1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 16

Lionel detuvo su espada de entrenamiento en seco, el metal vibrando con un zumbido sordo que le recorrió el brazo. En medio del fragor del combate simulado en el patio, cerró los ojos y sintió un desgarro en el tejido del firmamento. Un rastro de calor abrasador, de Gracia ardiendo por la fricción de la atmósfera, marcaba una trayectoria directa hacia el campus. Lionel negó con la cabeza, una sombra de pesar cruzando sus facciones aristocráticas. Sin decir una palabra a sus compañeros, se desvaneció en un parpadeo de luz plateada.

Reapareció a orillas del río artificial que serpenteaba por el centro de la Academia, un curso de agua oscura que reflejaba la luna de Buenos Aires. El cielo se partió. Una estela de fuego azul impactó en el agua con la fuerza de un meteorito, provocando una explosión de vapor y lodo que empapó las túnicas de Lionel. En el centro del cráter, una figura maltrecha intentaba ponerse de pie entre los restos de sus propias plumas calcinadas.

—Zed... —susurró Lionel, su voz cargada de una mezcla de nostalgia y terror.

Si Zed estaba aquí, el Cielo ya no buscaba una negociación; buscaba una purga. Pero lo que realmente heló la sangre de Lionel fue la certeza de quién vendría después. El Consejo no enviaría solo a un guerrero de luz; enviarían a Javier.

—¿Quién diablos es Zed? —La voz de Max resonó a sus espaldas.

El hermano de Jane había llegado junto a los demás, atraídos por el impacto.

Lionel se giró, sintiendo cómo el peso de milenios de secretos le oprimía el pecho. Los ojos de Max y Jane buscaban respuestas, pero Lionel solo veía sombras. Los guardias de la Academia se acercaron rápidamente, escoltándolo a él y a los chicos fuera del perímetro de seguridad, mientras los sistemas de contención mágica intentaban aislar al ángel caído en el río.

Lionel caminaba mecánicamente, sus pensamientos eran un torbellino de arrepentimiento. Jamás debió haber descendido a la Tierra para rescatar a Max de las garras del Infierno; aquel acto de misericordia había sido la chispa que incendió la paciencia de Dios. Ahora, atrapado entre su lealtad original y su afecto por los demonios con los que convivía, se preguntaba si vería el amanecer de la próxima semana.

—Zed es solo el principio —explicó Lionel finalmente, deteniéndose frente a Jane y Luke—. El verdadero peligro es Javier. Él es un Nephilim de sangre pura, un híbrido entre ángel y demonio. Es la única aberración con la capacidad de anular tanto la Gracia como la Oscuridad.

El silencio que siguió fue absoluto. Jane miró hacia el río, donde la luz azul de la caída de Zed aún teñía el aire.

Lionel sabía que Javier era una anomalía estadística, un arma diseñada para el genocidio. Poseía la ferocidad de un demonio de clase alta y la precisión quirúrgica de un arcángel. Dios no solo quería castigar a los rebeldes; quería borrar la pizarra y empezar de nuevo. Javier no era un soldado, era un verdugo que podía obligar a los demonios a arrodillarse con un simple chasquido de dedos, doblegando sus voluntades mediante su herencia compartida.

—Esta ya no es una invasión —continuó Lionel, mirando a Jane a los ojos con una seriedad que la estremeció—. Es el fin del mundo tal como lo conocen. Javier no se detendrá ante la sociedad humana, ni ante las leyes de la Academia. Él viene a reclamar lo que queda de la creación para un Dios que se ha cansado de sus propias criaturas.

Lionel observó sus manos, preguntándose si aún recordaban cómo empuñar una espada para proteger, o si solo servirían para cavar las tumbas de sus nuevos amigos. La guerra entre el Cielo y el Infierno finalmente había llegado a su puerta, y el campo de batalla era el corazón mismo de la chica que Luke intentaba, desesperadamente, salvar.




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