—Espera —susurró Luke contra sus labios, un aliento cálido que Jane todavía no lograba procesar.
—¿Qué sucede? —se vio obligada a preguntar. La frialdad repentina de Luke actuó como un balde de agua helada sobre el incendio que acababan de encender.
—Suficiente, Jane —sentenció él. Con un movimiento brusco y el ceño fruncido en una expresión de amargura, la bajó de su regazo.
Jane sintió que el suelo ardía bajo sus pies. La humillación le subió por la garganta, picando como el azufre. Sin decir palabra, caminó hacia la puerta de la habitación, sintiéndose pequeña, sucia y, sobre todo, estúpida. En su mente resonaba una palabra del antiguo dialecto de las sombras: Jimin. En el diccionario de los demonios, un Jimin era aquel ser que solo buscaba el placer momentáneo para su propio beneficio, un parásito emocional. Jane se sentía exactamente así, una intrusa en el corazón de su mejor amigo.
Antes de que pudiera alcanzar el picaporte, sintió unas manos fuertes aferrándose a su cintura. Luke la detuvo con una potencia que Jane no pudo catalogar; era una fuerza que mezclaba la desesperación con el instinto de propiedad. Ella se giró con delicadeza solo para empujarlo con un estallido de energía, pegándolo contra la pared de piedra.
—¿Qué demonios te pasa por la cabeza? —rugió Jane, negando con la cabeza para contener las lágrimas de rabia.
Jane alzó su mano hacia él y el cuerpo de Luke se elevó, pegandose contra la pared de aquella habitación.
—¡Jane, bájame ahora mismo! —elevó él su voz, ese tono barítono que solía deleitarla pero que ahora vibraba con una advertencia peligrosa.
Jane no cedió. Le sostuvo la mirada con una sonrisa de superioridad, una máscara de "haré lo que quiera" que ocultaba su fragilidad. Sin embargo, los ojos de Luke se tornaron de un azul eléctrico, un destello de su linaje Rose que reaccionó por puro reflejo. En un parpadeo de sombras, la situación se invirtió. Luke la estampó contra la pared opuesta; el impacto le arrancó un gemido sordo de los labios.
—¡Luke! —gritó ella, forcejeando.
—¡Jane! —Él soltó una de sus manos de la pared para acercarla más, atrapándola entre su cuerpo y el muro frío.
—No... detente —musitó Jane, tratando de recuperar el control, pero se encontraba en un conflicto interno devastador.
Una parte de ella quería huir y no volver jamás; la otra sabía que Luke era su ancla, su mejor amigo, y no podía abandonarlo en medio de esa tormenta.
—No pienso detenerme... Tú empezaste este juego y ahora lo vas a terminar —sentenció Luke.
La pegó a su cuerpo y Jane pudo sentir la musculatura tonificada de su torso a través de la ropa. Intentó despegarse, pero la fuerza de Luke era absoluta.
—Luke... por favor, déjame —susurró ella al oído de él, con la voz quebrada.
—Da gracias que no te puse de espaldas contra el muro... eso sí habría sido interesante —mascó él con una ironía amarga.
En un forcejeo final, ambos perdieron el equilibrio y cayeron al suelo en un enredo de extremidades.
—Muchas gracias por el golpe —ironizó Luke desde el piso.
—¡Jane! —La voz de Max resonó desde el pasillo, rompiendo la burbuja de tensión como un cristal estallando.
—Es Max... —susurró Jane, recomponiéndose a toda prisa.
Abrieron la puerta al unísono, fingiendo una normalidad perfecta, con sonrisas amplias que no llegaban a sus ojos.
—¿Están bien? —preguntó Max, observándolos con sospecha. Sus ojos verdes buscaron cualquier rastro de pelea o algo peor.
Ambos asintieron mecánicamente. Max los estudió un segundo más, soltó un "Okay..." poco convencido y desapareció por el corredor.
—Tenemos que hablar, Jane —insistió Luke en cuanto se quedaron solos.
Jane cerró la puerta de un portazo que retumbó en toda la planta y se sentó en la cama, desafiante.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó alzando una ceja sutilmente.
—Sabes perfectamente de qué. Quiero hablar de lo que siento, de nosotros, pero...
—No quiero —lo cortó Jane, poniéndose en pie de inmediato.
Antes de que él pudiera replicar, ella se teletransportó a la sala de estar de la Academia. El salón estaba en penumbra, iluminado solo por el rescoldo de la chimenea. Jane se dejó caer en el sofá de cuero, abrazando sus piernas contra su pecho mientras las lágrimas empezaban a trazar surcos calientes por sus mejillas.
—¿Por qué lloras? —preguntó una voz extraña, una frecuencia que parecía vibrar desde las sombras mismas de la habitación.
—Yo... yo no... —empezó ella, pero la voz la interrumpió.
—¿Tú lo amas? —preguntó la entidad misteriosa.
—Sí —confesó Jane en un susurro, incapaz de mentirle a la oscuridad.
—¿Y por qué no lo sabe?
—Porque no soy capaz de decírselo... porque tengo miedo de lo que soy ahora —limpió sus lágrimas con el dorso de la mano.
—Deberías decírselo. No es lindo estar solo en el fin del mundo —contraatacó la voz.
—No estoy sola —replicó Jane con orgullo.
—Es verdad... por ahora. Pero lo estarás —sentenció la voz con una nota de melancolía—. Ni tú ni yo podemos prevenir lo que el destino ha escrito con sangre.
Jane negó con la cabeza, buscando la fuente del sonido, pero la presencia se había evaporado, dejando tras de sí un frío glacial y una verdad que no quería aceptar. Estaba rodeada de gente, pero en su interior, Lucifer y ella compartían un silencio que empezaba a sentirse como una tumba.