1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 34

Luke aún sostenía la mano de Jane. Era una extremidad pequeña, de una suavidad que contrastaba con la aspereza del mundo que los rodeaba, y que él anhelaba con una intensidad que rozaba el dolor. Una sonrisa, quizá demasiado amplia para el horror que acechaba en los pasillos de la mansión, se instaló en su rostro.

Al buscar los ojos de ella, recibió el mismo gesto como premio; un reflejo que le indicaba que, al menos por ese instante, el afecto era mutuo. Sin embargo, para Luke, una sonrisa o un beso ya no eran suficientes. Sus sentidos demoníacos rugían por más, pero ella se mantenía firme tras un muro de contención.

Jane quería priorizar la guerra contra los ángeles y las sombras; creía que el amor era un distractor peligroso. Luke, en cambio, sabía que en un mundo sin esperanza, el amor era lo único que no podía esperar.

Él soltó su mano con un suspiro contenido y ella frunció el ceño, interceptando su movimiento en el aire para volver a entrelazar sus dedos. Luke la observó, consciente de que esa pelinegra era el eje sobre el cual giraba su existencia. Pero el deseo venía acompañado de un miedo paralizante: las Reglas Demoníacas. Eran leyes ancestrales, explícitas y devastadoras para quien osara romperlas. Jamás había oído de un demonio que sobreviviera al destierro espiritual tras violar el código de castas. Por eso, Luke se obligaba a conformarse con lo simple: el roce de sus labios o un abrazo que lo anclara a la realidad.

—¿Crees que lograremos salir bien de esto? —preguntó Jane. Llevó la mano de Luke hacia sus labios y besó con delicadeza cada uno de sus dedos, largos y marcados por el entrenamiento.

—Lo haremos. Todos —aseguró Luke, aunque su voz sonó más firme de lo que se sentía—. No dejaré que te toquen, Jane. Jamás. ¿Entiendes?

Él tomó el rostro de ella entre sus manos, buscando en sus ojos café alguna señal de que le creía. Sabía que en el pasado sus palabras habían sido dagas que la hirieron, y la idea de verla llorar por su culpa de nuevo le revolvía el estómago.

—Luke... bésame —musitó ella contra su boca.

No era una sugerencia; era una orden cargada de una necesidad que Jane rara vez admitía.

Luke se quedó paralizado. No necesitaba que se lo rogara; él le entregaría su "alma" sin cobrar precio, pero el miedo a ser un problema más en la lista de sufrimientos de Jane lo detuvo. Las Reglas Demoníacas dictaban que debían ir despacio, especialmente cuando la vida de sus amigos pendía de un hilo en esta guerra silenciosa.

—Despierta —dijo Jane con una risita nerviosa al notar su vacilación. Se apartó de él con brusquedad—. Olvídalo.

—Lo lamento, yo...

—No quieres besarme, ¿verdad? —Ella bajó la vista hacia el hormigón del suelo.

Luke notó cómo sus hombros se tensaban y sus ojos comenzaban a cristalizarse.

—Jane, no es eso...

—No digas nada. No quiero oírte ahora —respondió ella, secándose una lágrima traicionera con la palma de la mano.

—Es que... no es el momento —sentenció Luke.

Por primera vez, él era quien ponía el freno.

El corazón de Luke se quebró al ver el dolor en la mirada de ella. El silencio se volvió asfixiante hasta que, incapaz de soportar la distancia, la tomó de la cintura y la pegó a su pecho. Sus labios se buscaron en pequeños roces, caricias tímidas que finalmente estallaron en un beso profundo, oscuro, donde Luke intentó volcar cada gramo de la devoción que sentía. Cuando se separaron, Jane lo miraba con una sonrisa recuperada, aunque llena de dudas.

—¿Por qué es tan difícil? —preguntó ella, abrazándolo con fuerza.

—Porque te amo —respondió él, apoyando la cabeza en su hombro—. Y no dejaré que vivas esta vida de mierda para siempre. Te prometo que cambiaré las reglas si hace falta.

—¿Crees que porque me amas el futuro será distinto? —Jane se separó un poco para mirarlo a los ojos.

—Las cosas serán diferentes porque yo haré que cambien. Y si no te gusta el nuevo mundo, lo cambiaremos otra vez —rio él levemente, tratando de aliviar la tensión—. Además, eres mi mejor amiga. Prometí no dejarte nunca.

—Tienes que irte —dijo ella de repente, rompiendo el clima.

—¿A dónde? —Luke parpadeó, confundido por el cambio de humor.

—A tu habitación, a entrenar... tengo cosas que hacer. Nos vemos luego.

Luke frunció el ceño mientras sentía cómo ella comenzaba a empujarlo hacia la salida. El rechazo le dolió más de lo que quería admitir. ¿Qué podía ser tan importante como para no querer pasar un segundo más con él? ¿Era una mentira para alejarse? ¿O Jane ocultaba algo que ni siquiera él podía saber?

Las preguntas comenzaron a martillear su mente mientras ella lo sacaba al pasillo. Luke levantó las manos en señal de paz, sintiendo el peso de sus heridas del entrenamiento y el vacío que dejaba la puerta de Jane al cerrarse frente a él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.