Jane sintió que el mundo se reducía al espacio que separaba sus labios de los de Luke. Una parte de ella gritaba que debía detenerse, que la amistad era el único terreno seguro que le quedaba en aquel infierno, pero el magnetismo era devastador. Trató de apartarlo con suavidad, empujando su torso, pero Luke era una montaña de determinación. Él no permitió que ella bajara de su regazo; sus manos se cerraron sobre la cadera de Jane con una posesividad que le cortó el aliento.
Él deseaba romper la última barrera, y Jane, atrapada entre el pánico y el anhelo, se mordió el labio inferior con tal fuerza que el sabor metálico de la sangre inundó su boca, dando un brillo especial. Sus manos descendieron por los omóplatos de Luke, delineando la firmeza de su espalda, sintiendo cómo la piel de él quemaba bajo su tacto.
Entonces, el juego terminó. Luke acortó la distancia con una lentitud tortuosa hasta que sus labios, carnosos y urgentes, colisionaron con los de ella. No fue un beso delicado; fue una invasión de lenguas y promesas rotas. Jane sintió que el tiempo se doblaba sobre sí mismo. Al separarse, su lengua rozó el labio inferior de Luke, dejándolo levemente hinchado y encendido. Ella sonrió, derrotada por la sensación, y apoyó la cabeza en el pecho de él. Los latidos del corazón de Luke eran martillazos frenéticos, mucho más rápidos que los de ella. Jamás había imaginado que un beso podría ser así de maravilloso.
—¿Estás bien? —susurró Jane, acariciando la línea de su cuello.
—Demasiado bien —respondió él, con una sonrisa que no llegaba a ocultar la turbulencia en sus ojos.
Jane se deslizó fuera de su regazo y se recostó a su lado, sintiendo cómo el aire de la habitación recuperaba su peso normal. Dejó un beso distraído en el pecho de Luke y su mirada descendió hacia su abdomen bajo. Allí, asomando apenas por el borde del pantalón, un tatuaje de un Triskel capturó su atención. Solo uno de los espirales era visible.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó ella, irguiéndose.
—¿De verdad quieres verlo? —el tono de Luke era juguetón, desafiante.
Jane sintió que sus mejillas ardían, poniéndose más rojas que un tomate. Dudó un segundo, mordiéndose nuevamente el labio, y asintió en silencio. Luke se puso de pie frente a ella y bajó ligeramente la prenda, revelando el diseño celta completo sobre su piel bronceada.
—Es... increíble —exclamó Jane, recorriendo con la vista la anatomía perfecta de su amigo.
—Hace un calor insoportable, ¿no crees? —comentó Luke con fingida naturalidad mientras se despojaba de la camiseta blanca.
Jane observó su torso desnudo. No era la primera vez que lo veía, pero en la penumbra de esa habitación, con el eco del beso aún vibrando en el aire, todo parecía diferente. El cuerpo de Luke no había cambiado, pero la forma en que ella lo percibía sí. Se volvió a recostar, mirando el techo y tratando de acallar los pensamientos pecaminosos que su mente le imponía. Luke se acomodó a su lado y la rodeó con un abrazo dulce, permitiendo que el cansancio finalmente venciera a Jane.
—¡Luke! —La voz de su madre, estridente y autoritaria, rasgó el sueño de Jane a la mañana siguiente.
Luke saltó de la cama, vistiéndose a toda prisa mientras caminaba en círculos, visiblemente alterado. Jane frunció el ceño, abrazando la almohada de Luke para aspirar el rastro de su perfume.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, confundida.
—Nada... solo que aún no puedo abrir la puerta —susurró él, recuperando el aliento antes de girar el pomo.
Su madre entró como una ráfaga, ignorando que Jane seguía en la cama.
—Jane, querida, no te levantes. Solo venía a avisar que hoy no hay clases. Dean y yo iremos a Londres para unos trámites burocráticos. Quédense aquí, vean películas... hagan lo que sea que hagan los adolescentes hoy en día —dijo la mujer, depositando un beso gélido en la mejilla de Jane antes de marcharse.
Jane se incorporó, mirando a Luke con incredulidad.
—No nos quedaremos encerrados —sentenció él—. Iremos a la fiesta de los Calwolquers. Nos divertiremos, entrenaremos un poco y luego te llevaré de vuelta al Instituto.
—¿A la fiesta de los Calwolquers? Estás demente —rio Jane—. Pero me gusta el plan. Primero el Instituto, luego el entrenamiento y al final... la fiesta.
Se vistió rápidamente con la ropa del día anterior, aunque una parte de ella deseaba quedarse envuelta en las prendas de Luke. El regreso a la academia fue silencioso, con el paisaje de Buenos Aires desfilando tras la ventanilla del Camaro. De pronto, Luke frenó en seco cerca de un viejo roble. Bajó del auto con el ceño fruncido y Jane lo siguió.
—Gracia de ángel... —murmuró Luke, señalando una sustancia luminiscente que goteaba de una rama como oro líquido.
—¿Cómo puedes saber eso? —preguntó Jane, aterrada.
Los ángeles eran mitos del cielo, no criaturas que caminaban por la tierra.
—Lo sé porque... —Un grito desgarrador lo interrumpió.
Se giraron justo a tiempo para ver cómo el Camaro estallaba en una bola de fuego azul. Luke tomó la mano de Jane y corrieron hacia la entrada de la Academia, pero antes de cruzar el umbral, una figura les cortó el paso. Era una niña de apariencia angelical, cabellos perfectos y ojos de un azul eléctrico que irradiaban un odio milenario. Los tenía acorralados contra la puerta de piedra.
—¿Cómo se atreven? —rugió la pequeña, su voz resonando con una autoridad divina—. Tú y tu maldita familia... ¡Los mataré a todos!
Jane sintió que el aire se congelaba. La guerra que los padres de Luke habían provocado en Londres acababa de llamar a su puerta, y no venía a pedir explicaciones, sino sangre.