1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 22

La lista que Elif le había entregado a Jane no era una simple enumeración de objetos; era una receta para el desastre. Los ingredientes —una pluma de ángel, gracia purificada, el corazón de un celestial y sangre de demonio— parecían conceptos abstractos, imposibles de reunir en una sola noche. Sin embargo, Jane no dudó. Sus pasos la guiaron hacia las catacumbas, esa frontera húmeda y rancia donde el mundo de los vivos se deshilacha para dar paso al Infierno.

Al llegar a las puertas del abismo, el aire se volvió pesado, con un regusto a hierro y azufre. Un guardián la esperaba: un demonio de rostro asqueroso, con dientes amarillos y astillados que supuraban una sustancia viscosa. Pero lo que detuvo el corazón de Jane fueron sus ojos; eran orbes de una belleza hipnótica, profundos y claros, una joya incrustada en una máscara de podredumbre.

—¿Qué buscas aquí, Jane Mitchell? —preguntó el ser, su voz era un borboteo de lodo.

—Sabes exactamente lo que busco —respondió ella, endureciendo la mandíbula. El miedo era un lujo que ya no podía permitirse—. Entrega lo que necesito o descubre si los rumores sobre mi linaje son ciertos. Tú decides si quieres que este sea tu último aliento.

El demonio, un cobarde que apenas sabía cómo cerrar un trato por un alma errante, se hizo a un lado con una reverencia burlona. Jane avanzó hacia el interior, donde un puente de piedra oxidada cruzaba un abismo sin fondo. El vacío debajo de ella parecía succionar la luz, y por un instante, el vértigo la hizo tambalear. Sus manos sudaban, aferrándose a la baranda carcomida por el tiempo mientras una sola gota de sudor frío recorría su frente.

Al final del tramo, la niebla se espesó. De entre las sombras emergió un demonio de clase alta, una figura imponente envuelta en un aura de autoridad. Sus ojos eran de un azul eléctrico que mutaba hacia un morado místico, un color que Jane jamás había visto. El guerrero portaba una gracia angelical que emanaba de él como calor radiactivo, revelando su naturaleza híbrida. Antes de que ella pudiera defenderse, él la tomó por los hombros.

—Sé lo que buscas —sentenció el extraño con un tono dominante—. Sal de aquí. Lo que necesitas te espera en la entrada. No malgastes tu tiempo en este pozo.

Jane no esperó una segunda advertencia. Corrió hacia la salida, donde encontró los recipientes con los ingredientes celestiales. Solo faltaba la sangre, y ella sabía dónde encontrarla. Se teletransportó de regreso al sótano de Elif, interrumpiendo un silencio sepulcral entre la deidad y Luke. Las expresiones de ambos eran máscaras de terror; temían que ella hubiera escuchado la verdad sobre el precio del ritual.

—Lo tengo todo —dijo Jane, dejando los ingredientes sobre la mesa de madera vieja.

Elif ya había preparado la bañera. El agua estaba erizada de hielos que chocaban entre sí con un sonido cristalino y fúnebre. Luke se acercó a ella, rodeando sus hombros con una ternura que se sentía como una despedida. Jane se sumergió en el frío absoluto, sintiendo cómo su pulso se apagaba. Por un segundo, creyó ver el final, pero al emerger, solo encontró el caos.

—Es tarde... —susurró, tiritando.

Un estruendo sacudió los cimientos del edificio. La invasión había alcanzado su punto crítico. Al salir, la Academia era un campo de batalla iluminado por explosiones de luz blanca. Los ángeles que descendían eran diferentes: vestían armaduras de un negro azabache y máscaras plateadas sin rasgos. Sus ojos brillaban como luciérnagas frenéticas en la oscuridad.

Jane se lanzó a la lucha, sus movimientos eran una danza mortal. Uno de los ángeles de negro la marcó como objetivo, y ambos se enzarzaron en un duelo de espadas que parecía coreografiado. El metal chocaba con un ritmo hipnótico hasta que Jane, en un movimiento que había ensayado mil veces en sus sueños, conectó una patada en el pecho del ser. El ángel se desvaneció en el aire como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí solo un rastro de ozono.

Jane sonrió, buscando la mirada de Luke para compartir el triunfo, pero él la observaba con el ceño fruncido, su rostro era una elegía de dolor silencioso.

El tiempo se detuvo. Un frío repentino, más intenso que el de la bañera de Elif, atravesó su caja torácica. Jane bajó la vista y vio la punta de una hoja plateada asomando por su pecho. El dolor fue un estallido blanco que luego se desvaneció en una entumecedora calma. Cayó de rodillas, con los ojos abiertos de par en par, mientras veía cómo sus propias lágrimas —unas que no sentía caer— mojaban el suelo de la Academia.

Luke corrió hacia ella, recogiéndola en sus brazos antes de que tocara el suelo. Limpió su rostro con manos temblorosas, pero Jane ya no podía sentir su tacto. El azul de los ojos de Luke fue lo último que registró antes de que la oscuridad reclamara su visión. Su mano cayó pesadamente, golpeando la piedra con un eco sordo. Luke la soltó, y en ese instante de transición, Jane pudo ver el final de la historia: un final que ella no había escrito, pero que su sangre acababa de sellar.




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