Lionel caminaba por los pasillos de piedra fría, sintiendo cómo el secreto que había custodiado durante siglos se propagaba ahora como un incendio por la Academia. Jane lo sabía. Todos lo sabían. La verdad sobre su pasado con Maximiliano Mitchell ya no era un susurro en las sombras del Infierno, sino un grito que distorsionaba el presente. Lionel había intentado proteger a Max, borrando sus recuerdos para que el muchacho no cargara con el peso de un amor prohibido entre un ángel y un demonio, pero Luke Rose había destrozado ese muro de olvido con una crueldad quirúrgica.
Max tenía muchas preguntas para Lio, pero ahora tenía una presión en el pecho que no lo dejaba pensar con claridad. Solo podía preguntarse una cosa que no salía de su mente: "¿Quién es Zed?"
—¿Quién es Zed? —La voz de Max, ronca y cargada de una confusión infantil, lo detuvo en seco.
Lionel se giró y lo miró a los ojos. Le sorprendió la capacidad de los hermanos Mitchell para fragmentar su propia psique; poseían un gen de supervivencia emocional que Dios parecía haberles otorgado como compensación por su linaje maldito. En contraste, los Rose solo habían heredado el hambre de destrucción.
—No puedo explicarte quién es Zed con palabras que entiendas ahora —respondió Lionel con una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos—. Solo diré que él nunca viaja solo. El Cielo ha enviado una legión para purgar todo lo que tocamos. Vienen a ejecutar a la familia Rose, Max. Vienen a terminar con todo el mundo.
Max tenía una expresión en su rostro que pocas veces era vista.
—¡No me importa! —rugió Max, su rostro contraído por una furia que ocultaba un dolor inmenso—. Vete de mi habitación. ¡Ahora!
—Pero Max...
—¡He dicho que fuera! —El tono de Max fue un latigazo de autoridad que Lionel no se atrevió a desafiar.
Expulsado y con la gracia vibrando en una frecuencia de puro desaliento, Lionel abandonó el ala de dormitorios. Se dirigió hacia el patio central, donde la presencia de Zed emanaba como un faro de luz abrasadora. Encontró a su hermano celestial de pie junto a la fuente, cuya agua ahora hervía por la cercanía de su poder. Zed mantenía una sonrisa fija, una expresión de perfección artificial que lo hacía parecer un muñeco de porcelana, hermoso y aterrador a la vez.
—¿Qué haces aquí, traidor? —preguntó Zed, sin que su sonrisa flaqueara un milímetro.
—He venido a ofrecerte mi ayuda —mintió Lionel, sintiendo el sabor amargo de la doble traición en su lengua—. Ambos sabemos que un puñado de demonios de clase baja no podrán contenerte a ti... ni a Javier.
Zed ladeó la cabeza, confundido.
—Javier no ha descendido con nosotros.
Lionel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente.
—No me mientas, hermano. Puedo sentir su rastro. La mezcla de luz y ceniza... es inconfundible. Está aquí.
—Nadie me informó que el Híbrido vendría —murmuró Zed, y por primera vez, su sonrisa de porcelana vaciló—. Es imposible. Javier es un arma de último recurso. Si él está en la Tierra y yo no lo sabía, es que el Consejo ha perdido la confianza en mí.
—No está en este edificio —continuó Lionel, cerrando los ojos para rastrear la energía—. Pero se mueve por la ciudad con una velocidad antinatural. No puedo ver su destino, pero su rastro apunta hacia aquí.
Lionel sintió una punzada de culpa por Max, pero se obligó a ignorarla. Las "tonterías humanas" de la lealtad no tenían cabida cuando el fin de los tiempos llamaba a la puerta.
—No importa —sentenció Zed, recuperando su compostura—. Algo se nos ocurrirá. Además, tenemos una ventaja que los demonios no esperan. La tía de los Rose ha sido reclamada. El demonio Abaddon ha poseído su cuerpo bajo nuestras órdenes. Usaremos al destructor de mundos para limpiar este lugar. La victoria será nuestra antes del amanecer.
Al oír el nombre de Abaddon, Lionel asintió mecánicamente, pero por dentro, algo se rompió. El miedo, esa sensación humana, viscosa y paralizante que nunca antes había experimentado en toda su eternidad, invadió su gracia.
Si los ángeles estaban liberando a Abaddon en el cuerpo de un familiar de Luke, la batalla ya no era por la Academia, sino por la existencia misma. La sonrisa de Zed seguía allí, brillando bajo la luna de Buenos Aires, mientras Lionel comprendía que se había aliado con el bando que no buscaba la justicia, sino el olvido absoluto.