Jane se deslizó hacia el baño, lidiando con el elástico de los pantalones de gimnasia de Luke que amenazaban con caerse a cada paso. Eran excesivamente grandes, impregnados de ese aroma a sándalo y tormenta que parecía ser la firma personal de él. Se preguntó por qué Luke conservaba ropa en esa mansión si su verdadera vida transcurría en el Instituto; quizá eran reliquias de una humanidad que intentaba abandonar, o simplemente la previsión de unos padres que se negaban a dejarlo ir.
Tras encontrar el cepillo de dientes nuevo, comenzó el ritual de aseo, pero se detuvo en seco. A través de la madera tallada de la puerta, las voces de los padres de Luke se filtraron, cargadas de una urgencia venenosa. Sus instintos de demonio, siempre hambrientos de información y ventaja, le ordenaron guardar silencio y escuchar. Jane no creía en la pérdida de tiempo; para un ser inmortal, el tiempo era un lienzo que podía desperdiciar a su antojo, y en ese momento, el espionaje era su prioridad absoluta.
—Hijo, por favor... Escúchame. Tienes que hacerlo —insistió Dean, el padre de Luke, con una autoridad que rozaba la súplica.
—No lo haré. Jamás —la respuesta de Luke fue un latigazo de desprecio.
—Es una necesidad, Luke —intervino la madre, su voz fría como el mármol—. Lo necesitamos aquí.
—¡He dicho que no! —rugió Luke, y Jane pudo imaginar sus ojos tornándose negros de pura rabia—. Fuera de mi habitación. No quiero a ese... a eso aquí.
—¡Luke! —exclamó Dean, perdiendo la paciencia—. No queremos obligarte a hacer lo que le hiciste a esa niña... pero ayúdanos. Traerlo es la única forma.
El sonido de la puerta cerrándose con violencia y los pasos de los padres alejándose indicaron que la audiencia había terminado. Jane salió del baño con el corazón latiendo con una fuerza impropia de su especie. Encontró a Luke sentado en el borde de la cama, con los hombros hundidos y la mirada perdida. Sin decir una palabra, se acercó y lo rodeó con un abrazo protector, hundiendo su rostro en la curva de su cuello.
—¿Todo está bien? —susurró ella.
—Sí... solo intentaba decidir dónde dormir —mintió él con una risa amarga—. No quiero incomodarte.
Jane soltó una carcajada seca que rompió el aire pesado de la habitación.
—Ya hemos dormido juntos antes, Luke. No seas ridículo. —Le palmeó el hombro con familiaridad y se dejó caer sobre el colchón de seda.
Él se recostó a su lado, rígido como una estatua. Jane, ignorando las alarmas de su subconsciente, apoyó la cabeza en su pecho y comenzó a delinear con los dedos los músculos de su abdomen. Sintió cómo la piel de Luke se contraía bajo su tacto frío, una reacción eléctrica que la hizo sonreír. Sin embargo, al notar la tensión de él, Jane se dio la vuelta para intentar dormir. Un bufido de frustración escapó de los labios de Luke antes de que él se girara también, dándole la espalda de forma brusca.
El sueño no llegó. Jane se quedó observando las sombras que bailaban en el techo hasta que sus ojos se posaron en la estantería. Libros de lomos desgastados y revistas prohibidas la llamaban. Con un sigilo sobrenatural, se levantó y tomó un ejemplar encuadernado en cuero oscuro.
Horas más tarde, Jane se encontraba en el sofá del salón principal, devorando las páginas bajo la tenue luz de la luna. El libro era un compendio de artes oscuras: Hechizos de sujeción celestial. Sus ojos se abrieron de par en par al leer sobre un ritual diseñado para despojar a un ángel de su identidad, convirtiéndolo en un esclavo sin voluntad bajo el mando de un amo demoníaco.
—Increíble... —susurró para sí misma.
De pronto, pasos pesados resonaron en la planta superior. Eran Dean y su esposa, discutiendo en susurros feroces que retumbaban en el vestíbulo.
—Luke es el único que puede traerlo. Su sangre es la llave —decía Dean.
—¿Y si se niega hasta el final? —preguntó la madre.
—Entonces tendremos que... —Dean se detuvo en seco—. Hay alguien aquí. Siento una presencia.
El pánico recorrió la columna de Jane. Activó el "Lin" al instante, visualizando la cama de Luke. Apareció bajo las mantas en un parpadeo, cerrando los ojos con fuerza y fingiendo un sueño profundo.
No pasó mucho tiempo hasta que un sonido gutural la hizo despertar de verdad. Luke estaba teniendo una pesadilla. Su cuerpo, empapado en un sudor frío, se retorcía como una serpiente atrapada. Jane se sentó sobre él, sujetando sus hombros con fuerza mientras lo llamaba entre susurros desesperados.
—¡Luke! ¡Despierta!
—Erica... lo siento... Erica... —balbuceó él, con la voz rota por el tormento—. Erica... Jane...
Luke abrió los ojos, pero no parecía verla a ella, sino a un fantasma del pasado. Sus manos subieron con brusquedad hacia las caderas de Jane, sujetándola con una firmeza que le impidió bajar de él. El nombre de "Erica" volvió a punzar el aire, llenándolo de misterio.
Jane intentó apartarse, pero el cuerpo de Luke la reclamaba con una urgencia magnética. Sus instintos, esos que siempre intentaba domar, le gritaron que se quedara. Luke la atrajo hacia sí, acortando la distancia hasta que sus alientos se fundieron en uno solo. Estaban a escasos centímetros de un beso que amenazaba con incinerar todas las mentiras que habían construido.