La alarma del reloj de mesa estalló con un sonido metálico e insoportable que taladró los oídos de Jane. En un acto reflejo, estiró la mano para acallarlo, pero solo logró lanzarlo al suelo, provocando un estruendo que terminó de arrancarla del sopor. Se levantó de la cama, sintiendo cada músculo de su cuerpo como si hubiera sido molido a golpes, y finalmente detuvo el aparato.
Caminaba con paso vacilante hacia el baño de la habitación de Luke cuando un murmullo la detuvo. Era una voz desconocida, una frecuencia vibrante y cargada de una malevolencia elegante que nunca antes había escuchado.
—No es posible... —La voz de Luke llegó como un susurro arrastrado por el viento, tan fina que Jane pudo detectar el rastro de un pavor ancestral en ella—. Tú no deberías estar aquí. Yo te vi...
—Lo sé —replicó la otra voz, gélida y burlona—. Tú, maldito bastardo de sangre oscura. Creíste que tu pequeña traición sería el final, ¿verdad?
Jane salió del baño con el ceño fruncido, impulsada por un instinto protector que quemaba en su pecho. En el centro de la estancia, frente a un Luke visiblemente perturbado, se hallaba un joven alto. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado y sus ojos verdes, intensos como esmeraldas pulidas, relucían con una luz depredadora. Iba impecable, con una pulcritud que contrastaba con el caos emocional de la habitación. Al notar la presencia de Jane, el desconocido dibujó una sonrisa que combinaba el valor de un guerrero con el horror de un verdugo, una expresión mucho más inquietante que cualquier mueca que los Rose hubieran mostrado antes.
—¿Qué haces aquí, Jane? —preguntó Luke, interponiéndose rápidamente entre ella y el extraño, actuando como un escudo humano.
—¿Jane? ¿La pequeña Mitchell? —dijo el rubio, recorriendo su figura con una mirada que parecía pesar toneladas.
—Oí cómo te hablaba —murmuró Jane al oído de Luke, ignorando al intruso—. No iba a quedarme de brazos cruzados.
El joven de ojos verdes se adelantó y, con un movimiento fluido y una fuerza descomunal, apartó a Luke de un empujón. Jane retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra una estantería cargada de libros antiguos y revistas amarillentas. El aire pareció escasear.
—¿Estás asustada, Jane? —preguntó él, inclinándose hacia ella.
Jane negó con la cabeza, aunque sus manos temblaban. Se escabulló por un costado para ayudar a Luke a incorporarse.
—¿Quién diablos eres? —rugió Luke, con los ojos azules encendidos en furia hacia el ojiverde.
—¿En serio no lo sabes? —contraatacó el rubio con una carcajada seca.
—Es tu hermano —intervino Dean Rose desde el umbral, con una sonrisa triunfal que heló la sangre de todos—. Óscar ha vuelto a casa.
—No es posible... —susurró Luke, retrocediendo hacia Jane.
Ella lo rodeó con sus brazos, acariciando su cabello rubio desordenado en un intento de anclarlo a la realidad. Al mirarlo a los ojos, sintió que algo había cambiado drásticamente. Lo amaba, sí, pero era un amor teñido por la extrañeza de su propio regreso, una sensación de que el tiempo se les escapaba entre los dedos.
—¡Óscar! —exclamó la madre de Luke, entrando en la habitación y lanzándose a los brazos del recién llegado con lágrimas en los ojos.
—Así es, mamá. He vuelto del foso —respondió Óscar, estrechándola con una fuerza que parecía más posesiva que afectuosa.
Luke tomó la mano de Jane y la guio de regreso al refugio de su dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.
—Luke, ve con ellos. Tienen que hablar —susurró Jane, sentándose sobre el edredón de seda oscura.
—No. No quiero estar cerca de él —sentenció Luke, sentándose a su lado con la mirada fija en el suelo—. Siento que algo ha muerto definitivamente hoy, y no es él.
—Tienes que hacerlo, Luke. Es tu sangre. Deben compartir el tiempo que les fue robado —Jane tomó el rostro de Luke entre sus manos, acariciando sus pómulos con la yema de sus pulgares. Su piel era tan suave que parecía irreal bajo el tacto de ella.
—No —susurró él, acortando la distancia entre sus labios—. Solo quiero estar contigo.
Jane sonrió débilmente antes de cerrar los ojos. Cuando sus labios se encontraron, la magia estalló en sus sentidos. No era un beso común; era una fusión de lenguas y "almas" que parecía ser la única forma de comunicación verdadera en ese mundo de mentiras. Las manos de Luke, grandes y cargadas de esa energía eléctrica que Jane tanto extrañaba, la atrajeron por la cadera hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre ellos.
Jane se separó lentamente, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Luke, de verdad... anda. Tienes que ir.
—Por favor, no me obligues —suplicó él con esos ojos de cachorro que siempre terminaban por desarmarla—. No confío en él. No confío en lo que mi padre ha traído de vuelta.
Jane lo miró fijamente. Una pregunta que no quería formular emergió de sus labios.
—¿Qué me está pasando, Luke? Siento que todo es... diferente.
—¿Qué sientes? —preguntó él, buscando una respuesta en sus pupilas.
Que te amo con una fuerza que me aterra, quiso decir ella. Pero la presencia que dormitaba en su interior, esa sombra de Lucifer que compartía su cuerpo, filtró sus palabras.
—No lo sé —respondió finalmente.
—¿Por qué no vuelves conmigo del todo, Jane? —imploró Luke, mirando la puerta como si el resto del mundo fuera una amenaza—. Te necesito. No me dejes solo con ellos.
—Jamás te dejaré. Lo sabes —dijo ella, volviendo a tomar su rostro para sellar la promesa con otro beso, uno que sabía a despedida y a reencuentro al mismo tiempo.