1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 33

Dean Rose observaba las sombras danzar en las esquinas de su mansión, sintiendo el peso de un destino que parecía tallado en piedra volcánica. No era justo. Sabía que las crónicas del abismo dictaban un final sangriento, pero una parte de él —aquella que aún no se había podrido por la ambición— deseaba cambiar las reglas del juego por el bien de los suyos. Sin embargo, la esperanza era un lujo que los demonios de su casta no podían permitirse. Guardaba silencio frente a Luke, sabiendo que su hijo amaba a Jane Mitchell con una devoción suicida; una debilidad que Myriam, su esposa, no estaba dispuesta a perdonar.

Myriam adoraba a Óscar, el primogénito, con una intensidad que rozaba la locura, mientras trataba a Luke como una mancha en el linaje. Para ella, el amor era una infección, una falla en el ADN. Dean sabía que Myriam solo permanecía a su lado por la pureza de su sangre oscura, por ese legado de sombras que ambos compartían. Todo estaba escrito en el Libro Prohibido, y en ese mundo, lo que se escribía con sangre, se cumplía con dolor.

Al entrar en la habitación matrimonial, Dean encontró a Myriam recostada sobre el edredón de seda negra. Se sentó a su lado y ella atrapó su mano con una firmeza que ocultaba una tormenta interna. Sus ojos color jade, intensos y gélidos, se clavaron en el azul celeste de Dean. Eran dos depredadores compartiendo un momento de tregua. Por un instante, el tiempo se dilató; Dean se perdió en los rizos de su cabello, que bajo la luz mortecina de las velas parecían tornarse casi rubios, una belleza majestuosa envuelta en capas de arrogancia.

—¿Qué es lo que miras tanto, Dean? —preguntó ella, con una sonrisa blanca que iluminó su rostro aristocrático.

—¿Acaso ya no me permitirás admirarte, Myri? —respondió él, buscando un rastro del afecto que alguna vez, décadas atrás, fue real.

—Puedes verme como desees, lo sabes... no entiendo por qué lo preguntas ahora —replicó ella, sorprendiéndolo con una suavidad inusual.

Dean no tuvo tiempo de responder. Los labios de Myriam silenciaron sus dudas con un beso que sabía a olvido y a veneno dulce. Sus lenguas se encontraron en una danza lenta, una frecuencia que Dean había olvidado, como si sus bocas fueran la única pista de baile en un mundo que se derrumbaba. Sus manos descendieron por la cintura de ella, cerrándose con fuerza sobre sus caderas para anclarla a él, pero el hechizo se rompió cuando tres golpes secos retumbaron en la puerta.

Myriam lo apartó con un suspiro de frustración y abrió la puerta de par en par. En el umbral se erguía Elif, con una expresión gélida y el Libro Prohibido apretado contra su pecho. Dean sintió un escalofrío; él mismo le había entregado ese libro a un brujo para que fuera incinerado, pero el objeto parecía tener voluntad propia y siempre encontraba el camino de regreso.

—Elif... ¿qué haces aquí con esa maldición? —rugió Dean, levantándose de la cama como una granada a punto de estallar.

—Eso no es de tu interés, Dean —respondió ella con una voz que carecía de toda emoción humana.

Antes de que pudieran protestar, la realidad se fragmentó. Elif los teletransportó en un parpadeo de sombras hacia una caverna subterránea, un lugar oculto en las entrañas de Buenos Aires que pocos conocían. El aire era húmedo y olía a secretos antiguos. Elif caminó hacia una repisa de piedra y depositó el libro, sellándolo con un hechizo de sangre que hizo que las páginas vibraran.

—¿Por qué nos traes aquí? —exigió Dean, mirando las paredes de la gruta.

Elif le dedicó una sonrisa enigmática, una que no ofrecía respuestas, solo más preguntas. El Libro Prohibido contenía el mapa de su destrucción, pero nadie era capaz de descifrar sus metáforas de oscuridad.

—¡Responde, Elif! —reiteró Myriam, con los ojos echando chispas de jade.

Sin mediar palabra, Elif se esfumó en una voluta de humo negro, dejándolos atrapados en aquella tumba de piedra. Dean sintió que estaban viviendo una pesadilla surrealista, una distorsión de la realidad digna de los relatos prohibidos de Cortázar que circulaban en el mercado negro de la academia. Las leyes demoníacas eran estrictas: leer lo prohibido traía consecuencias, y Dean temía que su estancia en esa caverna fuera el precio a pagar por haber intentado desafiar al destino. Eran como aves en una jaula de roca, esperando a que el cielo se abriera o que la oscuridad finalmente los devorara por completo.




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