1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 10

La voz del ángel vibraba en el aire con una dulzura que resultaba insultante. No era la voz de una salvadora, sino la de una guerrera implacable que no veía en Jane y Luke a dos jóvenes, sino a plagas que debían ser erradicadas de la creación. Como soldados de una jerarquía divina, las consecuencias colaterales no figuraban en sus oraciones; solo importaba el exterminio de la estirpe de los Rose.

—No dejaré que te salgas con la tuya, Luke Rose —sentenció la niña, cuya presencia ahora distorsionaba la realidad misma.

Los ojos de Luke se perdieron en un abismo negro, mientras que los de la pequeña guerrera estallaron en un violeta eléctrico y profundo. De sus manos, rodeadas de una luz cegadora, surgió una espada de acero celestial que zumbaba con una frecuencia dolorosa. Luke retrocedió, su espalda chocando contra la fría madera de la puerta de la Academia, acorralado por una criatura que se reía de su miedo.

Fue entonces cuando el instinto de Jane tomó el control. Sin pensarlo, se teletransportó. Apareció justo detrás del ángel, sintiendo el calor que emanaba de su espalda. Con una fuerza nacida del pánico, hundió su mano en el pecho de la niña. El tejido cedió como papel y sus dedos se cerraron sobre un órgano que latía con una energía furiosa. De un tirón seco, Jane extrajo el corazón.

El cuerpo del ángel se desplomó. Sus alas, antes majestuosas, se deshicieron en cenizas antes de tocar el suelo. Jane se quedó estupefacta, observando el corazón que sostenía: la sangre que manaba de él no era roja, sino de un negro viscoso y denso. De los labios de la caída comenzó a brotar una sustancia dorada, oro líquido que brillaba con luz propia y que inundó el umbral de la puerta. Era la Gracia.

Luke reaccionó primero. Se quitó la chaqueta y, con movimientos mecánicos, envolvió el corazón aún caliente. Jane ni siquiera pudo articular una pregunta; el horror de haber asesinado a un ser de luz la mantenía paralizada. El cadáver del ángel se esfumó en un destello de partículas, dejando solo el rastro de oro en el suelo.

Corrieron hacia la habitación de Jane, donde el aire se volvió pesado. El olor que emanaba de la chaqueta de Luke era una mezcla insoportable de ozono y carne podrida que hacía que las fosas nasales de Jane ardieran.

—Jane... debo llevarme esto —dijo Luke, guardando el bulto en una pequeña caja de madera reforzada con runas.

—¿Por qué? ¿Para qué lo quieres? —Jane le arrebató la caja, su mente conectando los puntos con el libro de hechizos que le había robado—. Esto es peligroso, Luke.

—Dámelo, Jane. Hablo en serio.

Sin responder, ella desapareció en una ráfaga de sombras. Corrió hacia el bosque, hacia el viejo roble donde habían encontrado el rastro de Gracia anteriormente. Con las manos desnudas, cavó en la tierra húmeda, enterrando la caja junto a la Gracia derramada en las raíces del árbol. Ocultó el tesoro maldito y se sentó a recuperar el aliento, tocando el libro que aún guardaba en su chaqueta. Lo que leyó allí la hizo palidecer: la Gracia y el corazón de un ángel eran los ingredientes finales para el ritual que los padres de Luke planeaban.

Cuando regresó a la habitación, encontró a Luke sentado en su cama. Su figura, antes imponente, se veía pequeña y derrotada. Lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas.

—¿Qué sucede? —preguntó ella, acercándose con cautela.

—Mis padres... ellos... —Luke no pudo terminar la frase. El dolor en su voz era genuino, pero sus siguientes palabras fueron una orden—. Necesito el corazón y la Gracia de ambos ángeles. Ahora.

—No voy a dártelos para que te conviertas en lo que ellos quieren —respondió Jane, tratando de limpiar sus lágrimas.

Luke la apartó con brusquedad, su mirada transformándose en algo frío y desconocido.

—Si no me lo das por las buenas, lo tomaré yo mismo. Y entonces... —No terminó.

Se desvaneció, dejando tras de sí un rastro de sándalo y traición.

La frustración de Jane estalló. En un ataque de furia, comenzó a destrozar su habitación, pateando muebles y golpeando el monitor de su computadora hasta que sus nudillos sangraron. El estruendo atrajo a Wila, quien entró y la abrazó con una fuerza que Jane no esperaba.

—Jane, cálmate —susurró Wila.

—¡No! —Jane se soltó y corrió hacia la puerta, pero un brazo firme la detuvo. Era Deana, o al menos eso creía.

La fuerza de su compañera era inhumana. Deana la sujetó del cabello y la arrastró por el pasillo hacia la habitación de Luke. Jane luchó, gritando y arañando el suelo, pero fue inútil. Al llegar, la puerta se abrió y dos hombres de dimensiones colosales salieron de allí. Dentro, Luke estaba encadenado, cubierto de sangre y moretones, como si hubiera sido interrogado por demonios peores que ellos.

—¡Basta, Deana! —gritó Jane.

—No soy Deana —respondió la joven con una voz profunda y múltiple—. Mi nombre es Rafael.

Jane comprendió con horror que su amiga había sido poseída por un arcángel. Los sujetos la lanzaron al interior de la habitación. Jane corrió hacia Luke, abrazándolo con desesperación. Él apoyó sus labios en la frente de ella, temblando.

—Ya no puedes hacer nada... —susurró Luke—. Debiste darme lo que te pedí. Ahora no sé de qué son capaces estos ángeles, ni qué es lo que realmente quieren de nosotros.

Jane se puso de pie, enfrentando a las figuras celestiales que ocupaban la habitación de su amigo. El aire se volvió blanco, cegador.

—Haré lo que quieran —sentenció Jane, con la voz firme a pesar del miedo—. Pero dejen en paz a los Rose.

Antes de recibir una respuesta, el mundo desapareció. Un tirón violento en su ombligo la transportó a un lugar donde la luz no permitía ver las sombras.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.