1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 17

Jane permanecía estática en el pasillo, observando una escena que desafiaba toda lógica. A pocos metros, su hermano Max y Lionel compartían un espacio cargado de una electricidad dolorosa. Luke se había unido a ellos hacía apenas unos instantes, y tras pronunciar unas pocas palabras, el mundo pareció desmoronarse para Max. El hermano de Jane, aquel que siempre había sido un roble inamovible frente a la tragedia, comenzó a negar con la cabeza frenéticamente. Entonces, lo imposible ocurrió: gruesas lágrimas empezaron a surcar su rostro, transformándolo en un niño vulnerable y perdido.

Jane se acercó con el corazón encogido, lanzándole a Luke una mirada cargada de dagas. No podía asimilar que él hubiera sido capaz de quebrar la voluntad de su hermano de esa manera. Max se aferró a ella con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en su hombro mientras Jane le acariciaba el cabello largo y revuelto, tratando de infundirle una paz que ella misma no sentía. Buscó respuestas en los labios de Luke, pero solo encontró un silencio gélido. Al girarse hacia Lionel, el ángel desvió la vista; sus ojos reflejaban una marca de dolor tan antigua como el mismo cielo.

Minutos más tarde, Jane se encontraba en la penumbra de la habitación de Max. Él la miraba con sus extraños ojos verde azulados, empañados por la angustia. Todos en esa institución parecían haberse puesto de acuerdo para negarle la verdad, tratándola como a una porcelana que se rompería con el primer soplo de realidad. El silencio de Max le partía el alma; ver a su protector desmoronado era un tormento que no sabía cómo gestionar.

Al salir, Jane se topó con Lionel en el umbral. El ángel tenía los ojos inyectados en sangre de tanto llorar, una imagen que contrastaba violentamente con su usual porte aristocrático. Sin decir palabra, Lio entró para consolar a Max, dejando a Jane sola con una furia hirviente.

Caminó a zancadas hacia la habitación de Luke, dispuesta a arrancarle la verdad aunque tuviera que usar sus garras. Encontró la puerta entornada y entró sin llamar. Luke estaba allí, recostado, sumido en un sueño tan profundo que parecía ajeno a la invasión y a la muerte que acechaba afuera. Lo que más irritó a Jane fue la sonrisa que curvaba sus labios, una expresión de serenidad que ella jamás le había visto. Era una belleza insultante en medio del caos.

Cuando Luke abrió los ojos y sus pupilas chocaron con las de ella, Jane no le devolvió la sonrisa. Se sentó en el borde de la cama con una rigidez que hizo que el aire de la estancia se volviera gélido. Luke pareció detectar el peligro; su expresión cambió de la somnolencia al temor en un latido.

—Quiero una respuesta ahora mismo —sentenció Jane, su voz era un susurro letal—. Mi hermano y Lionel están destrozados. Necesito saber qué clase de veneno les has soltado, Luke. Si me mientes o intentas evadirme, será la última vez que veas mi rostro. No dejaré que nadie, ni siquiera tú, destruya a mi hermano. ¡Habla de una maldita vez!

Luke se incorporó con lentitud, pasándose una mano por el rostro.

—Espero que tu hermano no intente matarme después de esto —comenzó él, con una voz cargada de ironía amarga—. Él hizo todo lo posible por borrar su pasado antes de llegar aquí. Incluso bloqueó sus propios recuerdos para no tener que dar explicaciones a nadie, y menos a ti. Pero las verdades no pueden quedarse guardadas en el armario para siempre, Jane.

—Deja de dar rodeos, Luke. Dime qué le dijiste.

Luke suspiró, sosteniéndole la mirada con una honestidad brutal que la dejó sin aliento.

—Le recordé quién es realmente para Lionel. Le dije que su vínculo no era solo de rescate... que mantuvieron una relación profunda y prohibida mucho antes de que todo esto estallara. Lionel y Max se amaron en medio del infierno, Jane. Esa es la verdad que tu hermano no quería que supieras.

El mundo pareció detenerse. Jane sintió un vacío repentino en el estómago, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. El choque de la revelación fue físico; el aire se volvió escaso mientras trataba de procesar que su hermano —su pequeño referente de pureza y fuerza— y el ángel caído compartían un pasado de intimidad que ella nunca sospechó. Era demasiado. Demasiada traición, demasiado peso para una sola noche de guerra.




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