Las palabras de Jane se habían quedado tatuadas en las paredes del corazón de Luke. "Jamás te dejaré, no podría hacerlo aunque quisiera". Eran su único refugio en las noches en que el frío de la Academia se filtraba por las grietas de los muros góticos. Recordaba la calidez de sus brazos, pequeños y delicados, pero capaces de sostener todo su mundo. Sin embargo, esa paz se estaba desvaneciendo, reemplazada por una urgencia que le quemaba las entrañas.
Luke estaba sumido en esos pensamientos cuando sintió la suave presión de una piel conocida. Jane lo abrazó por la espalda con una fuerza inusual. Él pudo sentir, casi adivinar, la sonrisa que ella dibujaba contra su hombro. Al girarse, sus ojos cafés —ese marrón oscuro y profundo que recordaba al café recién molido— lo atraparon de nuevo, volviéndolo loco. Luke habría sido capaz de incendiar el Cielo solo para preservar esa sonrisa, pero un simple abrazo ya no era suficiente. Su cuerpo rugía por más, y la cercanía de Jane solo alimentaba un hambre que no sabía cómo saciar.
—Suéltame —murmuró él, obligándola a separarse.
Vio la confusión cruzar el rostro de Jane, una sombra que la hizo bajar la mirada hacia el hormigón frío del suelo. Luke no lo soportó; llevó su pulgar hacia el mentón de la chica, obligándola a que sus ojos volvieran a colisionar con los suyos. El azul eléctrico de los Rose contra el café ardiente de los Mitchell. Jane le devolvió una sonrisa ladina, un gesto cargado de una confianza nueva y perturbadora.
El aliento fresco de Jane, con ese rastro de menta que siempre la precedía, impactó contra sus fosas nasales. Luke ladeó el rostro, buscando el ángulo perfecto, y sus labios finalmente chocaron. No fue un beso apresurado; fue una exploración lenta, casi una tortura voluntaria. Sus lenguas se enredaron en un juego de poder, un vaivén de caricias húmedas que hacía que el pulso de Luke tronara en sus oídos.
Con las manos aferradas a la cadera de ella, la subió a su regazo. Jane apretó los hombros de Luke, marcando su territorio antes de separarse apenas unos milímetros. Tenía los labios hinchados, enrojecidos por la fricción.
—Luke... —susurró ella, dejando caer su cabeza sobre el hombro de él. Sus dedos acariciaron la espalda del joven con una delicadeza que le provocó un escalofrío—. Jamás te dejaré.
Luke se tensó cuando sintió los labios de Jane rozar su lóbulo, un gesto que encendió una chispa de electricidad en su columna.
—Jamás... por favor. No sé qué haría sin ti —respondió él, estrechándola hasta que sus costillas parecieron una sola.
Finalmente, el cansancio los venció. Se recostaron en la cama, envueltos en el silencio de la madrugada.
—Duerme bien, cariño —dijo Luke, cerrando los ojos. El sueño lo reclamó con una rapidez antinatural, sumiéndolo en una oscuridad pesada.
Se sobresaltó horas después. Una mano gélida se deslizaba bajo su remera, rozando la piel de su abdomen bajo. El contraste del frío contra su calor lo hizo tragar saliva sonoramente. Con un movimiento rápido, atrapó la mano de Jane para detener su avance.
—¿Qué haces? —preguntó ella, tratando de empujar su mano aún más abajo, desafiando su resistencia.
—La pregunta correcta es: ¿qué crees que estás haciendo tú? —replicó Luke, sentándose de golpe en la cama.
Jane soltó un bufido y se puso en pie, observándolo desde la penumbra con una mirada de picardía que Luke no reconoció. Había algo en ella, un brillo de malicia que no solía estar allí.
—¿Por qué me quitas? Siempre me detienes —dijo ella, caminando alrededor de la cama—. Eres tan aburrido y predecible, Luke Harper Rose.
El uso de su nombre completo lo golpeó como un desafío. Luke sintió que la sangre le hervía. Jane había cambiado; ese aire de inocencia se había transformado en un arma de seducción letal. Él la conocía desde que tenían tres años, pero esta versión de ella era un enigma que moría por resolver.
—No soy aburrido. Y mucho menos predecible —rugió Luke, levantándose de la cama con una furia contenida.
En dos zancadas la alcanzó y la acorraló contra la puerta de madera. Jane soltó un jadeo, su voz se convirtió en un hilo fino, casi asustada por la intensidad que emanaba de él.
—¿Qué... qué haces? —susurró ella.
Luke soltó una carcajada seca, pegando su cuerpo al de ella hasta que no quedó rastro de aire.
—Mostrándote quién soy —sentenció con una sonrisa depredadora. Inclinó su cuerpo, haciendo que su cadera se moviera contra la de ella en círculos lentos y exigentes—. Lo sientes, ¿verdad? Dímelo, Jane... ¿lo sientes?
El labio inferior de Jane comenzó a temblar. Luke pudo sentir cómo las piernas de ella flaqueaban, cómo el calor de su cuerpo ascendía en una marea de deseo y pánico. No iba a dejarla escapar esta vez con silencios.
—¡Dímelo! —exclamó, sujetando la cabeza de Jane con firmeza y pegando sus labios a su oreja, esperando la confesión que sellaría su destino.