verdad. Tu madre tiene razón: sigo siendo una fracasada, sin importar cuánto encaje y seda me ponga Rory encima.
—Ni se te ocurra terminar esa frase —la interrumpió Luke, su voz descendiendo a un barítono autoritario—. No eres una fracasada, Jane. Eres lo más importante que tengo, y eso es lo único que me conforma. Mi madre tendrá que aprender a tolerarte, porque yo no me voy a ninguna parte.
Sus alientos se mezclaron, una fragancia a sándalo y peligro que invadió los sentidos de Jane. Ella tragó saliva, sintiendo cómo su resolución se desmoronaba. Estaba a escasos milímetros de ceder, con el deseo de sentir la fricción de sus labios quemando los suyos, cuando tres golpes secos en la puerta astillaron el momento.
—¡Luke! —La voz del padre de él resonó desde el pasillo.
Jane retrocedió de un salto, sintiendo el calor subir por sus pómulos en un sonrojo que delataba su agitación. Luke se levantó con una calma fingida y abrió la puerta, revelando la figura imponente de su padre. Jane se apresuró a alisar las arrugas de su vestido azul, evitando desesperadamente el contacto visual mientras su subconsciente le gritaba: «Ibas a dejar que sucediera».
Luke la tomó de la mano y bajaron al gran comedor. La mesa, una superficie de caoba pulida que parecía un espejo oscuro, estaba repleta de manjares ostentosos preparados por el servicio silencioso de la casa. La madre de Luke ya estaba sentada, luciendo un vestido nuevo de seda gris perla.
—Lo lamento mucho por lo de antes —murmuró Jane al sentarse.
—No tienes por qué —respondió la mujer con una sonrisa gélida, aunque añadió en un susurro casi imperceptible—: Solo espero que este circo acabe pronto.
Jane estuvo a punto de levantarse y huir bajo la lluvia que comenzaba a azotar los ventanales, pero Luke entrelazó sus dedos con los de ella por debajo de la mesa. Sus manos eran un refugio sólido en aquel nido de víboras.
—¿Cuánto tiempo llevan en esta... relación? —preguntó el padre de Luke, diseccionando a Jane con la mirada mientras cortaba un trozo de carne sangrienta.
Jane miró a Luke, dándole la señal silenciosa para que soltara la verdad. Sin embargo, él masticó con parsimonia, tragó y lanzó una nueva red de mentiras.
—Desde siempre, en realidad. Pero se volvió oficial hace unos meses.
La cena transcurrió en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el tintineo de la plata contra la porcelana fina. Al terminar, Jane, movida por un impulso de servidumbre que descolocó a los presentes, se levantó para ayudar a las criadas a recoger los platos. Luke le lanzó una mirada de advertencia, negando con la cabeza. Sus padres la observaban como si fuera una criatura exótica y mal entrenada. Ella volvió a sentarse, avergonzada, mirando hacia la ventana donde la tormenta arreciaba.
—Luke, debo volver a la Academia. La lluvia está empeorando —suplicó Jane.
—De ninguna manera —intervino el padre de Luke—. Te quedarás aquí. ¡Mary! Prepara una habitación de invitados... o, si prefieren, pueden compartir la de Luke. No somos anticuados, entendemos las necesidades de los jóvenes de hoy.
El rubor de Jane fue instantáneo y violento. La idea de dormir bajo el mismo techo, en la misma cama, después de lo que casi ocurrió, la aterraba.
—No es necesario, la habitación de visitas está bien...
—No molestes a Mary con doble trabajo, Jane —cortó Luke, mirándola con una intensidad que ella no pudo descifrar—. Quédate conmigo.
Derrotada por sus propios instintos, Jane asintió. Se despidieron de los padres; el padre le dio un beso formal en la mejilla, mientras la madre simplemente la ignoró al subir las escaleras. Una vez en el cuarto de Luke, la tensión regresó multiplicada. Jane, buscando cualquier distracción, agarró un portarretratos de la cómoda.
—Mira esto, qué ternura —susurró, observando una foto de ambos cuando eran apenas unos niños demonio sin preocupaciones.
Sintió el calor de Luke tras ella. Él la rodeó con sus brazos, apoyando el mentón en su hombro. El cuadro se resbaló de los dedos de Jane y cayó sobre la alfombra cuando sintió los labios de Luke rozando la piel sensible de su cuello. Se separaron bruscamente.
Luke entró al baño para cambiarse, y Jane aprovechó para asaltar su placard. Se puso una de sus camisetas de algodón y unos pantalones de gimnasia que le quedaban tres tallas más grandes. Cuando Luke salió del baño, se detuvo en seco al verla vestida con su ropa, pareciendo una niña perdida en telas oscuras.
—Lo siento... no soportaba más ese vestido —dijo ella, tratando de sostener el elástico de los pantalones para que no se cayeran.