Javier no descendió como un ángel, ni cayó como un demonio; se filtró en la realidad como una mancha de aceite sobre agua cristalina. Había aterrizado mucho más lejos que su hermano Zed, eligiendo los márgenes sombríos de Buenos Aires para evitar el radar de la Academia. A diferencia de la agonía de Zed, la caída de Javier había sido un ejercicio de precisión quirúrgica. Se sentía completo, imbuido de una euforia oscura; finalmente se había librado de la vigilancia constante de su hermano, cuya presencia le resultaba ya una carga asfixiante.
Javier no servía al Cielo, ni rendía pleitesía al Infierno. Su ambición era un incendio que pretendía devorar todo lo existente: el Olimpo, el Purgatorio y las dimensiones más allá del velo. Él no buscaba una victoria para Dios; buscaba heredar el trono de la creación y forjar una nueva generación que comandara las cenizas del mundo.
Para lograrlo, necesitaba una pieza clave: Óscar Rose. Rescatar al primogénito de la familia Rose del foso del Infierno no era un acto de misericordia, sino el primer movimiento de un jaque mate universal.
El camino hacia el rescate exigía un sacrificio tétrico, un ritual de muerte clínica que solo una entidad podía facilitar. Javier buscó a Elif, una deidad antigua y voluble que habitaba en ese momento el cuerpo de un hombre de mediana edad, cuya mirada vacía delataba la posesión. La encontró en un sótano húmedo donde el olor a moho se mezclaba con el de la sangre vieja.
—Javier... —siseó Elif a través de los labios de su recipiente, dibujando una sonrisa que estiraba la piel de forma antinatural—. ¿Qué hace un príncipe del Cielo aquí abajo? Deberías estar entonando himnos en el azul eterno junto a tu Padre, ¿no crees?
—Calla y trabaja —respondió Javier, su voz era un crujido de hielo seco. Intentó imitar la sonrisa de ella, pero sus músculos faciales, desacostumbrados a la calidez de la emoción, solo lograron una mueca inquietante—. Ambos sabemos que tu lealtad se vende al mejor postor. Considérame tu cliente más peligroso.
Elif soltó una carcajada ronca.
—Tienes razón. No seré yo quien le niegue un capricho al Nephilim.
Con una eficiencia macabra, Elif preparó el escenario. Colocó dos bañeras metálicas industriales, las cuales llenó con agua helada y bloques de hielo que flotaban como témpanos. El frío que emanaba de los recipientes era sobrenatural, capaz de detener el pulso de un mortal en segundos.
—Necesito algo que lo ancle a este plano —pidió Elif.
Javier sacó del bolsillo un reloj de bolsillo de plata antigua, una reliquia que pertenecía al mayor de los Rose. El metal vibraba con la energía residual de su dueño. Se lo entregó a la mujer y ella le tendió la mano para guiarlo hacia la muerte inducida.
Javier se sumergió en el agua helada. El impacto térmico fue un latigazo que detuvo su corazón, pero en ese instante de vacío biológico, su consciencia se proyectó al centro mismo del Infierno. Localizar a Óscar Rose fue sencillo; el alma del joven brillaba con una desesperación que Javier pudo rastrear entre los lamentos de los condenados. Lo tomó por el cuello con una fuerza brutal y, con un desgarro mental, lo lanzó hacia la superficie, hacia la Tierra.
Elif tiró de Javier, sacándolo de la bañera. Él emergió jadeando, con los ojos inyectados en sangre y la piel de un azul cadavérico. El ritual estaba completo. En el reloj de plata, las doce campanas marcaron la medianoche. En algún cementerio olvidado de la provincia, la tierra comenzaría a removerse; el fin del mundo ya no era una profecía, sino una cuenta regresiva.
—Javier... ¿sabes el precio que pagarás por esto? El Cielo no perdonará que hayas traído a un muerto de vuelta —advirtió Elif, mientras el agua goteaba del cuerpo del Nephilim.
—No me importa —respondió Javier, poniéndose en pie mientras su Gracia recalentaba su cuerpo—. Nadie debe saber que él ha vuelto. Si los otros ángeles vienen preguntando, diles lo que quieras, pero mantén su regreso en las sombras.
—¿Y si Luke lo encuentra? —preguntó Elif con curiosidad.
—Entonces el caos será perfecto —sentenció Javier.
A kilómetros de allí, bajo la lluvia, una mano pálida rompió la superficie de una tumba sin nombre. Óscar Rose estaba de regreso, y con él, el secreto que destruiría la última esperanza de Jane y la Academia.