El aire en la iglesia abandonada se volvió denso, cargado de un rancio olor a incienso quemado y polvo antiguo. Allí estaba él: el hombre del bar, el extraño del parque que la había observado desde las sombras. Lionel. Sus ojos marrones, profundos y oscuros, devoraban la figura de Jane, revelando una intensidad que ningún humano podría poseer. A través de su mirada, Jane pudo percibir lo que él intentaba ocultar: una gracia gélida, una energía celestial que se sentía como el filo de un bisté de hielo.
Jane retrocedió instintivamente. Sus tacones resonaron contra el suelo de piedra hasta que chocó con uno de los bancos de madera carcomida. Se desplomó en él, atrapada por la fijeza de Lionel. Él le sostuvo la mirada con una sonrisa ladina, una expresión de triunfo silencioso que Jane no recordaba haber visto en nadie. De pronto, un coro de gritos devastadores rompió el trance.
Se puso de pie en un parpadeo. En el otro extremo de la nave central, los estudiantes de la Academia se agolpaban en las sombras, susurrando su nombre como una plegaria macabra. Esperaban una ejecución. Esperaban que ella, la demonio de la que todos murmuraban, se enfrentara al ángel caído. Jane sintió su corazón galopar contra sus costillas; el miedo era una marea negra que amenazaba con ahogarla. No quería luchar. No quería ser el imán de tragedias que su linaje le exigía ser.
—Vamos a luchar —dijo Lionel con una calma que erizaba la piel—. El que gane se queda con el libro.
—Ese libro no te pertenece —logró articular Jane, aunque su voz tembló—. Es de los Rose.
Antes de que Lionel pudiera atacar, un estallido de luz blanca destrozó la barrera antidemonios. Otro ángel, con una armadura que parecía forjada en el sol, irrumpió en el lugar llamando a Lionel por su nombre, exigiendo que se detuviera. Pero Lionel no cedió. En el caos, los demonios que habían estado encerrados y torturados por la barrera se lanzaron contra sus captores en un frenesí de colmillos y sombras. Jane aprovechó la confusión para correr hacia Luke, que se arrastraba por el suelo, dejando un rastro de sangre sobre el mármol.
Lo ayudó a levantarse, sintiendo el peso de su cuerpo herido contra el suyo. La huida hacia la Academia fue un borrón de pasadizos secretos; la iglesia, después de todo, no era más que una extensión olvidada del mismo edificio.
Una vez en la habitación de Luke, el silencio fue interrumpido por un estruendo. La puerta salió volando de sus goznes y la madre de Luke entró como un vendaval de furia. Sin mediar palabra, estampó a Jane contra la pared, sujetándola del cuello con una fuerza que hizo crujir sus vértebras.
—¿Qué le has hecho? —siseó la mujer.
Jane cerró los ojos, sintiendo cómo la oscuridad reclamaba su visión. Cuando los abrió, el azul cristalino de sus iris había desaparecido. Ahora eran dos pozos de un negro absoluto, profundo y letal. La madre de Luke se detuvo en seco, soltándola con una mezcla de asombro y asco.
En la jerarquía infernal, los ojos azules pertenecían a los "puros" o a los "Oscuros" de sangre noble que nunca habían manchado sus manos. El negro, sin embargo, era la marca de los que habían cruzado el umbral del asesinato. Jane ya no era la protegida; era una amenaza.
La mujer salió de la habitación con una mirada de desprecio dirigida a su propio hijo, dejando a los dos jóvenes solos en la penumbra. Luke se puso de pie con una rapidez antinatural y se detuvo frente a una estatua de mármol negro, dándole la espalda a Jane.
—No me conoces... —susurró él, su voz cargada de una amargura que Jane nunca había oído—. Todos los que me rodean terminan heridos. No quiero que seas una más en esa lista. ¡Tienes que alejarte, Jane!
Jane había hecho una promesa y no iba a dejar que se rompiera. No importaba la razón: ella nunca se iba a separar de su mejor amigo.
—¡Confío en ti, Luke! —exclamó ella, acercándose hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Me importa un bledo salir herida si es por ti.
—Entonces huye —suplicó él, tomando el rostro de Jane entre sus manos—. Vete antes de que sea tarde. Esta guerra no es para ti.
Ella no entendió la razón por la que él le estaba diciendo eso, nada tenía sentido. Le importaba muy poco que lo que estaba pasando entre ellos, fuera algo prohibido.
—No me iré hasta saber la verdad —insistió Jane—. ¿Qué oculta ese libro? ¿Y quién es Erica?
La mención del nombre fue como invocar una maldición. Wila irrumpió en la habitación, con el rostro desfigurado por el odio.
—¡Erica era mi hermana, maldito bastardo! —gritó Wila, lanzándose sobre un Luke que ni siquiera intentó defenderse.
Jane observó horrorizada cómo Wila descargaba una lluvia de golpes sobre el rostro de Luke. Él se dejó caer al suelo, aceptando cada impacto, cada patada, como si buscara la redención a través del dolor. La sangre comenzó a encharcarse en la alfombra, tiñendo el suelo de un carmesí oscuro. Luke solo emitía gemidos ahogados, sus ojos azules fijos en un punto inexistente, empañados por lágrimas de culpa.
—¡Basta, Wila! —rugió Jane, usando su poder para lanzar a la otra chica fuera de la habitación y sellar la puerta.
Se arrodilló junto a Luke, cuya cara era ahora una masa de hematomas y cortes. Lo ayudó a incorporarse, limpiando con su manga la sangre que le cegaba la vista.
—Dímelo todo —le pidió Jane con una firmeza que no admitía más secretos—. Ahora.
Luke tosió, escupiendo un hilo de sangre, y la miró con una desesperación infinita.
—Te contaré la verdad, Jane. Pero después de esto... nada volverá a ser igual.
Aquella revelación solo le daba mucha más curiosidad a Jane, la cual necesitaba saber qué era lo que estaba sucediendo antes de terminar muerta o ver cómo mataban a los que ella más amaba, aunque claro, Jane nunca admitiría tal cosa en voz alta.