1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 21

Luke caminó hacia el punto de encuentro con el peso de siglos sobre sus hombros. Detestaba la sumisión, pero el linaje de los Rose no era una herencia, era una condena. Al llegar, su padre, Dean, ya lo esperaba. El hombre mantenía una sonrisa gélida que no alcanzaba sus ojos azul oscuro, una mirada que Luke había aprendido a temer antes de aprender a hablar. Dean no necesitaba alzar la voz para imponer su voluntad; su sola presencia evocaba imágenes de muerte y destrucción, recuerdos que Luke sentía grabados en su mente pero que, por alguna razón, no lograba visualizar con claridad. Había lagunas en su memoria, espacios en blanco que se negaban a ser pintados, y ese vacío lo estaba volviendo loco.

—Sé lo que estás planeando, y no se hará —sentenció Dean, su voz era un látigo de seda—. Traerás a tu hermano de vuelta o te juro por mi propia sangre que yo mismo mataré a esa perra. Elige, hijo: el destino de Óscar o el cadáver de Jane Mitchell.

La mención de Jane encendió una chispa de rebelión en Luke. En un arranque de furia, empujó a su padre contra una pared de piedra medio derruida. Los escombros crujieron, pero Dean ni siquiera parpadeó, ya que conocía muy bien a su hijo.

—Bien... lo haré —escupió Luke, soltándolo con asco.

Una sonrisa de superioridad emergió en la boca de Dean ante la respuesta obvia de su hijo.

—Seguirás el plan original. Nuestro plan —insistió Dean, recomponiéndose con una elegancia depredadora.

—No queda tiempo... la invasión ya comenzó.

—Hay el suficiente. ¡Hazlo!

Luke se dio la vuelta, con las manos temblando de impotencia. No quería ser el verdugo de su propia moral, pero la idea de ver a Jane morir era un abismo que no estaba dispuesto a cruzar. Se teletransportó a la Academia y la encontró en uno de los pasillos laterales, un rincón de arquitectura gótica que ella solía frecuentar para pensar. Al verlo, Jane no lo recibió con un abrazo, sino con un empujón cargado de reproche.

—Jane... —susurró él, intentando acercarse.

—Estuve investigando sobre Elif —espetó ella, con los ojos brillando por la indignación—. Dicen que ella es la única que conoce los hilos que conectan la vida con el foso. ¿Por qué no me dijiste que ella podía ayudarnos a detener a Óscar?

Luke tragó saliva. La verdad era un campo minado.

—Iremos a verla ahora mismo —concedió, tomándola de la mano.

En un parpadeo, aparecieron en el lúgubre sótano de Elif. La deidad, habitando el cuerpo marchito de un anciano, parecía alterada, como si el tejido de la realidad se hubiera rasgado recientemente bajo su techo. Al ver a un Rose entrar en su dominio, su rostro se contrajo en una mueca de repulsión.

—¿Qué hace un Rose aquí? —siseó Elif, su voz era un chirrido que arañaba los oídos—. ¿Acaso no han causado suficiente caos por una noche?

—Queremos detener la llegada de mi hermano —cortó Luke, ignorando las preguntas—. Dime que hay una manera.

—Luke, tú sabes bien que la hay —respondió Elif con una sonrisa maliciosa—. Pero no quieres aceptarla, porque el ingrediente principal no es algo que puedas comprar en...

—¡Basta! —rugió Luke, interrumpiéndola antes de que las palabras llegaran a los oídos de Jane—. No dejaré que ella oiga tus juegos.

—¡Yo quiero oír! —exclamó Jane, dando un paso al frente.

—No, Jane. No quieres —insistió Luke, tomándola por los hombros—. Te lo contaré todo, pero no aquí, no así. Confía en mí.

Elif soltó una carcajada seca que sacudió su recipiente humano.

—Él tiene razón, cariño. Ve a buscar lo que falta. Si realmente quieres salvarlo, consigue esto —le tendió un trozo de pergamino arrugado con una lista de ingredientes que parecían sacados de una pesadilla: hierba de tumba reciente, esencia de azufre puro y una gota de voluntad rota.

Jane asintió, decidida a ser útil, y salió de la habitación para rastrear los elementos por la ciudad. En cuanto la puerta se cerró, el silencio entre Luke y Elif se volvió denso como el plomo.

—Niño, sabes lo que el ritual exige —dijo Elif, acercándose a él—. Necesitas la sangre de un vínculo puro para sellar la puerta del Infierno. Si no usas a la chica de la manera correcta, ella morirá desangrada de todos modos cuando el portal intente cerrarse.

—¡No! —Luke golpeó una mesa, sus ojos inyectados en sangre—. No dejaré que le pase nada. La amo, Elif. Esto no es solo para salvar el mundo... No quiero que ella crea que la utilicé como un simple catalizador.

—Entonces prepárate —advirtió la deidad—, porque si no es su sangre, será la tuya. Y los Rose no son conocidos por su sacrificio, sino por su egoísmo.

Luke asintió con amargura, guardando el secreto en lo más profundo de su pecho justo cuando Jane regresaba con los ingredientes, sin sospechar que su propia vida era la moneda de cambio en el juego de los Rose.




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