1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 14

Jane prestó una atención casi dolorosa a la escena, sintiendo cómo los nervios supuraban por sus poros. Sus manos, antes frías, ahora estaban bañadas en un sudor abundante que hacía que sus dedos resbalaran sobre sus rodillas. Un tic rítmico dominaba su pie derecho, golpeando el suelo en un compás acelerado mientras observaba el duelo de miradas entre su hermano y Luke. Max le había negado algo a Luke por tercera vez, una negativa tan tajante que el demonio Oscuro había tenido que sellar los labios, frustrado.

—¿Es que no quieren que esto termine? —estalló Jane, rompiendo el espeso silencio de la habitación.

Los tres hombres —el ángel, el hermano retornado y el Oscuro— asintieron al unísono, pero ninguno se movió.

—Entonces, Luke... continúa —ordenó ella, buscando claridad en aquel mar de secretos.

—No —cortó Max, interponiéndose—. Jane, hay cosas que es mejor que no...

—¡Max, cállate! —le espetó ella, poniéndose de pie con una energía que hizo que las sombras de las esquinas se agitaran—. Quiero estar lista. Haré lo que sea necesario para que salgamos de esta. No estamos solos; tenemos a la Academia, y si nos organizamos, llevaremos la delantera contra cualquier ángel que intente cruzar el umbral.

Luke la observó con una mezcla de orgullo y una tristeza desgarradora. Se acercó a ella, acortando la distancia hasta que Jane pudo oler la mezcla de ceniza y sándalo que siempre lo acompañaba.

—Es un buen plan —susurró él, depositando un beso fugaz y gélido en su frente—. Ve a reunir a los que estén dispuestos a luchar. Y Jane... por lo que más quieras, ten cuidado.

Jane asintió, sintiendo un vacío en el estómago mientras se separaba. Salió de la habitación a zancadas y corrió por los pasillos de piedra de la institución hasta alcanzar el interruptor de la alarma de invasión. El sonido —un lamento agudo y sobrenatural— desgarró el aire de la Academia.

En cuestión de minutos, el gran salón de entrenamiento se llenó de demonios de todas las castas. Jane se subió a la tarima central, observando la masa de rostros pálidos y ojos de diversos colores que la miraban con escepticismo. Ella misma se sentía una impostora; lideraba una guerra cuya verdadera causa aún se le escapaba, pero mantuvo la barbilla en alto.

—¡El momento ha llegado! —exclamó, su voz resonando con una autoridad que no sabía que poseía—. Los ángeles no vienen a salvarnos, vienen a erradicarnos. Si no luchamos como uno solo, esta noche la Academia será nuestra tumba.

Los murmullos se volvieron todavía más fuertes.

—¡Baja de ahí, Mitchell! —gritó una joven desde el fondo, provocando una oleada de murmullos—. ¡No seguiremos a una niña que juega a ser heroína!

Muchos dieron media vuelta, abandonando el salón con indiferencia. Solo un pequeño grupo permaneció firme: Wila, Deana, Lana, Rory, y tras ellos, las figuras imponentes de Max, Lionel y Luke. Wila se adelantó, sus ojos fijos en los de Jane.

—Te ayudaremos —sentenció Wila, pero su voz era una advertencia—. Pero bajo una condición: debes enviar a Luke a la Academia de Oscuros después de esto. Él no pertenece aquí. Los Oscuros son imanes de muerte, Jane. Si él se queda, nosotros nos vamos. Es otra raza mucho más poderosa y no es justo.

Jane apretó los puños. La petición era una traición personal, pero el destino de la institución pendía de un hilo.

—Lo haré —mintió Jane, sintiendo cómo el sabor de la traición amargaba su lengua.

Con el pacto sellado, regresó a la habitación de Luke. Antes de entrar, las voces amortiguadas de una discusión entre Max y Luke la detuvieron. El tono era violento, lleno de recriminaciones sobre el "precio" del ritual, hasta que la voz de Lionel, serena y omnisciente, la invitó a entrar. Les informó del plan de combate y todos asintieron, preparándose para lo inevitable.

Sin embargo, la calma se rompió cuando Dean Rose, el padre de Luke, apareció en el pasillo. Su presencia emanaba una elegancia depredadora. Pidió hablar a solas con su hijo, y la autoridad en su voz no admitía réplicas. Jane, Max y Lionel salieron al corredor. Lionel cerró los ojos, concentrándose; Jane sabía que, gracias a sus sentidos celestiales, él estaba escuchando cada palabra tras la puerta cerrada.

Pasaron los minutos y Lionel permanecía en silencio, con el rostro impasible. La incertidumbre comenzó a devorar a Jane por dentro. ¿Por qué no decía nada? ¿Qué secreto era tan oscuro que incluso un ángel se negaba a compartirlo?

Max la tomó de la mano y la guió de vuelta hacia el área de entrenamiento. A lo lejos, vio a las chicas practicando estocadas y hechizos de defensa. Debería haberse sentido aliviada, pero la imagen de Luke a solas con su padre la perseguía. Conocía a Dean; sabía que no buscaba una reconciliación, sino un sacrificio. Se sentía pequeña, inútil, una pieza de ajedrez que se movía según los deseos de los demás sin lograr ejecutar una sola jugada propia.

—Todo saldrá bien, Jane —dijo Max, aunque sus ojos no reflejaban ninguna esperanza.

Jane miró sus propias manos. No estaba haciendo nada bien, ni mal... simplemente no estaba haciendo nada, mientras el reloj del juicio final seguía avanzando hacia la medianoche.




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