1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 24

Tras el destello final de los ojos azules de Luke, el mundo de Jane se fragmentó. No hubo oscuridad, sino una claridad cegadora que la obligó a parpadear. Al abrir los ojos, ya no sentía el frío suelo de la Academia ni el peso del acero en su pecho. Se encontró sentada en una banca de hierro forjado, rodeada de un parque de una belleza insoportable: el césped era de un verde esmeralda irreal y el aire olía a jazmines y eternidad.

Era un lugar demasiado pacífico para una guerra, demasiado perfecto para ser real. Jane se puso en pie, pero un escalofrío recorrió su columna cuando notó que, con cada paso, la hierba bajo sus pies se marchitaba y se tornaba ceniza negra. La naturaleza misma retrocedía ante su presencia. Aunque el sol brillaba en el cenit, la luz se sentía estática, como si el tiempo se hubiera detenido en un mediodía perpetuo.

—Bienvenida al Cielo, señorita Mitchell —dijo una voz aterciopelada a sus espaldas.

Jane se giró bruscamente. Frente a ella se alzaba un hombre de una elegancia divina, envuelto en un aura que no pertenecía a ángeles ni a demonios. Su sonrisa era cálida, pero sus ojos guardaban una inteligencia milenaria que la hizo retroceder.

—No... yo debo regresar —balbuceó Jane, con la imagen de Luke sufriendo grabada en su mente—. Mi hermano, Luke... ellos están buscándome. No puedo quedarme en este paraíso mientras ellos se hunden en la nada.

—Janette, escúchame —interrumpió el hombre, y su mirada cambió. El azul de sus pupilas se derramó hasta cubrir todo el globo ocular en un negro absoluto—. Sé que quieres ayudarlos a encontrar la salida, pero ya no hay retorno por los medios convencionales. Solo hay una forma de volver, y tiene un precio que no estás lista para pagar. Debes dejarme entrar.

Jane sintió que el aire se volvía denso, cargado de un magnetismo peligroso. La máscara de divinidad del hombre se resquebrajó, revelando una oscuridad juguetona y cruel.

—Mientes —sentenció Jane, apretando los puños—. Esto no es el Cielo. Estás usando este lugar para confundirme... Lucifer.

El hombre soltó una carcajada infantil, una risa que resonó en el parque como cristal rompiéndose.

—Si te hubiera dicho la verdad desde el principio, te habrías espantado, querida Jane. Y el miedo estropea el sabor del trato.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó ella, sintiendo cómo el calor de sus pies quemaba el suelo con más intensidad.

—Quiero acabar con los hijos favoritos de Papi —respondió él, refiriéndose a los ángeles—. Yo también soy uno de ellos, pero a diferencia de mis hermanos, yo prefiero vivir. Mi plan es simple: tú aceptas, yo te devuelvo a la vida, destruyo a esas "luciérnagas" con máscara de plata y luego me marcho. Seré tu huésped, Jane. Solo un pasajero en tu cuerpo.

Jane observó al Príncipe de las Tinieblas. Parecía un niño aburrido jugando con soldados de plomo, pero sabía que su ayuda era la única llave para volver con Luke. La desesperación fue más fuerte que la prudencia.

—Bien... acepto —susurró.

—Las palabras importan, Janette. Debes invitarme formalmente —dijo él, con una sonrisa depredadora.

Jane cerró los ojos, sintiendo el vacío de su propia muerte acechándola.

—Sí. Entra.

El impacto fue volcánico. Jane sintió una invasión de sombras líquidas recorriendo sus venas, quemando cada nervio y reclamando cada recuerdo. No fue una unión, fue una conquista. De repente, su consciencia se vio empujada a un rincón oscuro de su propia mente, como una espectadora en un teatro abandonado. Veía a través de sus ojos, pero no podía mover un solo dedo. Lucifer manejaba sus hilos con una destreza aterradora.

—Despierta... vamos, Jane, despierta —se ordenó a sí misma desde las profundidades de su psique.

Pero el control era absoluto. Lucifer la mantenía en un sueño lúcido, una jaula de oro donde ella podía gritar sin ser escuchada. Afuera, el cuerpo de Janette Mitchell abrió los ojos en los brazos de un Luke desesperado, pero la mirada que devolvió no era la de la chica que él amaba, sino el brillo gélido y triunfal del primer ángel caído.




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