Hace algunos meses...
El tiempo parecía haberse congelado en el patio de la Academia, pero para Luke Rose, el universo se había reducido al peso inerte que sostenía entre sus brazos. Sus manos, manchadas con la sangre de Janette Mitchell, temblaban de una forma que nunca antes habían experimentado. Nada había salido de acuerdo al plan. La estrategia de defensa, los hechizos de protección, las promesas de un futuro juntos... todo se había desvanecido en el aire, reemplazado por el vacío gélido que emanaba del cuerpo de la chica que amaba. La culpa le subía por la garganta como hiel; sabía, con una certeza que le desgarraba el alma, que cada una de esas heridas eran, en última instancia, responsabilidad suya.
Dean Rose se acercó a su hijo con la parsimonia de un depredador que ya ha ganado la partida. Lo tomó del hombro con una fuerza que buscaba arrancarlo de su duelo, obligándolo a ponerse en pie.
—¡Dime! —exclamó Luke, su voz rompiéndose en un grito que resonó contra las paredes góticas del edificio—. ¡Dime qué demonios ha pasado!
Dean no se inmutó ante el arrebato de su hijo. Lo miró fijamente con sus ojos azul oscuro, orbes fríos que parecían contener siglos de secretos inconfesables. En su rostro no había rastro de compasión, solo esa arrogancia aristocrática que hacía que cualquier tragedia pareciera un simple inconveniente logístico.
—Tú no podías morir, Luke. Tu sangre es demasiado valiosa para este suelo —respondió Dean con una franqueza que caló en los huesos de su hijo—. Pero podías hacer algo mucho más importante que sobrevivir. Y lo hiciste. Fuiste el catalizador, el detonante necesario.
—¡Jane murió! —le espetó Luke, encarándolo con los puños cerrados—. ¡Murió por mi culpa, por tu maldito plan! ¿Eso es lo que querías? ¿Verla desangrarse en mis brazos?
Dean sostuvo la mirada de Luke sin pestañear. Por un instante, una chispa de algo parecido a la satisfacción brilló en sus pupilas, una sombra que Luke no alcanzó a descifrar del todo.
—Así es —admitió Dean, su tono era tan cortante como una hoja de afeitar—. Pero tranquilízate, hijo mío. En nuestro mundo, la muerte no es más que una puerta giratoria. No todo lo que cae queda enterrado, y mucho menos un demonio con la voluntad de hierro de Janette Mitchell.
El ceño de Luke se frunció violentamente. La respuesta de su padre no era un consuelo; era una amenaza envuelta en misterio. Las palabras "no quedará así" flotaron en el aire pesado del patio, cargadas de una implicación siniestra.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué le vas a hacer? —insistió Luke, sintiendo un nuevo tipo de pánico, uno que nacía de la sospecha de que la pesadilla de Jane apenas estaba comenzando.
—Por ahora, nada —sentenció Dean, dándose la vuelta para observar el horizonte donde las luces de Buenos Aires empezaban a parpadear bajo la luna—. Solo recuerda que los Rose no lloramos sobre las tumbas, Luke. Nosotros las usamos como cimientos. El sacrificio de la chica Mitchell ha abierto un camino que ni siquiera los ángeles negros podrán cerrar.
Luke observó la espalda de su padre, dándose cuenta de que la verdad que Dean le ofrecía no era más que una versión editada de una historia mucho más oscura. Mientras el cuerpo de Jane empezaba a enfriarse, Luke comprendió que su padre ya no la veía como a una persona, sino como a una llave. Y lo que más le aterraba era que él mismo, con su amor y su desesperación, había sido la mano que la hizo girar en la cerradura.