1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 25

El despertar no fue un estallido de luz, sino una lenta y dolorosa reconexión con la carne. Cuando Jane Mitchell abrió los ojos, el techo de la habitación de Luke parecía una lápida de piedra sobre ella. El aire se sentía denso, como si tuviera que abrirse paso a través de agua para llenar sus pulmones. Intentó mover los dedos, pero sus extremidades pesaban una tonelada; una inercia antinatural gobernaba sus músculos, como si su alma estuviera mal ajustada dentro de su propio cuerpo.

Con un esfuerzo que le hizo rechinar los dientes, logró incorporarse. El colchón se hundió bajo su peso, pero ella no sentía la suavidad de las sábanas. Había un entumecimiento general, un vacío donde antes latía el pulso. No recordaba cómo había llegado allí. Sus últimos recuerdos eran destellos de un parque eterno y una risa infantil que olía a azufre, pero ahora, el silencio de la Academia de Demonios era lo único que la rodeaba.

Se puso en pie con torpeza, sintiendo un vértigo que la obligó a apoyarse en la pared. Al salir al pasillo, la institución se sentía diferente. Las antorchas de fuego fatuo proyectaban sombras más largas y el aire traía un eco de batallas que ya no rugían. Jane caminó por los corredores góticos, arrastrando los pies hasta que divisó una figura familiar en el patio de entrenamiento.

Allí estaba Luke. Se veía más delgado, con ojeras profundas que daban a sus ojos azules un aspecto febril. A su lado, los demás chicos —Max, Lionel, Rory— se movían con una cautela mecánica, como soldados que han olvidado por qué luchan pero no cómo hacerlo.

—¡Luke! —exclamó Jane, su voz sonando extraña en sus propios oídos, como si viniera de una habitación lejana.

Luke se giró bruscamente. Por un segundo, el terror cruzó su rostro antes de ser reemplazado por una máscara de incredulidad absoluta. Corrió hacia ella, deteniéndose a un centímetro de tocarla, como si temiera que se desvaneciera en ceniza.

—Jane... ¿cómo es posible? —susurró él, con la voz quebrada.

Ella no esperó respuesta. Tomó el rostro de Luke entre sus manos; su piel se sentía extrañamente fría al contacto con la de él. Comenzó a besarlo con una desesperación que buscaba anclarla a la tierra, buscando en su calor la prueba de que seguía viva. Luke respondió al principio, pero luego se tensó, una rigidez que Jane no pudo ignorar.

—Estoy bien, Luke. Estoy aquí —dijo ella, alzando una ceja con esa chispa de desafío que siempre la caracterizaba—. ¿Y tú? Pareces haber visto a un fantasma.

—Es que lo eres, Jane... o deberías serlo —respondió él, pasando sus manos por su cabello oscuro y alborotándolo en un gesto de pura ansiedad—. Te perdiste mucho. No fueron días, Jane. Han pasado meses desde la invasión. Las cosas que sucedieron... fueron una tragedia tras otra.

El corazón de Jane —o lo que ocupaba su lugar— dio un vuelco. ¿Meses? En su mente, apenas habían pasado unos minutos desde que cayó en sus brazos.

—¿Qué sucedió? Dime la verdad —exigió ella, sintiendo cómo el miedo comenzaba a filtrarse por las grietas de su memoria.

Luke la miró con una tristeza insondable. Parecía querer gritarle la verdad, pero sus labios solo formaron una línea dura. Su aura, antes brillante y protectora, ahora se sentía blindada, como si guardara un secreto que podría matarla.

—No puedo hablar de eso ahora, Jane. Tu mente no está lista para esta carga —dijo Luke, con una calma que parecía ensayada—. Ve a descansar. Mañana... mañana intentaremos reconstruir los pedazos.

—Bien —cedió ella, aunque la sospecha le quemaba el pecho—. Pero vendrás conmigo. Me quedaré en tu habitación.

Jane se acercó para depositar un beso suave en su frente, un gesto de intimidad que solía calmarlos a ambos. Sin embargo, en cuanto sus labios rozaron la piel de Luke, él se apartó de un salto, como si hubiera sido quemado por hierro al rojo vivo. Sus ojos azules se dilataron por un instante de puro pavor antes de recuperar la compostura.

—Tengo cosas que atender —murmuró Luke, dándole la espalda y alejándose a pasos rápidos hacia la oscuridad del patio.

Jane regresó a la habitación, confusa y herida. Se recostó en la cama, sintiendo un cansancio que no provenía del esfuerzo físico, sino de algo más profundo. Cerró los ojos, pero en la oscuridad de su mente, una risa conocida volvió a resonar. No estaba cansada por haber vuelto a la vida; estaba agotada porque la entidad que habitaba en su interior acababa de despertar de su siesta, y no tenía intenciones de devolverle el control.




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