Jane sentía el peso de la mirada de Luke quemándole la piel. Él ansiaba oír su voz, ese tono quebrado por la urgencia de un deseo que ambos conocían, pero que ella temía nombrar. Nuevas sensaciones, oscuras y vibrantes, se apoderaban de su ser como una marea negra; por un instante, sintió que no era dueña de sus propios músculos, que su cuerpo era un envase compartido donde la voluntad de Lucifer pulsaba con una fuerza aterradora. Detestaba perder el control, esa necesidad humana y demoníaca de ser el arquitecto de su propio destino se le escapaba entre los dedos.
—Sí... lo siento —susurró Jane, las palabras escapando de sus labios como un secreto traicionado.
—¿Quieres sentirlo más? —La voz de Luke bajó una octava, volviéndose ronca, una vibración que Jane sintió directamente en el centro de su pecho. Sus labios, esos que ella había memorizado en la oscuridad, prometían un paraíso que ella no estaba lista para reclamar.
La mente de Jane era un torbellino. Deseaba entregarse, quería que Luke fuera suyo y de nadie más, pero las reglas de su mundo herido se alzaban como muros de espinas. Comprendió que no necesitaba poseerlo físicamente para saber que él ya estaba marcado por su alma; Luke le pertenecía desde antes de nacer. Con una ternura dolorosa, tomó el rostro de él entre sus manos. Sus hoyuelos aparecieron en una sonrisa triste mientras sus ojos café buscaban refugio en el azul eléctrico de Luke. Se inclinó y dejó un beso casto en su frente antes de retroceder.
—Puede que lo quiera, pero... no aún —negó con la cabeza, manteniendo el contacto visual—. No es el momento, Luke. Siento que algo grande, algo monstruoso, se aproxima y ambos tenemos que estar listos. Tenemos mil cosas que hablar, y cuando el tiempo sea el correcto, te diré lo que me pides a gritos... pero ahora, no me obligues a ser la villana de nuestra propia historia.
El rostro de Luke, esa obra maestra de ángulos perfectos y piel suave, se contrajo en una mueca de amargura. Se soltó de ella y se sentó en el borde de la cama, asintiendo con una rabia contenida que Jane podía sentir vibrando en el aire.
—¡Nada se acerca, Jane! ¡Nada! —estalló él, poniéndose en pie de nuevo—. Solo eres tú, alejándote cada vez que estamos cerca de la verdad. Pones excusas por miedo a algo que no me cuentas. Sabes que jamás te dejaría, te lo prometí, pero lo que callas... lo que ocultas tras esa mirada es mucho peor que cualquier guerra que venga.
—Luke... por favor, no lo hagas más difícil. —Jane se mordió el labio inferior con tal fuerza que el sabor metálico de la sangre inundó su boca, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—¿Yo? ¿Qué hago yo? —Luke alzó una mano, señalando el vacío entre ambos—. ¡Dímelo de una vez! ¡Dime qué te está matando!
El corazón de Jane se fragmentó. El dolor era tan agudo que por un momento el mundo se quedó en silencio, solo roto por el sonido de sus propias lágrimas saladas trazando surcos calientes por sus mejillas. El hueco en su pecho, ese abismo donde Lucifer susurraba, se ensanchó hasta dejarla sin aliento.
—No, Jane. No llores —susurró Luke, su rabia evaporándose instantáneamente. Se acercó a ella y la estrechó contra su pecho con una desesperación febril.
Jane se aferró a él, cerrando los ojos para concentrarse en la melodía de sus latidos cardíacos. Era un ritmo errático, cargado de un dolor compartido y de sentimientos que ninguno lograba verbalizar por puro pavor al destino.
De repente, un estruendo brutal sacudió la recámara de enfrente. El sonido de madera astillándose y piedra colapsando cortó la realidad. Jane se separó de Luke, limpiándose el rostro con brusquedad.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella, corriendo hacia la puerta de la habitación.
Al abrirla, el pasillo estaba envuelto en una polvareda grisácea. En medio de los escombros, una figura se erguía con una arrogancia que Jane reconoció antes de ver su rostro. Era una presencia que vibraba dentro de su propio ser, una nota discordante que la hizo estremecerse.
—Hola, Jane —dijo una voz familiar, cargada de una seda peligrosa.
Era él. El joven de los ojos esmeralda y la sonrisa de verdugo. Óscar Rose estaba allí, pero no como el hermano que vuelve a casa, sino como el heraldo de algo mucho más oscuro. Jane sintió un terror gélido; no sabía de qué sería capaz Óscar, ni si su plan incluía destruir a Luke para llegar a ella. El aire en la mansión se volvió irrespirable, marcando el inicio de una partida donde la sangre sería la única moneda de cambio.