1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 20

El aire no llegaba. Óscar Rose despertó en una oscuridad tan absoluta que parecía sólida, una masa negra que presionaba sus pulmones hasta el colapso. Sus últimos recuerdos eran fragmentos de dolor puro: el frío gélido de una espada angelical atravesando su esternón, el sabor metálico de la sangre en su garganta y la visión de sus propios ojos perdiendo el brillo mientras el suelo de la Academia subía a recibirlo. Debería estar muerto. Su destino lógico era el Infierno, el lugar donde los Rose pertenecían por derecho de sangre, pero aquí estaba, inhalando el polvo de su propio ataúd.

El pánico, una emoción que Óscar siempre había despreciado, lo invadió cuando sus dedos rozaron el forro de seda barata y la madera sólida que lo rodeaba. Tanteó en su bolsillo y, por un milagro de la fortuna o del destino, encontró su reloj encendedor. El pequeño mecanismo chisporroteó, bañando el reducido espacio con una luz anaranjada y vacilante. El humo del encendedor comenzó a consumir el escaso oxígeno, pero Óscar no se detuvo; usó la llama para debilitar la madera del féretro hasta que el olor a resina quemada se volvió insoportable.

Con un rugido de pura desesperación, pateó la tapa. La madera crujió y cedió. Para su suerte, la tumba era reciente y no estaba sepultada bajo metros de tierra compacta. Sacó la mano, desgarrando la superficie hasta que sus dedos tocaron el pasto húmedo y el aire frío de la noche bonaerense. Emergió como un espectro, cubierto de lodo y astillas, con una sed que le quemaba las entrañas y un hambre que rugía como una bestia despertada tras un largo letargo.

Sin pensarlo, se teletransportó. El "Lin" fue doloroso, como si sus moléculas se resistieran a unirse de nuevo, pero funcionó. Apareció en su antigua habitación en la mansión Rose. Todo estaba igual: los libros de cuero, las cortinas pesadas, el olor a humedad y privilegio. Sin fuerzas para llegar a la cama, se desplomó contra la pared, dejando que el frío del muro sostuviera su espalda mientras el sueño lo reclamaba.

Horas después, un aroma lo despertó. No era el perfume de su madre ni el tabaco de su padre. Era un olor putrefacto, una mezcla de ozono purificado y carne quemada: la firma de la gracia angelical. Óscar abrió los ojos de golpe y se encontró con una figura que desafiaba toda clasificación. Era un joven de belleza letal, pero en su interior vibraba algo oscuro, algo demoníaco que se retorcía bajo una piel de porcelana.

—¿Quién eres? —preguntó Óscar, su voz era un raspado seco, casi irreconocible.

—Soy Javier —respondió el intruso, observándolo con una curiosidad clínica, como si Óscar fuera un insecto bajo un microscopio.

—¿Qué... qué eres? —insistió Óscar, detectando la dualidad que emanaba del extraño.

—Un ángel del Señor —contestó Javier con una sonrisa que no mostraba ni un ápice de santidad.

Óscar alzó una ceja, la incredulidad grabada en su rostro pálido. De pronto, un dolor de cabeza fulminante le partió el cráneo. Imágenes del Foso, de lamentos eternos y de la oscuridad del Infierno inundaron su mente como un torrente de agua sucia. Cuando el dolor remitió y pudo enfocar la vista de nuevo, Javier seguía allí, imperturbable.

—Si eres lo que dices —espetó Óscar, sosteniéndole la mirada—, ¿por qué un ángel me rescataría del Infierno? Los de tu clase suelen disfrutar enviándonos allí, no sacándonos de excursión.

Javier se acercó, sus pasos no producían sonido alguno sobre el suelo de madera.

—A veces ocurren cosas buenas, incluso para alguien como tú, Rose. ¿Acaso crees que no mereces ser salvado?

—No creo en la redención, y menos en la de los ángeles. ¿Por qué lo hiciste? ¿Cuál es el precio?

Javier guardó silencio durante un latido, dejando que el suspenso llenara la habitación como un gas venenoso. Se inclinó hacia Óscar, y sus ojos brillaron con una luz dorada que ocultaba una sombra insondable.

—Porque Dios me lo ordenó —susurró Javier.

Óscar negó con la cabeza, una risa amarga escapando de su pecho. Era imposible. El Dios que él conocía por las leyendas de su familia era un juez implacable, no un salvador de demonios. Óscar supo en ese instante que Javier mentía, o peor aún, que la definición de "Dios" para aquel híbrido era algo que la humanidad no estaba preparada para comprender. El regreso del mayor de los Rose no era un milagro; era la primera pieza de una carnicería celestial.




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