1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 28

Después de la tragedia...

Lionel caminaba por el ala este de la Academia, sintiendo cómo el peso de sus alas invisibles arrastraba una culpa insoportable. La discusión con Max todavía resonaba en sus sienes como un martilleo constante. Sabía que Max merecía la verdad sobre la crueldad de Zed y Javier, pero verlo tan vulnerable, tan roto y distante, le resultaba un tormento superior a cualquier castigo celestial. No podía dejarlo solo; no cuando el aire mismo de la institución olía a traición y ceniza.

Al llegar a la habitación de Max, Lionel se detuvo frente a la madera oscura. Golpeó con los nudillos, un sonido seco que pareció morir en el vacío. No hubo respuesta, ni el roce de unas sábanas, ni el suspiro de una respiración.

—Max... —susurró Lionel, apoyando la frente contra la puerta—. Necesito hablar contigo. No estás solo en esto, por favor, déjame ayudarte.

Reiteró su súplica, pero el silencio persistió, denso y acusador. Lionel estaba a punto de retirarse cuando un estruendo seco, como el de un cuerpo colapsando contra el suelo, lo dejó estupefacto. El pánico, esa emoción humana que se filtraba en su gracia como un veneno, se apoderó de él. Sin pensarlo, se teletransportó al interior.

La habitación estaba en penumbra, pero sus ojos de ángel captaron la escena de inmediato. Max yacía en el suelo, ovillado, presionando sus manos contra su abdomen con una fuerza desesperada. La sangre, oscura y espesa, se filtraba entre sus dedos, manchando la alfombra y su propia piel. Al parecer, en el fragor de la batalla contra los ángeles negros, Max había recibido una herida similar a la que acabó con Jane, pero su orgullo le había impedido pedir auxilio.

—No... aléjate... —tosió Max, y un hilo de carmesí manchó sus labios, dándoles un aspecto macabro y hermoso a la vez—. Aléjate de mí, Lionel.

—Ni en mil años —sentenció el ángel.

Con una delicadeza que contrastaba con la urgencia del momento, Lionel lo tomó en brazos y lo depositó sobre la cama. Al sentarse a su lado, sus miradas se cruzaron. Los ojos verde azulados de Max, empañados por la fiebre y el dolor, le transmitieron un destello de ese amor antiguo que el olvido no había logrado borrar del todo.

—Tranquilo, descansa —susurró Lionel, depositando un beso casto en su frente—. Lo que voy a hacer te dolerá, pero sanarás. Eres más fuerte que este destino.

Lionel extendió sus manos sobre la herida abierta. Sus ojos comenzaron a brillar, pero la luz que emanó de ellos ya no era el blanco inmaculado del Cielo. Era un rojo sangre, intenso, pulsante y cargado de una energía prohibida. Lionel sabía que su gracia se estaba corrompiendo por sus deseos mundanos, pero no le importó. Si el precio de salvar a Max era su propia caída, lo pagaría con gusto.

—¡Para! ¡Duele demasiado! —gritó Max, retorciéndose mientras la luz roja sellaba su carne, quemando la infección celestial que lo consumía.

—Ya casi está... —murmuró Lionel al terminar.

Dejó sus manos reposar un momento sobre el abdomen ahora cicatrizado de Max. La piel era suave, y Lionel sintió cómo los músculos de Max se tensaban bajo su tacto, una reacción instintiva que hizo que el aire en la habitación se volviera eléctricamente cargado. El abdomen de Max se hundió en un suspiro y su pelvis se elevó levemente en un arco de alivio y tensión.

Lionel retiró las manos rápidamente, dejándolas sobre su regazo mientras evitaba la mirada del joven.

—Lo lamento... no debí... —susurró, sintiéndose indigno de esa cercanía.

Sintió la mano de Max sobre su hombro y, poco después, el peso de su cabeza apoyada contra la suya.

—Gracias... —susurró Max con voz ronca—. ¿Crees que podrías ayudar a Jane ahora que ha vuelto?

—No lo sé, Max. Ella... ella no regresó sola del foso —confesó Lionel con sinceridad—. Pero lo intentaré.

Lionel se levantó para marcharse, pero la voz de Max lo detuvo.

—¿Lionel?

El ángel se giró y se encontró con un Max que ya no era el niño herido de hace unos minutos. Se levantó de la cama con una determinación depredadora, moviéndose con un aire de superioridad que obligó a Lionel a retroceder hasta chocar contra la puerta. Max lo acorraló, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron. Antes de que Lionel pudiera procesar la invasión de su espacio personal, los labios de Max impactaron contra los suyos en un beso hambriento, desesperado y cargado de años de secretos reprimidos. Lionel se quedó estupefacto, sintiendo cómo su gracia roja vibraba ante el contacto, confirmando que, para bien o para mal, ambos estaban ahora ligados por algo mucho más oscuro que el destino.




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