1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 15

Zed, un guerrero cuya gracia vibraba con la intensidad de una estrella moribunda, observaba el abismo desde las almenas de la Ciudad de Cristal. Como ángel del Señor, poseía el conocimiento de lo que estaba por desatarse: una carnicería. Sabía que enfrentarse a demonios comunes era una tarea de rutina, pero los Oscuros eran una aberración de "clase alta", seres cuya estirpe se remontaba a la rebelión original. Eran los hijos del orgullo, portadores de una fracción de la sangre de Lucifer, el Arcángel que una vez fue el más valioso de todos, pero lo que los hacía todavía más poderosos era la energía de la Oscuridad, la hermana de Dios, la Luz. Esa herencia los hacía casi invencibles ante los ángeles de rangos inferiores, pues su poder no provenía de la creación, sino de la caída más cercana.

La atmósfera en el Reino Celestial estaba cargada de un fervor bélico que rozaba el fanatismo. La misión era clara: la Academia debía arder. Había dos Oscuros caminando por sus pasillos, y para el alto mando celestial, eso era una afrenta que solo la sangre podía lavar.

—Hermanos, preparen sus esencias para lo peor. Hoy podría ser el último día que sientan el calor del sol eterno —les comunicó Zed, su voz resonando como el tañido de una campana de bronce—. Hay dos Sangre Oscura en la institución. No habrá piedad.

Un ruido retumbó.

—Obligaremos a los demonios de menor rango a poseer humanos —sugirió uno de los ancianos, cuya túnica blanca estaba manchada por siglos de guerras santas—. Crearemos un ejército de carne para que sirvan como nuestros peones. Que los mortales sangren en nuestro nombre.

Un silencio volvió a reinar, pero no duró demasiado.

—Los mataremos a todos —sentenció otro, desenvainando una hoja de luz que siseaba al contacto con el aire.

—Es nuestra vendetta. ¡Venganza por la Gracia derramada! —exclamó un tercero, sus ojos estallando en un brillo cegador.

Zed asintió, aunque una sombra de duda cruzó su mente. "Alguien morirá esta noche", pensó, y no estaba seguro de si sería un enemigo o uno de los suyos. Se posicionó en el borde del firmamento, listo para el tránsito hacia la Tierra. En cuestión de minutos, abandonaría la perfección del cielo para descender al caos de Buenos Aires.

—¡Zed, no! —gritó uno de sus hermanos menores, corriendo hacia él con el rostro desencajado—. ¡Van a enviar a...!

Pero las palabras se perdieron en el vacío. Zed dedicó una última sonrisa gélida a su estirpe y se lanzó al abismo con una fuerza suicida. El salto marcó el inicio oficial de la invasión. Mientras atravesaba las capas de la realidad, una preocupación punzante lo invadió: su hermano había intentado advertirle sobre una presencia, alguien o algo que el Cielo había mantenido en secreto incluso para sus propios guerreros.

La caída no fue gloriosa. A medida que la gravedad terrestre lo reclamaba, Zed sintió un tirón violento en su espalda. Sus alas, vastas extensiones de luz blanca y plumas etéreas, comenzaron a desprenderse. No fue una pérdida indolora; fue un desgarro lento y brutal, como si le arrancaran la piel centímetro a centímetro. El dolor era una sensación nueva para él, una agonía humana que nublaba su juicio y lo hacía aullar en el vacío del espacio.

Mientras se precipitaba hacia la Academia como un meteorito de fuego azul, Zed comprendió que el trato con los demonios menores sería su única salvación contra los Oscuros. No le agradaba la alianza; odiaba cada fibra de la existencia demoníaca, pero la guerra no se ganaba con pureza, sino con estrategia. Con el cuerpo envuelto en llamas y la Gracia goteando de sus heridas como oro fundido, el ángel se preparó para el impacto, sabiendo que su llegada cambiaría el destino de Jane y Luke para siempre.




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